lunes, 23 de septiembre de 2013

La Encomienda

Capítulo 1.
La mirada de la mujer sigue de manera obstinada las vistas que pasan vertiginosas a través de la ventanilla del elegante automóvil en el que va sentada en la parte trasera.
Ni siquiera parece oír las indicaciones del conductor comunicándole la inmediata llegada a su destino. Permanece absorta aunque sin perder detalle del paisaje que no difiere mucho del que recuerda de su niñez.
Los tendidos eléctricos se le asemejan gigantes con sus enormes estructuras de hierro y recuerda los anteriores tendidos compuestos por palos de madera.
El precio de la modernidad diría su querida tía Pepa. El inexorable paso del tiempo, piensa ella.
El cielo tiene la misma tonalidad azul y el rojo de la tierra mantiene la misma intensidad que recordaba.
Más...sabe que es una quimera, nada es ya lo que fue un día y la emoción estrangula su garganta impidiéndole tragar la saliva y obligándola a mantenerse fuerte para evitar el llanto que pugna por anegar sus ojos.
-Estamos llegando al desvío, señora....
Insiste de nuevo el conductor sabiendo perfectamente que antes ni siquiera reparó en sus palabras. Y no le extraña en absoluto porque a pesar de su juventud, el hombre que ya roza la treintena conoce de primera mano el significado de este regreso y las emociones que se han desatado en el interior de la mujer sentada a su espalda.
-Discúlpame......David, estaba distraída.
El joven asiente con la cabeza al tiempo que lanza una mirada furtiva por el espejo retrovisor y nuevamente la admiración en sus ojos, admiración indisimilada y agradecimiento.
-Se puede quitar el cinturón, ya entramos en el camino.
Así lo hace al notar que el coche reduce la velocidad y gira para comenzar a circular por el camino de tierra mucho más despacio y sorteando algunos baches que pueden resultar ciertamente molestos.
Abre la ventanilla ya libre del cinturón que la mantenía sujeta al asiento y sus ojos se empapan del paisaje que aparece ante ella como un fantasma del pasado.
La tierra rojiza se extiende hasta el infinito formando una línea recta sin rastro de vegetación hasta adentrarse varios kilómetros y encontrarse con los majestuosos maizales que forman un enorme manto verde.
También la sorprenden los artefactos de riego que se encuentran por doquier. Grandes armatostes de hierro aupados sobre ruedas que recorren los campos sedientos surtiéndolos del liquido elemento.
El cartel que da nombre a la propiedad aparece antes de adentrarse en los maizales y su visión la retrotrae al principio de su vida y provoca una sacudida en la mujer que vuelve el rostro hacía el lado contrario.
La Encomienda”
Propiedad Privada, prohibido el paso a toda persona ajena a dicha propiedad.
La indicación de restricción de paso es la que provoca una amarga sonrisa en ella y piensa en sus padres. Lamenta que no puedan ver este momento aunque tiene la esperanza de que sí puedan hacerlo desde algún lugar al que no puede poner nombre.
Mucho ha cambiado todo desde la última vez que puso un pie en estas tierras, veinte largos años hará en diciembre y el motivo todavía le duele en el alma.
Veinte años hace ya que murió su madre y a pesar de jurar que no volvería. Regresó para acompañarla en su último y definitivo viaje.
No se arrepiente, le hubiera resultado imposible seguir viviendo sin estar presente en su despedida y se tragó su asco y su bilis. Bajó la cabeza ante lo único que consideraba más importante que cualquier otra cosa y rompió su juramento, juramento arrastrado durante tantos años que ya se va diluyendo en su memoria.


159 comentarios:

  1. Capítulo 2.
    El coche continúa su marcha a una velocidad prudente durante lo que parece un periodo interminable. Atraviesan kilómetros y kilómetros entre el maíz que flanquea ambos lados del estrecho camino y que a veces consigue causar claustrofobia en la mujer.
    Al fin salen a campo abierto y abandonan la muralla verde formada por miles de cañas que impiden disfrutar del resto del paisaje para desembocar en una nueva llanura que permite divisar a lo lejos la silueta inconfundible de la casa que da nombre a la finca.
    La casa de la Encomienda se mantiene erguida y majestuosa en lo alto de una suave ondulación del terreno. Sus ocho buhardillas se distinguen claramente pese a la distancia y el torreón del norte apunta orgullo hacía el claro cielo de agosto.
    También pueden divisar parte de los jardines delanteros y los coches esperando pacientes en el empedrado de la entrada.
    Unos dos kilómetros antes de la llegada a la casa se encuentran con una serie de edificios distantes pocos metros del camino principal y situados en lado izquierdo.
    Sus paredes encaladas ofrecen oscuros desconchones y los ojos de la mujer observan los tejados de teja gris que han comenzado a derruirse y ofrecen un espectáculo desolador.
    Llama su atención el viejo pozo con su gran brocal que apenas mantiene algunas huellas de la cal de antaño y su grueso tronco de madera con la manivela de hierro para hacerlo girar y un trozo apenas visible de soga que pende del centro exacto.
    -Detente aquí, David.
    -Pero, señora.....nos están esperando....
    -¡Qué esperen!
    Obedece el joven de inmediato ante la enérgica orden y las ruedas del automóvil quedan clavadas en el suelo entre el ruido del chinarro ocasionado por la brusca frenada.
    La puerta trasera del coche se abre sin darle tiempo a ofrecerle su ayuda para abandonar el vehículo. Las piernas largas y y bien torneadas toman contacto con el polvoriento suelo rematadas por unos elegantes zapatos negros con punteras blancas y un vertiginoso tacón de aguja.
    La mujer puede por fin estirar sus entumecidos músculo tras tres horas largas sentada inmóvil en el asiento y alisa la delicada seda de su vestido que bordea sus rodillas sin llegar a taparlas.
    Posee un cuerpo elástico y juvenil. Espalda recta y un torso no muy exuberante pero perfectamente moldeado.
    Cintura breve y caderas estrechas con las redondeces justas. El cabello lo lleva muy corto y de un color castaño claro salpicado de mechas rubias muy claras, casi ceniza.
    A sus cincuenta años, Virginia Román Mansilla todavía provoca admiración a su paso y en todos y cada uno de los rasgos de su rostro se puede advertir el rastro de una belleza delicada y poco común que ella no siempre ha sabido o querido mostrar.
    Se abre paso entre los numerosos cascotes diseminados ante ella hasta alcanzar una de las casas que menos ruina presentan.
    -Debería tener cuidado, doña Virginia, esto está en muy mal estado.
    La voz a su espalda no consigue detenerla e impide con un gesto de su mano que el joven continué tras ella y vigilando cada uno de sus pasos.
    -Vete al coche, David......podría recorrer todo esto con los ojos cerrados, despreocúpate.
    Obedece a regañadientes y regresa hasta apoyarse en el capo del brillante coche negro, arremanga las mangas de su camisa blanca hasta más arriba de los codos y afloja el nudo de su corbata azul marino en busca del aire que parece faltarle.
    El calor es infernal pero no parece afectar a la mujer que empuja la puerta de madera que un día estuvo pintada de verde pero que en la actualidad apenas guarda vestigios de dicho color.
    La puerta no cede a sus intentos por abrirla y la ve arrodillarse muy cerca del umbral y buscar bajo una gran piedra que simula ser un escalón.

    Una exclamación de júbilo se escucha en la plácida tarde cuando la ve levantarse y apuntarle con una llave de hierro que consigue devolver la ternura a una cara endurecida por las circunstancias.

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  2. Capítulo 3.
    Introduce la llave en la cerradura que está cubierta de herrumbre y trata infructuosamente de conseguir que gire en su interior manchándose las manos con el óxido que se ha acumulado durante dos décadas exactas.
    La alegría inicial al alzar victoriosa la llave, se convierte en decepción y nuevamente la tristeza se adueña de ella hasta que David abre el maletero y acude hasta donde ella se encuentra con algo en sus manos y le pide que se retire a un lado.
    Introduce el aceite lubricante en la cerradura y le pide esperar dos minutos para que haga efecto. Vuelve nuevamente al coche y regresa con un envoltorio de toallitas húmedas que le va ofreciendo para que limpie sus manos teñidas de un curioso color ocre oscuro.
    La observa mientras pasa las toallitas por sus delicadas manos, de dedos largos y finos rematados con unas uñas perfectamente cuidadas con una discreta manicura.
    Resalta en su mano derecha la sencilla alianza de oro y en su mano izquierda, un fino aro rematado
    por un pequeño diamante lanza destellos cegadores al recibir la luz de forma directa.
    Instantes después, el muchacho hace girar la llave en la cerradura hasta conseguir con cierta dificultad que de las dos vueltas completas.
    Empuja entonces la puerta que aún se resiste al estar encajada en el umbral a consecuencia de las lluvias del invierno para ceder finalmente ante la insistencia del joven.
    Se abre entre ruidos que semejan lamentos tétricos y el muchacho tiene tiempo de retirar a la mujer para evitar que reciba de lleno el polvo acumulado y que al contacto con el exterior se desprende del quicio y cae al suelo justo donde segundos antes se encontraba ella.
    -Ya puede pasar, señora ¿de verdad no quiere que la acompañe?
    Niega con la cabeza suavemente y presiona levemente el antebrazo del joven invitándolo con un gesto para que salga de allí.
    -No...gracias, David pero esto tengo que hacerlo yo sola, no te preocupes, estaré bien y por favor.....sabes lo mucho que me molesta que me llames señora ¿por qué lo haces?
    Consigue arrancar su sonrisa y la explicación no tarda en llegar por su parte con la sensatez que siempre lo ha caracterizado.
    -Hoy tenemos una cita importante, Virginia. Una cita con buena parte de tu pasado y no quiero que nadie te ningunee, eres una gran señora y así debes ser tratada ante todos ellos.
    -Pierde cuidado, David......hace ya mucho tiempo que perdí el miedo a muchas cosas y ahora por favor...déjame sola.
    No insiste más y y desiste de su empeño de vigilar cada uno de sus pasos como su madre le hizo prometer.
    “No la pierdas de vista, hijo, no te separes de ella a pesar de lo que diga”
    No ha podido ser, sabe las emociones que azotan a la mujer en este preciso momento aunque comprende perfectamente los temores de su madre y su empeño porque sea su sombra a todas horas.
    Virginia traspasa la puerta abierta y trata de acostumbrar sus ojos a la semipenumbra que domina en un primer momento la pequeña habitación.
    Sus ojos se adaptan progresivamente al cambio que supone la luminosa luz del exterior en contraste con el oscuro interior pero en cuestión de segundos se difuminan las sombras y aparecen poco a poco ante ella los humildes pero añorados enseres de su niñez.
    Un haz de luz se abre paso en la oscuridad y se refleja sobre un trozo de suelo. Virginia dirige su mirada hasta el techo y comprueba consternada que proviene de una brecha en el tejado que ya ha comenzado a hundirse.
    Se acerca hasta la única ventana con la que cuenta la habitación y pelea con ella hasta conseguir abrir la compuerta de madera que pierde varias astillas al forzarla.
    Se ilumina mucho más la pequeña cocina y el elegante zapato arrastra la capa de polvo dejando ver el dibujo de los antiguos ladrillos.

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  3. Capítulo 4.
    Aparece el cuadrado completo de la baldosa pero ella sabe que es insuficiente. Son necesarias cuatro baldosas para poder ver el dibujo en su totalidad y sus manos continúan frenéticas retirando el polvo hasta conseguir su objetivo.
    No repara en la suciedad acumulada en sus manos ni la mancha que queda en su cara cuando esas mismas manos limpian furiosa el llanto que cae libremente mejillas abajo.
    Se encuentra ante su pasado, un pasado que ha dejado cicatrices en su alma pero al que jamás renunciará y que por supuesto, no ha olvidado.
    Se pone en pie y la visión delos objetos familiares atenazan su garganta provocándole un dolor sordo. La viaja máquina de coser de su madre la atrae como un imán y se acerca hasta ella para quitar la capucha de madera en la que todavía se puede leer la marca a pesar de tener dos letras borrosas “Alfa”
    Apoya uno de los pies en el pedal de hierro y comprueba que al igual que la cerradura, la máquina también está completamente oxidada.
    Todo está como ella recordaba y sus pasos recorren las tres estancias que componen la humilde vivienda empapándose de los recuerdos tantas veces añorados, tantas veces...llorados.
    En el dormitorio de sus padres se conserva la cama de matrimonio y al lado otra más pequeña en la que dormían dos de sus hermanos.
    En el cuarto de al lado también siguen las dos camas gemelas, una de ellas compartida durante años con su tía Pepa y con su recuerdo se recrudece el llanto que segundos antes había conseguido dominar.
    Nuevamente la nostalgia consigue doblegarla y la imagen de las camas con sus armazones desnudos le recuerda que ahora la situación es muy diferente. Ahora tiene la potestad de la reparación y la reconstrucción de todo cuanto la rodea será la primera decisión que tome como nueva dueña de La Encomienda.
    David abandona el coche al verla salir y sale a su encuentro, espera a que ella cierre la puerta con sus dos vueltas de llave correspondientes y le ofrece el bolso que ella le solicita.
    Lo abre e introduce la llave en su interior bajo la atenta mirada del joven que no puede evitar la carcajada al ver su cara llena polvo, regueros de rimel provenientes de sus pestañas y que bajan hasta la barbilla, las manos totalmente negras.
    -¿Qué es eso que te causa tanta risa, David?
    -Perdona.......¿Te has visto?
    Permite que la sujete por el codo y se deja conducir hasta el coche. Coloca uno de los espejos para que se mire en él y la exclamación que brota espontánea de su boca consigue recrudecer su risa.
    -¡Santo cielo, David! Estoy hecha un fenómeno que diría mi tía Pepa.......
    -Esto no lo arreglan las toallitas, Virginia ¿tendrá agua el pozo?
    Se desprende de los zapatos y corre seguida muy de cerca por el joven hasta llegar a la boca del pozo, se asoman los dos al brocal y la placidez del agua les devuelve la imagen de los dos con sus cabezas muy juntas.
    -Agua...hay, el problema será extraerla.
    -Espera......
    La ve correr descalza hasta la parte posterior de la casa y entrar en un pequeño habitáculo cuya puerta permanece colgando de sus goznes. Regresa triunfante con un viejo cubo de hojalata y una soga como de unos tres metros de larga.
    Jadea por el esfuerzo pero no se amilana, se arrodilla para hacer un fuerte nudo doble al asa del cubo y rechaza la ayuda de David cuando pretende sacar el agua en su lugar.
    -No....déjame a mí, todavía no he olvidado cómo se hace.
    Le fascina el empuje del que hace gala, su fuerza interior y le parece estar escuchando de nuevo a su madre.
    “Ella es una fuerza de la naturaleza, hijo, nunca vi una mujer que resurgiera de sus cenizas y consiguiera recomponer sus pedazos y emprender una vida nueva”

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  4. Capítulo 5.
    Comprueba que la soga esté bien anudada al asa y se pone en pie apoyándose en el brocal para lanzar el cubo al interior del pozo.
    Maniobra con habilidad hasta conseguir que el agua entre en el cubo y antes de permitir que se hunda tira con fuerza de la soga ayudándose de las dos manos.
    Lo alza con facilidad hasta depositarlo en el brocal sin derramar una gota de agua y entonces lo mira triunfante enarcando una de sus bien depiladas cejas.
    -¿Has visto? No he olvidado cómo hacerlo.
    Deja el cubo en el interior del viejo pilón de piedra situado junto al pozo y pide al joven que la ayude con la cremallera de su vestido.
    -Vigila que nadie merodee por aquí, David.
    Así lo hace oteando los alrededores y descartando la presencia de intrusos. La observa desprenderse del caro vestido de seda negra con ribetes blancos en el escote y las sisas y quedarse vestida con una suave combinación de raso también negro.
    Recoge la prenda cuando ella se la entrega y la mantiene cuidadosamente doblada en uno de sus brazos para evitar que se arrugue.
    Virginia introduce sus manos en el cubo y comprueba la frialdad del agua a pesar del bochorno reinante.
    Frota vigorosamente sus manos y sube hasta los codos para después proceder a retirar los rastros de suciedad de su cara e intentar hacer desaparecer el pertinaz y resistente color negro del rimel de sus pestañas.
    La escucha rezongar por lo bajo lamentando no tener ni una toalla para secarse y regresa al coche para sacar algo del maletero sin dejar de vigilar los alrededores.
    Vuelve de nuevo junto al pozo y la ve sentada en el pilón de piedra en un intento de secarse sin entrar en contacto con la molesta tierra.
    -Toma, esto me lo dio mi madre para ti.
    ¡No! ...Mi neceser, esta madre tuya vale un imperio.
    -Me dijo que lo echase en el maletero porque nunca se sabe lo que puede pasar.
    Virginia guarda silencio y extrae una suave toalla de mullido rizo blanco y entierra su cara en ella. Le arden los ojos por los esfuerzos para limpiar sus pestañas pero también por efecto del detalle de la previsora Gloria.
    ¡Gloria! ¡Qué sería de ella si no hubiese estado a su lado en tantos y tantos momentos en los que decidió que su vida no valía la pena.
    Retira la toalla de su cara y sus ojos se dirigen hasta la casa que dista unos cincuenta metros de la humilde vivienda de sus padres. Por un instante cree ver a varios niños jugando en la explanada delantera y entre ellos surgir la figura escuálida de una niña pelirroja que arrastra ligeramente su pierna izquierda al caminar.
    Nuevamente el llanto acude a sus ojos y David deja cuidadosamente el vestido sobre el asiento del coche y regresa junto a la mujer que de nuevo presiona la toalla sobre sus ojos.
    Presiona con delicadeza uno de sus hombros y la obliga a levantar la cabeza al tiempo que toma asiento junto a ella.
    -Virginia.....mi madre me pidió que no te dejase sola, también me hizo prometer que impidiese lo que ahora está sucediendo.... que te hundieras.....
    Sus ojos enrojecidos no se esconden ahora y lo mira de frente,sujeta una mano del joven entre las suyas y le habla bajito, como temiendo alzar la voz al igual que sucedió hace ya tantos años.
    -Gloria... ella mejor que nadie sabe el significado de este regreso......

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  5. Capítulo 6.
    David tiene que hacer verdaderos esfuerzos para escuchar las palabras que se deslizan de su boca en susurros. Pareciera que todavía el miedo presidiera su vida cuando él sabe que no es así desde hace mucho tiempo.
    -No os entiendo, Virginia.......ni a mi madre ni a ti, a ninguna de las dos.
    Cesa en su letanía en voz baja y su mano libre acaricia con ternura la mejilla perfectamente rasurada del joven como hacía cuando era niño y lo miraba fascinada durante horas mientras dormía.
    Es ya un hombre, cumplirá veintiséis años el próximo mes de septiembre y se ha licenciado en derecho y económicas con notas brillantes.
    -No queremos que nos entiendas, David, nos conformamos con que nos quieras.
    Consigue arrancarle una sonrisa y da por terminada la conversación poniéndose en pie y buscando los zapatos que permanecen tirados de cualquier manera.
    Con ellos en la mano se dirige hasta el coche y se pone el vestido solicitando su ayuda para subir la cremallera.
    Se sienta en la parte delantera y pasa la toalla por las plantas de sus pies para retirar la tierra y procede a calzarse de nuevo los zapatos.
    Busca en el neceser una pequeña bolsa de aseo y saca de su interior sus utensilios de maquillaje que va colocando en el salpicadero.
    Apenas cinco minutos más tarde no queda rastro alguno del desastre ocasionado por el acceso de llanto mezclado con el polvo y la rabia que ha logrado superarla claramente.
    Emerge una nueva mujer, perfectamente maquillada y segura de sí misma que parece haber dejado atrás el episodio de debilidad experimentado un rato antes.
    -¡Vaya! Parece que no estás dispuesta a renunciar a tu maquillaje.
    Virginia sale de la parte delantera del coche y mete el neceser en el maletero que permanece abierto, hace un guiño pícaro al joven y lo invita a darse prisa.
    -Vamos, se nos hace tarde y esta gente estará de los nervios.
    El coche reanuda el camino y entra de inmediato en otro tramo más cuidado y ancho que conduce en línea recta hasta la imponente mansión que divisaron en cuanto dejaron atrás los campos sembrados de maíz.
    Se encuentran a la entrada varios coches aparcados aunque no hay rastro de presencia humana por ningún sitio.
    Virginia espera, ahora sí a que David abra la puerta del coche y acepta la mano que le ofrece para salir con más comodidad del interior y el joven observa el cambio experimentado en la mujer que un rato antes se encontraba destruida para asistir a la presencia de una mujer totalmente distinta.
    Una mujer algo distante, con una cierta dureza en la cara y que avanza con paso firme y seguro hasta traspasar el gran arco de hierro cubierto por completo de una especie de rosal que se retuerce una y otra vez entre sus vericuetos y que se encuentra en plena eclosión de rosas rojas como la sangre.
    Corona el arco el nombre de la finca en grandes letras de hierro negro "La Encomienda"

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  6. Capítulo 7.
    Y traspasa el arco con la cabeza erguida y pisando firmemente el camino empedrado que conduce a las escaleras de entrada a la casa y que desembocan en dos galerías frontales que se asoman a los jardines como suspendidas en el aire.
    David la sigue a un metro escaso de distancia y desobedeciendo su orden de esperarla fuera. No piensa dejarla sola en un momento tan trascendental para ella.
    Un hombre elegantemente vestido sale en ese preciso instante a la galería y enciende un cigarrillo que apaga apresuradamente al percatarse de la presencia femenina.
    Se deshace en disculpas que nadie le ha pedido por no encontrarse nadie en el exterior para recibirla y ofrece su mano que Virginia estrecha levemente.
    -Discúlpenos, Señora....este endemoniado calor nos ha obligado a buscar refugio en el interior.
    No recibe réplica alguna a sus disculpas y Virginia espera pacientemente a que el hombre le indique con un gesto que pueden acceder a la casa y terminar de una vez por todas con los trámites que ya se han alargado por espacio de casi seis meses.
    Don Anselmo Alcántara Villaseca ha sido el intermediario entre ella y los anteriores propietarios de La Encomienda para llevar a cabo la negociación de la adquisición de la finca.
    Solamente ha tratado con él en todo lo relativo a alcanzar un acuerdo satisfactorio para ambas partes y muchas han sido las horas invertidas en discusiones que muchas veces no les llevaban a ninguna parte.
    Pero un mes antes recibió su llamada informándole de la conformidad de sus clientes respecto a su última propuesta y firmaron un preacuerdo que hoy se disponen a ratificar de forma definitiva.
    A la pregunta que Gloria le hizo expresando su preocupación por si los dueños se echaban atrás y se negaban a ratificar la compra. Virginia le contestó de forma burlona destilando a su vez un veneno que pocas veces antes se había permitido exteriorizar.
    -Descuida, querida, están en un callejón sin salida.
    No lo veía así la mujer que sentada frente a ella se dedicaba a tejer un grueso jersey de lana azul marino a una velocidad endiablada.
    -Das demasiadas cosas por supuestas, lo mismo les puede más el orgullo y en el último momento deciden no desprenderse de la finca.
    -¿Y entregar la señal que se les entregó duplicada por dos?.....No lo creo, Gloria, no están en situación de andarse con muchos remilgos.
    Ahora ha llegado el momento de comprobar si el trato sigue en pie, cosa de la que ella no alberga duda alguna por ser conocedora en profundidad de la situación financiera de la familia Sagasta-Bris.

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  7. Capítulo 8.
    El rumor de una conversación llega hasta la puerta principal por la que en esos momentos acceden a la casa Virginia y el abogado seguidos de David que prefiere mantenerse en un segundo plano aunque siempre pendiente de cualquier detalle que necesitase de su intervención.
    La conversación proviene de un grupo compuesto por cinco personas entre las cuales no ve a ninguna mujer.
    La charla cesa cuando la ven entrar acompañada de don Anselmo y abandonan los mullidos asientos del hall de la entrada para ponerse en pie al tiempo que colocan sus corbatas que habían aflojado debido al calor.
    El primero en acercarse es un viejo conocido y el único del grupo que pese a guardar el decoro en su indumentaria, no lleva la encorsetada corbata ni la chaqueta del traje.
    -¡Virginia....cuánto tiempo.....!
    Ignora deliberadamente la mano tendida del hombre que ya está próximo a la jubilación y echa mano de todo su autocontrol para no abofetearlo allí mismo.
    -Para usted soy doña Virginia, no lo olvide, Eufemiano.
    El desaire inicial no parece afectar al hombre que esboza una sonrisa una tanto forzada y procede a las presentaciones de los demás componentes del grupo que asisten al tenso momento un tanto desconcertados.
    -Caballeros, permítanme presentarles a doña Virginia Román, señora de Valdemoro.
    Estrecha la mano de un hombre de unos sesenta años que será el encargado en su condición de notario de hacer oficial la adquisición de la finca.
    Lo acompaña un secretario que al parecer ha sido el encargado de redactar toda la documentación pertinente y otro hombre más joven al que le presentan como abogado.
    El cuarto hombre al que es presentada consigue que el autocontrol que se ha impuesto se tambalee
    a pesar de haberse convencido a sí misma de que no lo conseguiría.
    Moisés Sagasta Bris es junto con su padre el propietario hasta el día de hoy de La Encomienda. Es ya un hombre hecho y derecho que cumplió treinta y tres años a principios de junio.
    Virginia demora unos segundos más de los convenientes el contacto con la mano que estrecha la suya trasmitiéndole una sensación que jamás creyó experimentar.
    -Encantado de conocerla, señora.
    Se limita ella a un leve gesto con la cabeza al comprobar que su voz ha quedado estrangulada en su garganta.
    También trata de analizar de manera disimulada los rasgos físicos de Moisés. Guarda un enorme parecido con su padre, algo que no puede pasar por alto pese al rechazo que ese hecho le produce.
    Es un hombre de buena estatura, delgado, pero fibroso por efecto posiblemente del ejercicio físico, y guapo, muy guapo.
    Nada más separarse de él, Virginia experimenta un vacío frío que hacía años no había vuelto a sentir y ante la posibilidad de venirse abajo, respira profundamente con rabia y determinación.
    El último de los integrantes del grupo es con diferencia el mayor de todos ellos y tan solo un esfuerzo hercúleo por su parte impide que le escupa en la cara.
    Apenas roza la mano que el anciano le adelanta dejando de lado una de las muletas con las que se ayuda al caminar. Ya nada queda del altivo hombre de antaño pero a pesar de su vulnerabilidad, la mujer no puede sentir piedad.


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  8. Capítulo 9.
    El desprecio y el resentimiento se reflejan perfectamente en el rostro lívido de la mujer, incapaz de sentir nada que no sea un odio visceral que va más allá de su propio raciocinio.
    El hombre lo sabe y sin embargo cree llegado el momento de ajustar cuentas con un pasado del que no se siente orgulloso pero que volvería a repetir una y mil veces.
    -Señores, les rogaría que esperasen un rato más antes de proceder a la firma. Necesito conservar unos minutos a solas con la señora de Valdemoro.
    Ninguno de los presentes pone objeción alguna y regresan a sus asientos para proseguir con la conversación mantenida antes de la llegada de la nueva propietaria.
    Una mujer que ya ha pasado la barrera de los sesenta años hace entonces su aparición portando una gran bandeja en la que se pueden apreciar diversos aperitivos perfectamente presentados y que comienza a servir a los invitados en completo silencio.
    Su mirada casi furtiva se cruza con la de la mujer elegantemente vestida y que permanece de pie un tanto desconcertada.
    La sorpresa es mutua al reconocerse, tan solo un leve parpadeo se puede apreciar en los ojos vivaces de la sirvienta pero que da paso inmediatamente después a un gesto totalmente inescrutable.
    Virginia accede a regañadientes a la indicación de don Moisés para dirigirse al despacho que se encuentra situado en la primera planta y comienza a andar sintiendo en su espalda las miradas lascivas de buena parte de los hombres que comienzan a dar buena cuenta de los suculentos aperitivos.
    El hijo de don Moisés también les sigue a corta distancia para encontrarse con la negativa de su padre al llegar a las puertas abiertas del despacho.
    -No, hijo, tú quédate con los demás, éste.... es un asunto privado entre la señora y yo.
    -¡Pero....papá!
    -Obedece, hijo, por favor.
    Así lo hace, se da la vuelta sin comprender la actitud de su padre pero sí ha podido captar la súplica en la mirada que le ha dirigido.
    Virginia escucha el golpe de la puerta al cerrarse a su espalda y se maldice por este momento de debilidad. Años y años soñando con poder estar frente a frente con el hombre que le destrozó la vida y a la hora de la verdad siente que las fuerzas la abandonan y las piernas se niegan a sostenerla.
    Más, es una sensación pasajera y toma asiento en el sillón que él le indica con el ánimo bastante más entero que unos segundos antes.
    Don Moisés toma asiento frente a ella al otro lado de la mesa tras desprenderse de las muletas y sus ojos apagados se clavan en la atractiva mujer sentada frente a él.
    -Me imagino que habrás soñado con este momento en infinidad de ocasiones.
    La indignación al escucharlo casi le hace perder los estribos pero recuerda las palabras de Gloria la noche anterior y nuevamente hace acopio de toda la fuerza de voluntad de la que se cree capaz.
    "No te alteres, Virginia, conserva la calma y recuerda que la venganza es un plato que se sirve...frío"
    Sabio consejo, como todos los que le ha dado a lo largo de su vida.
    -¿Qué quiere? Prefiero evitar en lo posible compartir el mismo espacio que usted.
    Sus desabrida pregunta parece obrar el efecto contrario de lo que pretendían porque el hombre esboza una sonrisa acompañada de las palabras que tanto teme escuchar.
    -¡Ah....! La señora prefiere no compartir espacio conmigo. Te recuerdo que compartimos algo mucho más importante que eso aunque por lo que veo, sigues negándote a admitirlo.
    -¡Cállese!
    -No....a estas alturas de mi vida no tengo miedo a nada.

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  9. Capítulo 10.
    Claro que no tiene miedo a nada. Dueño y señor de vidas y haciendas en otra época de su vida. Don Moisés no parece haber aceptado que ya están a finales de los años ochenta y las cosas no son ni de lejos como lo eran entonces.
    Pero para eso está ella aquí, para recordarle las vueltas que puede dar nuestra vida con el trascurrir de los años y ella es una buena muestra de ello.
    -Espero que diga lo que tenga que decir y me libere de su repugnante presencia.
    -¿Eso es todo lo que se te ocurre decirme después de tantos años? Dime......¿Qué has sentido al conocer a tu hijo?
    La náusea sube hasta su garganta amenazando con ahogarla como le sucedió tantos años atrás y mira durante un enloquecedor instante el unicornio de hierro macizo usado como pisapapeles.
    No le pasa desapercibida la mirada a su interlocutor que nuevamente sonríe porque sabe que la está llevando al límite de su aguante y eso es lo único que puede resarcirlo de la humillación que supuso conocer la verdadera identidad de la mujer que había adquirido el bien más preciado de su familia.
    Una propiedad que había pasado de generación en generación y ha sido él precisamente el que ha tenido la desdicha de tener que desprenderse de ella.
    -Doña Concha murió el año pasado ¿lo sabías?
    Lo mira incrédula, resistiéndose a creer lo que está escuchando. El estallido no se hace esperar y abandona el asiento violentamente derribando el pequeño sillón que termina volcado a sus pies.
    -¡Me importa una mierda, usted.....doña Concha y todo lo que tenga que ver con ninguno de ustedes¡
    Ahora sí parece incomodarle su demostración de ira y dirige una mirada preocupada a la puerta cerrada como esperando la irrupción de su hijo para averiguar el porqué de las voces subidas de tono.
    Le indica en un tono conciliador que vuelva a tomar asiento para retomar una conversación que había tomado unos derroteros poco convenientes.
    -Siéntate...por favor ¿acaso pretendes que se entere Moisés de lo que sucede?
    La sola mención del nombre de su hijo es suficiente para conseguir tranquilizarla. Levanta el sillón volcado y se sienta de nuevo convenciéndose a sí misma de que será la última vez que tenga que soportar una situación tan desestabilizadora para ella.
    -Bien, discúlpame si me he excedido en mis comentarios, convendrás conmigo en la consternación que me supuso enterarme de a quién iban a parar mis tierras......
    No le contesta, comienza a respirar pausadamente hasta comprobar que los latidos de su corazón adquieren un ritmo más lento, lejos del desbocado ritmo que alcanzó unos minutos antes.
    -Te preguntarás la causa por la que me desprendo de La Encomienda y quiero explicarte el motivo por el que hago semejante cosa.
    Con el pulso más firme. Virginia busca en el interior de su bolso hasta encontrar una elegante pitillera de piel de cocodrilo, enciende un cigarrillo rubio y expulsa el humo con fuerza en dirección al techo al tiempo que vuelve a fijar su mirada en el hombre sentado al otro lado de la mesa.
    -No es necesaria ninguna explicación por su parte. Estoy al corriente de sus problemas financieros.

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  10. Capítulo 11.
    Parece no haber escuchado sus envenenadas palabras y comienza un monólogo que por momentos parece dirigido a justificarse a sí mismo.
    -Como habrás podido comprobar, Moisés es ya todo un hombre y ha vivido fuera de España durante bastantes años.
    Su madre se empeñó en darle una educación más liberal de la que este país podía ofrecerle y completó su formación en Estados Unidos.
    Naturalmente.....ella le acompañó durante la mayor parte de su estancia allí y yo tuve que vivir a caballo entre América y España.
    Ciertas operaciones bursátiles no salieron como era de esperar y me ocasionaron un agujero financiero que he tenido que cubrir con la venta de la finca.
    Virginia lo escucha sin interrumpirlo una sola vez. Está al corriente de las desastrosas inversiones que lo han llevado a esta situación y que le han dado a ella la oportunidad de golpearlo donde más le duele.
    Pero cree llegado el momento de poner fin a sus explicaciones y dar por concluida su reunión. Le interesa ratificar la firma de adquisición de la finca y dar carpetazo a una parte de su pasado que la ha perseguido sin tregua durante la mayor parte de su vida.
    -Ya es suficiente, todo eso que me está explicando es de conocimiento público en los círculos financieros y no es necesario que se justifique ante mí
    También sé que no se queda en la indigencia ni muchísimo menos.
    -¡Vaya! Has aprendido mucho del hombre con el que llevas conviviendo más de.....¿cuánto......veinticinco años?
    La mención a su marido vuelve a despertar su lado más salvaje al considerar que no tiene derecho a involucrarlo en una historia a la que es totalmente ajeno.
    -No vuelva a nombrar a mi marido, nada tiene que ver con lo ocurrido entre nosotros.
    -¿Estás segura? Yo creo que sí tiene que ver, de hecho pienso que es él quien te ha servido mi cabeza en bandeja de plata.
    No piensa permitirle que le haga más daño y abandona el asiento definitivamente obligándole a él a hacer lo mismo.
    Observa sus dificultades para levantarse con la ayuda de las muletas y acercarse trabajosamente hasta el otro lado de la mesa hasta situarse a escasos centímetros de ella.
    -Veo que has dado por concluida la conversación, será mejor que terminemos con esto de una vez pero quiero que le des un mensaje a Ricardo de mi parte. Espero y deseo que no haya tenido nada que ver con mis problemas en bolsa.
    Le replica indignada por lo que de desconfianza llevan implícitas sus palabras y se retira para aumentar el espacio que los separe.
    -Ricardo es un caballero, es un hombre de honor que jamás utilizaría esas sucias artimañas que usted quiere atribuirle....
    -Puede ser...el honor y la decencia se las doy por supuestas, siempre ha sido así pero también ha llegado a mis oídos que ha estado locamente enamorado de ti desde que te conoció y el amor nos puede llevar a cometer muchas locuras.
    Pero bueno.....eso es algo que tú sabes muy bien porque fuiste víctima de una de esas locuras que se cometen por amor ¿no es cierto?

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  11. Capítulo 12.
    Cierto....pero no por su propia locura de amor, sino por la de otros en la que ella nada tenía que ver.
    El agotamiento parece haber abotargado sus sentidos y reconoce que está en inferioridad de condiciones respecto al hombre que a pesar de su edad se encuentra en plenitud de facultades mentales.
    Quiere acabar con todo de una buena vez y ni se molesta en rebatir su planteamiento. Una manera muy simple de presentar la tragedia que le supuso poner su granito de arena en una historia de amor, que ni era la suya y muchos menos, de su incumbencia.
    -No tengo nada más que hablar con usted, le agradecería que se procediera a la firma y que cada uno de nosotros podamos continuar con nuestras vidas como hasta ahora.
    El hombre sujeta con fuerza las dos muletas y comprende las emociones que luchan en el interior de la mujer adulta erguida a su lado.
    No es la inocente adolescente de hace más de treinta años. Es una mujer fuerte a la que sólo ha podido doblegar mediante los dolorosos recuerdos que al parecer permanecen vivos en su mente como el primer día.
    -¿Me odias....verdad? Con un odio irracional que no puedes controlar por mucho que lo intentes.
    Vuelve sobre sus pasos al escucharlo sin llegar a tocar el pomo de la puerta para abrirla. Sus ojos parecen dos brasas y le escupe las palabras que parecen quemar su boca.
    -Creo que el odio es mutuo, don Moisés ¿O acaso no supone una humillación para usted el cambio de papeles en La Encomienda?
    Recibe el golpe como una bofetada en pleno rostro pero consigue descolocarla con una respuesta que jamás hubiese esperado de su parte.
    -¡Ah, querida Virginia! En cierta forma sigues siendo aquella joven soñadora de antes de tu marcha. La pretendida pátina de dureza con la quieres cubrirte es tan solo una fachada que engañará a otros.....pero no a mí.
    ¿Piensas que me has vencido? Permíteme sacarte de tu error y decirte lo equivocada que estás en ese aspecto.
    Dices que te odio....mentira ¿Cómo odiar a quién te dio lo que más has amado en tu vida?
    Porque tú me lo diste, me diste un hijo que lleva la mitad de cada uno de nosotros.
    Y créeme, Moisés es un hombre maravilloso, lástima que tu rencor te impida ver una cosa tan simple como esa.
    No quiere escuchar más, abandona el despacho con paso rápido aunque no tan seguro como lo hizo a su llegada.
    Aún así, su voz no tiembla al indicar a los hombres que se han puesto en pie a su llegada que no quiere dilatar más la firma de los documentos.
    -¡Señores! Les rogaría celeridad con los últimos trámites.
    Don Moisés llega instantes después con su caminar renqueante e indica con un gesto de su cabeza en dirección a unas puertas dobles que dan paso a un enorme salón en cuya mesa central encuentran perfectamente colocados una serie de documentos listos para su firma.
    Se sienta con la ayuda de su hijo en la cabecera de la mesa e invita a los demás para que hagan lo mismo.
    Parece haber entrado en un mutismo absoluto que solo rompe para dar las indicaciones pertinentes.
    -Procedamos a dar por concluida esta transacción, señores. Doña Virginia tiene prisa por hacerlo y a nosotros nos espera un largo viaje de regreso.


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  12. Capítulo 13.
    En unos escasos quince minutos terminan con todo lo relativo a las firmas necesarias para hacer realidad la compra de la finca denominada "La Encomienda"
    Con la última rubrica de don Moisés Sagasta- Bris, la propiedad pasa a las manos de Virginia Román Mansilla que busca en su elegante bolso de Chanel un sobre color crema del que hace entrega al anterior propietario.
    -Aquí tiene el cheque con el importe convenido. Los honorarios del señor notario serán debidamente satisfechos cuando pasen la factura al despacho de mi marido.
    -Y ahora...si no tienen inconveniente, me gustaría que se retirasen cuanto antes.
    Ninguno de los presentes parece tener intención de prolongar más su estancia en la casa. Una especie de incómodo silencio parece haberse adueñado de los componentes del grupo venido expresamente desde Madrid para asistir a la reunión que estaba programada desde hacía más de un mes.
    El notario es el primero en abandonar la finca acompañado de su secretario. El abogado de los Sagasta junto a Eufeminano Martín Roca que ha sido el administrador de la encomienda desde que ella tiene memoria, también se dirigen al coche dejando a los dueños despedirse a solas de la nueva propietaria.
    Don Moisés parece recrearse con el paisaje por última vez y recorre con un halo de tristeza en los ojos lo que a partir de este mismo instante pasará a formar parte de sus recuerdos. Propina una palmada cariñosa en el hombro de su hijo y da las últimas indicaciones a Virginia.
    -Quedan algunas cosas debidamente empaquetadas que serán retiradas a la mayor brevedad posible, recuerdos familiares en su mayor parte, del resto puedes disponer como mejor te plazca aunque imagino que querrás imprimir aquí tu sello personal.
    -Imagina bien, don Moisés, tengo intención de hacer varios cambios, sobre todo en Las Casillas.
    -¿En Las Casillas.....? Están prácticamente en ruinas.
    -Lo sé, antes de mi llegada he estado echando un vistazo y será lo primero que se reforme.
    -Bien, eso es cosa tuya, es tu dinero.
    -Así es.... usted se lleva de aquí sus objetos personales y sus recuerdos familiares, los míos se encuentran allí.
    Asiente levemente con la cabeza y tiende la mano esperando quizá un rechazo por su parte, rechazo que no se produce y estrecha la mano con educación en tanto sus ojos se desvían sin poder evitarlo al hombre que asiste entre desconcertado y divertido a una conversación de la que apenas ha conseguido entender nada.
    El parecido con su padre es evidente pero también tiene algo que le recuerda a ella en su primera juventud.
    Una especie de velo melancólico en sus ojos almendrados y de gruesas pestañas. Y el lunar, un lunar muy cerca de la comisura de su boca que se oculta cuando ambos sonríen.
    También él le tiende la mano de dedos finos y largos como los suyos. Esta vez el contacto es más intenso y profundo removiendo todas las fibras de su ser.
    -Un placer haberla conocido, señora, espero que disfrute de la tranquilidad que se respira en este lugar.
    No cruzan más palabras, los cuatro hombres se acomodan en el coche e instantes después desaparecen por el camino empedrado para enfilar la pista de tierra levantando una intensa nube de polvo a su paso.
    Virginia espera a perder de vista el automóvil y regresa sobre sus pasos hasta las escaleras. David espera sentado en uno de los sillones de madera que adornan la galería. La ve subir los escalones con paso vacilante y espera a que se siente a su lado para preguntarle por sus planes.
    -¿Regresamos a Madrid esta misma tarde?
    No le contesta de inmediato, enciende un nuevo cigarrillo y expulsa la primera bocanada de humo antes de comenzar a hablar.
    -Yo me quedo aquí, David, el que te vas a marchar eres tú.

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  13. Capítulo 14.
    -¿Regresar yo solo? No eran esos los planes, Virginia y lo sabes perfectamente.
    Está cansada, lo puede notar en su cara y también está nerviosa. El tic de su ojo izquierdo la delata claramente y consigue despertar su alarma.
    -Haz lo que te digo, vete a casa y regresa con tu madre y con tu tío Ricardo en cuanto les sea posible.
    Apaga el cigarrillo en uno de los numerosos ceniceros de hierro forjado que se encuentran a lo largo de toda la galería y que simulan la rama de un rosal con sus rosas y sus correspondientes hojas y espinas.
    Obra sin duda del marido de la mujer a la que pasa a buscar al interior de la casa y que encuentra enfrascada en tareas de limpieza en la cocina.
    La observa desde el umbral de la puerta, algunos kilos más pero la misma inconfundible figura de su juventud. Maneja con nervio el estropajo y la bayeta sin percatarse de su presencia silenciosa.
    -Veo que no has perdido tu vitalidad, Emilia........
    La voz a su espalda provoca un respingo en la mujer que suelta los útiles de limpieza y se da la vuelta de inmediato secándose el agua de las manos con un paño que pendía de uno de sus hombros.
    -¡Virginia! No podía creerlo...pensé que era una alucinación de mi mente cuando te he visto.
    No es una alucinación, las dos mujeres se abrazan en la mitad de la cocina acortando la distancia que las separaba por ambas partes.
    Al fin Virginia puede encontrarse con una parte de su pasado, abrazarse a ese pasado y comenzar a recomponer una parte de su vida que ha permanecido en muchos momentos envuelta en una nebulosa que poco a poco va disipándose.
    Se miran a los ojos, buscando en ellos tantas y tantas explicaciones que necesitarán de muchas horas para conseguirlo.
    La arrastra hasta la mesa y consigue sentarla en una de las sillas al tiempo que ello también lo hace a su lado, cerca, muy cerca de ella, con las manos entrelazadas y sin dejar de mirarla.
    -¡Dios santo, chica! Eras tú la compradora de la finca y la zorra de Gloria no me ha dicho ni pío en sus cartas.
    Arranca su carcajada por la espontaneidad que tan bien recordaba pero que llevaba tantos años sin disfrutar.
    -No se lo tengas en cuenta, han sido meses de negociaciones y no estaba nada claro que la operación terminase con éxito. Yo misma le exigí prudencia.
    Lo entiende perfectamente, le parece mentira que don Moisés consintiera que La Encomienda fuese a parar precisamente a sus manos.
    -¿Qué va a pasar ahora con nosotros, Virginia?
    -¿Con vosotros? Todo seguirá como hasta ahora, no tienes que preocuparte por nada. Y dime ¿cómo está ese marido tuyo?
    Sonríe tiernamente al mencionarlo, lo recuerda desde que era una niña de unos ocho años y ya andaba rondando Las Casillas esperando a una jovencísima Emilia a la que no desagradaba en absoluto.
    También recuerda el día de su boda como si fuese hoy mismo. El baile posterior al convite que como siempre, era amenizado amenizado por el acordeón de Gonzalo Moragón, incansable y desgranando todo su repertorio hasta dejar agotados a todos los invitados.
    -Está bien, en dos años más conseguirá la jubilación, ya es hora de descansar ¿ no te parece?
    -Claro que se lo tiene merecido ¿y tus hijos?
    La sonrisa se amplía y sus ojos se iluminan con el brillo que provoca el amor maternal. Un amor que ella no ha podido experimentar completamente aunque sí lo ha sentido por David desde el mismo día de su nacimiento.
    -Trabajan aquí con su padre desde hace muchos años, puedes estar tranquila cuando Bernardo se jubile, han aprendido perfectamente el funcionamiento de las tierras.

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  14. Capítulo 15
    Virginia asiente con la cabeza y su mirada analiza la moderna cocina que nada tiene que ver con la que ella conoció.
    Muchos cambios se han producido en la casa durante los treinta y tres años que ella ha permanecido ausente y la nostalgia acude de nuevo al echar la vista atrás y encontrarse que queda muy poco de la decoración original.
    -¿Cuándo han reformado la casa?
    Emilia suspira profundamente ante la confusión que muestra Virginia y tiene que hacer un esfuerzo para recordarse a sí misma que lleva lejos de allí desde que tenía diecisiete años.
    -Hará unos diez años que acometieron las obras, pusieron todo esto patas arriba pero mereció la pena. Hicieron cuartos de baño en las habitaciones de la planta alta y ya ves la estupenda cocina que me pusieron.
    Virginia se enternece ante el entusiasmo que muestra y le viene a la mente la imagen de su madre. Se parece mucho a ella a pesar de ser ya bastante mayor cuando ella la conoció.
    Casilda era la encargada de todo lo relacionado con la casa principal. Era criada en la casa de los padres de doña Concha y se vino con ella cuando ésta contrajo matrimonio con don Moisés.
    Venía en el lote, le gustaba decir. Era en esa época una solterona porque ya había cumplido los treinta y cinco años y a las mujeres de esa edad se las calificaba así si no habían contraído matrimonio.
    Algo a lo que puso remedio uno de los jornaleros de la finca que andaba ya sobrepasados los cuarenta años.
    Casilda y Lorenzo pasaron por el altar ante las chuflas de los demás trabajadores que les dedicaron una sonora cencerrada la noche de bodas hasta conseguir que Lorenzo abandonase la alcoba y armado con una pequeña escopeta, disparase un tiro al aire y consiguiese dispersar a los molestos gamberros.
    Fruto de esa unión tardía nació Emilia cuando ya nadie la esperaba y a la vuelta de los años ocupó el lugar que su madre dejó vacante en el servicio de la casa.
    -Doña Concha murió el año pasado ¿lo sabías?
    La voz de Emilia la saca de sus reflexiones y la obliga a volver a la realidad. Realidad que parece mezclarse con el pasado desde que pusiera los pies en el lugar donde nació.
    -Perdona...estaba distraída.
    -Te decía que doña Concha murió el año pasado.
    -Ya lo sé, me lo dijo don Moisés.......
    Se arrepiente en ese mismo momento de haberle recordado a la señora. También se muerde la lengua para no preguntarle por el joven Moisés e intenta cambiar de conversación pero ya es demasiado tarde.
    -Le dije que me importaba una mierda lo que hubiese sido de sus vidas........
    -Perdóname, no debí nombrarla....lo siento.
    Golpea cariñosamente una de sus rodillas y enciende un nuevo cigarrillo. No suele fumar más de tres cigarros al día y sin embargo hoy lo está haciendo de forma compulsiva.
    Emilia abandona la mesa y busca en uno delos muebles un pequeño cenicero que pone a su lado al tiempo que le ofrece un café que ella rechaza.
    -Había pensado quedarme aquí ¿Se queda alguien por la noche?
    -Sí, cuando están...bueno, cuando estaban aquí los señores nos quedábamos Bernardo y yo a dormir. Si no hay nadie nos marchamos a dormir al pueblo.
    -¿Os podéis quedar esta noche?
    -Por supuesto ¿se quedará también el chico que te acompaña?
    Virginia se relaja al escucharla porque no se atrevía a quedarse sola y le agradece su buena disposición al tiempo que llama a David que permanece medio adormilado en uno de los cómodos sillones del hall.
    -¿No imaginas quién puede ser este guapo chico?

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  15. Capítulo 16.
    Emilia mira con atención al muchacho que entra en la cocina aún somnoliento y con su cabello rubio oscuro revuelto y desordenado.
    Una media sonrisa ocupa su cara algo sonrojada al reconocer en el chico, los rasgos nunca olvidados de su madre.
    -¡Santo cielo! Tú eres el hijo de Gloria, eres igualito a tu madre.
    David no puede evitar el efusivo abrazo acompañado de numerosos besos que recibe por parte de la mujer. Una muestra de afecto sin medias tintas, rotundo y que sale del fondo de su alma.
    Virginia asiste con una mezcla de sentimientos encontrados al retorno a los primeros años de su vida. Al reencuentro con personas que formaron parte de esa vida y que ahora se encuentran de nuevo junto a ella.
    -David, Si no te apetece conducir ahora, Emilia te puede preparar una habitación y mañana regresas a Madrid.
    El muchacho consigue tranquilizarse al comprobar el cambio operado en Virginia. Ya no se muestra tan nerviosa como a su llegada y piensa que se queda en buenas manos.
    -Creo que lo mejor será que me ponga en camino, prefiero llegar a casa esta misma noche.
    No intenta hacerlo cambiar de opinión y ambas lo acompañan hasta el automóvil para despedirlo. David busca el pequeño maletín en el maletero y se lo entrega para a continuación ponerse frente al volante y accionar la llave de contacto.
    Tras pedirle que conduzca con prudencia, Virginia presiona con cariño su antebrazo y se retira junto a Emilia para verlo marchar. El coche abandona la casa dejando a las dos mujeres de pie bajo el arco de entrada y enfila la pista de tierra a una velocidad moderada.
    Ya comienza a anochecer cuando puede encontrarse con Bernardo y sus dos hijos que han dado por concluida su jornada diaria y cenan los cinco en la cocina en animada conversación.
    Se retira alrededor de las doce de la noche alegando un agotamiento que va más allá del cansancio físico y agradece a Emilia sus desvelos para prepararle una de las habitaciones de invitados de la planta superior.
    Cierra la puerta y deja encendida la luz de la mesilla de noche para a continuación meterse bajo la moderna ducha y refrescarse del la larga jornada.
    Se seca vigorosamente con la mullida toalla de rizo blanco y se enfunda el camisón que Emilia le ha prestado a la espera de que Gloria le traiga sus útiles personales y varias mudas de ropa.
    El calor es sofocante a pesar de la llegada de la noche y Virginia enciende el último cigarro del día y sale al balcón de la habitación que ocupa.
    El silencio reinante consigue sobrecogerla por su intensidad. La oscuridad es casi total y tan solo el reflejo mortecino de unos faroles en los jardines consiguen que sus ojos se habitúen a la oscuridad y poco a poco pueda reconocer el paisaje que le resulta tan familiar.
    En unos minutos comprueba que su cabello va perdiendo la humedad de la ducha y una ligera brisa comienza a refrescar el tórrido ambiente.
    Le gustaría tener a Ricardo a su lado en este preciso momento, poder apoyarse en su hombro y abandonarse en sus brazos protectores como lo ha hecho durante los últimos veinticinco años.
    Pronto estará con ella, quiere recorrer de su brazo estas tierras que ahora son de su propiedad y de las que tanto le ha hablado a lo largo de innumerables noches en las que le era imposible conciliar el sueño.
    Su mirada se pierde más allá del horizonte, allí donde horas antes se ha ocultado el sol y su mente se abre a los recuerdos. Parece viajar en el tiempo y regresa sin poder evitarlo a través de las brumas de la noche, a un lugar que permanece marcado a fuego en su memoria.

    Guadalajara Mayo de 1955.

    -¡Gloria....Gloriaaaaa...... ¿Dónde demonios se habrá metido esta chiquilla?





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  16. Capítulo 17.
    La mujer continúa gritando el nombre de la chica al mismo tiempo que intenta atar el haz de leña que permanece a sus pies perfectamente apilado.
    Nadie contesta a su llamada y decide cargarse sola el gran fardo en su espalda. Lo consigue tras varios intentos y lo acomoda al fin apoyándolo sobre sus hombros y comenzando a caminar un tanto insegura hasta conseguir la verticalidad e imprimiendo seguridad a sus pasos.
    Apenas ha avanzado unos doscientos metros cuando escucha la voz nerviosa de su hija suplicando que se detenga para poder alcanzarla.
    Se olvida de su enfado anterior y se da la vuelta con dificultad debido a la pesada carga para esperar la llegada de la muchacha que camina a paso rápido tratando de llegar lo antes posible.
    Su indomable cabello pelirrojo parece una llamarada en el tranquilo atardecer y sus dificultades con la pierna izquierda se hacen más evidentes debido al esfuerzo.
    Llega al lado de su madre casi sin resuello, hablando atropelladamente en un intento por pedir todas las disculpas posibles que interrumpe para regresar sobre sus pasos y buscar una de sus zapatillas que había perdido unos metros atrás.
    -¿Se puede saber dónde te has metido?
    La muchacha se sienta en el suelo para atarse los cordones de la zapatilla y contempla la estampa de su madre con el gran haz de leña sobresaliendo más de medio metro sobre la cabeza. El pañuelo negro atado bajo la barbilla apenas deja ver su cara y el resto de la ropa también negra la hacen parecer mucho más mayor de lo que es en realidad.
    -Lo siento, madre......se me escabulló el Curro y me hizo ir hasta los lavajos a buscarlo.
    La mujer mueve la cabeza impotente. Mil veces ha tratado de que entienda que los perros tienen un instinto de caza que los obliga a a recorrer los campos en busca de algún conejo o liebre a los que dar caza.
    Pero no hay forma, a veces tiene la impresión de que su hija quiere más a los animales que a las personas que la rodean.
    -Está bien, vamos para la casa que se nos pone el sol y llegan tu padre y tu hermano y se encuentran sin la cena hecha.
    La sigue a corta distancia pero volviendo la cabeza una y otra vez con la esperanza de ver aparecer por el camino al revoltoso perro que al poco de encontrarlo ha salido disparado de nuevo tras la estela de otro conejo.
    Las Casillas aparecen ante madre e hija cuando ya el sol es un enorme círculo rojo que empieza su proceso para ser tragado por el horizonte. Los gritos de tres niños que juegan en la explanada delantera de las casas se interrumpen al verlas llegar y acuden corriendo a su encuentro.
    Dos de los niños son gemelos y acaban de cumplir diez años, el otro tiene siete y los tres son morenos y muy menudos, aparentando menos edad de la que en realidad tienen.
    Rodean a madre e hija poniéndolas al corriente de las novedades ocurridas en su ausencia mientras ayudan desde su corta estatura a que Adela se desprenda de su carga de leña.
    Entre los tres se encargan de arrastrar el fardo de ramas finas hasta una de las leñeras y regresan para seguir poniendo al corriente a una acalorada Gloria de la visita de don Eufemiano a Las Casillas.
    -Gloria, Gloria.....esta tarde vino don Eufemiano y estuvo hablando con mi madre, al irse él, mi madre estuvo llorando en el cuarto.
    Adela escucha a los niños sin dejar de asearse en el pilón lleno de agua y mueve pesarosa la cabeza. Ya estaba tardando mucho la sabandija del administrador para ir a llamar la atención a Lucía sobre la situación de su marido.
    Se seca la cara y los brazos con un pañuelo que extrae de uno de los bolsillos de su delantal y entra con paso decidido a la casa que está frente a la que ella ocupa.
    Encuentra a Lucía enfrascada con la cena frente a la lumbre y ni siquiera vuelve la cabeza al escuchar sus pasos.
    Observa sus ojos hinchados y enrojecidos, no necesita más explicaciones para sospechar los motivos de su congoja.

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  17. Capítulo 18
    Acerca una silla pequeña hasta situarse a su lado y comprueba los rastros del llanto en su cara cansada y ajada por el sufrimiento.
    -Me han dicho los chicos que has tenido visita esta tarde ¿qué quería esa rata?
    Parece reaccionar al escuchar su voz y prosigue con la tarea de remover las migas en la sartén aunque retira algunas ramas a medio arder para bajar la intensidad del fuego.
    Ahora, sí presta atención a su vecina y saca un pañuelo de la manga de su jersey y lo pasa por sus ojos una vez más antes de ponerla al corriente de lo sucedido.
    -Se presentó Eufemiano a media tarde y volvió a la carga con la amenaza de echarnos de aquí. Dice que Pascual no se gana el jornal y aquí se necesitan hombres en perfectas condiciones.
    Adela maldice en voz baja sin saber muy bien la manera de consolarla. Ella mejor que nadie sabe del calvario que ha sufrido el matrimonio desde que dos años antes sufriera Pascual el accidente que dejó prácticamente inútil su brazo derecho.
    Desde entonces han luchado desesperadamente por mantener el puesto de trabajo que también les otorga el derecho a tener un techo sobre sus cabezas.
    -¿Dónde vamos a ir si nos echan de aquí, Adela?
    No quiere ni pensar en esa posibilidad, su marido y su hijo han estado estos dos años tratando de ayudar en todo lo posible y el trabajo que no puede realizar Pascual, lo llevan a cabo ellos dos para que nadie pueda llamarles la atención.
    -¿Qué te dijo exactamente?
    -Lo de siempre.....que sobran manos para ocupar nuestro lugar y no pueden darse el lujo de mantener a un lisiado.
    ¡Un lisiado! Toda la vida dejándose la piel trabajando de sol a sol y, a consecuencia de un accidente producido en el desempeño de su trabajo ya es considerado un estorbo.
    La rabia y la indignación no le permiten permanecer sentada y recorre la pequeña cocina con pasos nerviosos tratando inútilmente de ofrecer algún consuelo a la amiga.
    -¿Se lo vas a decir a Pascual?
    Nuevamente se humedecen sus ojos y sabe perfectamente la respuesta.
    -Tengo que hacerlo....y me da miedo, miedo y pena por él.
    -¿Dónde está Virginia? No la he visto por ningún sitio.
    Parece recomponerse tras expresar el dolor que le provoca tener que decirle a su marido la amenaza que pesa sobre ellos y regresa a la realidad que están viviendo.
    -Acompañó a Eufemiano a la casa, parece ser que doña Concha quería hablar con ella.
    El sobresalto de Adela no le pasa desapercibido, también a ella le ha extrañado el recado de la señora pero no se ha atrevido a preguntar.
    -No me gusta un pelo nada de lo que estoy oyendo.....algo se traen entre manos.
    Consigue alarmar a Lucía que retira la sartén del fuego y se acerca hasta sujetar el brazo de Adela y obligarla a darle la cara.
    -¿A qué te refieres? Estás consiguiendo ponerme más nerviosa de lo que ya estaba.
    Ni ella misma lo sabe, es un presentimiento que no obedece a ningún razonamiento pero que cuando se instala en su pecho, pocas veces le ha fallado.
    Insiste de nuevo Lucía, conoce de sobra los pálpitos que asaltan a su vecina y que siempre terminan haciéndose realidad.
    -No me hagas caso, mujer.....ha sido simplemente un comentario sin importancia.
    Pero sabe que no es así, la mira expectante a la espera de una explicación que sencillamente no puede darle.
    Los dos golpes en la puerta del salón obtienen una rápida respuesta desde el interior y la muchacha empuja lentamente la hoja de madera con el susto todavía en el cuerpo.
    Tiene muy presente el episodio ocurrido un rato antes cuando el administrador ha comunicado a su madre la intención de echarlos de allí.
    Va a cumplir diecisiete años y ya puede comprender las consecuencias que eso ocasionaría a su familia.

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  18. Capítulo 19
    Las consecuencias y el sufrimiento que le supone ver a su padre día a día luchar contra los elementos. Sobre todo, le duele verlo mermado físicamente, con un brazo prácticamente muerto y aún así, mordiéndose la lengua para no gritar su impotencia.
    Desecha por un momento los malos presagios de su imaginación y se pregunta el motivo por el que es requerida en la casa principal.
    Tiene pocas ocasiones de andar fisgando por el interior de la imponente vivienda. Si acaso cuando los señores no se encuentran allí y Gloria y ella acompañan a Emilia sin que se entere su madre.
    Pensaba encontrar sola a la señora pero ve que se equivoca al observar en uno de los sillones frente a la biblioteca a don Moisés.
    Doña Concha Zavala Toledo es una mujer que ya ha cumplido los treinta y siete años. Proveniente de una adinerada familia madrileña, lleva casada con el dueño de La Encomienda unos quince años y durante todos estos años ha tenido que vivir el calvario de no poder darle un hijo a su marido.
    Se casaron locamente enamorados y eso es algo que no ha cambiado con el paso del tiempo. Sigue el mismo brillo en sus ojos cuando se miran y la misma química de siempre.
    La decepción que experimentan cada vez que un nuevo embarazo se malogra, es compartido por los dos con la misma intensidad hasta que lo intentan nuevamente con los mismos resultados.
    Los médicos les han desaconsejado intentarlo más veces para preservar la salud de la frustrada madre y la advertencia ha sido más seria esta vez.
    El último aborto le provocó una hemorragia que pudo haber tenido consecuencias irreparables y don Moisés por fin tomó consciencia de la gravedad de la situación.
    No atendió a sus ruegos y le insinúo la posibilidad de adoptar a una criatura. Algo a lo que ella se opuso, negándose en redondo y contraatacando con otra opción.
    -¿Has pensado alguna vez en tener un hijo con otra mujer que no sea yo, Moisés?
    Consigue herirlo con sus palabras y quiere pensar que está tratando de poner a prueba el amor que le profesa, quiere un hijo, sí pero no a costa de perderla a ella.
    -Concha......¿te das cuenta de lo que me estás diciendo?
    La mujer pasea nerviosa porque no está bromeando en absoluto. Con la última visita al médico terminó por rendirse a la evidencia, nunca lograría experimentar la maternidad.
    Fue en esos difíciles días cuando una idea comenzó a tomar cuerpo en su mente. Quería a su marido con una intensidad que rayaba la locura y perderlo era algo que no podría soportar.
    Fantaseaba en las aburridas tardes de invierno con un niño que sólo les perteneciera a ellos y una inocente conversación entre su marido y el administrador le sirvió en bandeja un plan que empezó a idearse en su cabeza hasta tenerlo todo bien atado y perfectamente planificado.
    El administrador estaba poniendo al corriente de todos los pormenores de la finca a su marido. También le expuso la conveniencia de despedir a Pascual, no podía llevar a cabo su trabajo a consecuencia del accidente y ellos no eran una casa de beneficiencia.
    Sin embargo la sorprendió las objeciones que puso al administrador y que ella en cierta forma podía entender.
    -Eso puede espera, Eufemiano.....no debemos olvidar que el accidente ocurrió durante el desarrollo de su trabajo y las secuelas no le permitirán encontrar empleo en otro lugar.
    Tampoco está en una buena situación, sus hijos son pequeños todavía.
    Eufemiano no puede vitar fruncir el ceño debido a la contrariedad que le supone el fracaso de sus planes. Ya tenía apalabrada a otra familia de parientes de su mujer para ocupar la casa y apropiarse del puesto de trabajo de Pascual.
    -Todo eso está muy bien, don Moisés pero los chicos crecen rápido y la chica mayor ya es toda una mujer, la pueden emplear en el servicio de alguna casa en la capital.
    Estuvo toda esa noche dándole vueltas a la idea y a la noche siguiente se decidió a proponérsela a su marido.
    -Moisés.....sé perfectamente lo que te estoy diciendo, podemos tener un hijo, si no puedo parirlo yo....por lo menos que sea tuyo.

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  19. Capítulo 20
    Su marido la miró dudando de su cordura. La ausencia de hijos era algo que les dolía a los dos por igual pero no podían permitirse el lujo de que ese dolor les amargase la vida o los distanciase.
    -Concha.....podemos vivir sin un hijo, no permitas que eso te haga desgraciada, nos tenemos uno al otro ¿no lo entiendes?
    No, no podía entenderlo porque un amor como el suyo debería haber dado sus frutos y ella se sentía como un terreno baldío.
    -Moisés, lo tengo todo previsto, tu conversación con el administrador me dio una idea que nos puede proporcionar la felicidad que nos falta.
    La mirada interrogadora que le lanza no es suficiente para hacerla replantearse su loca iniciativa. Horas y horas a solas con sus pensamientos la han llevado a trazar un plan perfecto.
    -Escúchame, Moisés.....tengo a la madre perfecta para concebir a nuestro hijo.
    Está comenzando a preocuparlo y deja sobre una pequeña mesa el libro que instantes antes ojeaba sin prestar mucha atención a su mujer, creía que sería algo pasajero como tantas otras veces y sin embargo, algo en su forma de expresarse le indica lo contrario.
    -Te has vuelto loca, Concha ¿qué mujer en su sano juicio se prestaría a semejante disparate?
    Sabía que le contestaría algo así y pasa al contraataque para hacerle ver la posibilidad de culminar con éxito su plan.
    -No quiero una mujer adulta para alumbrar a nuestro hijo....he pensado en la hija de Pascual.
    Definitivamente piensa que ha perdido la cabeza y se acerca hasta poder establecer contacto visual con ella. Le sorprende el fuego de sus ojos, una mirada enfebrecida que le hace temer por su salud mental.
    Intenta por todos los medios que razone con cordura pero fracasa en el intento. Llega a la triste conclusión de que un hijo es más necesario para ella de lo que está dispuesta a confesar.
    -Concha.....¿y tú piensas que la chica se va a prestar a semejante barbaridad?
    Intuye que al menos ha conseguido captar su atención y lo arrastra de una mano hasta tomar asiento ambos en el sofá de la biblioteca.
    No suelta su mano mientras lo pone al corriente de sus intenciones. Le confiesa haber barajado otras posibilidades pero piensa en ésta como la mejor solución.
    -Mira, Pascual no puede realizar su trabajo como debería...cierto que el accidente fue fruto del desempeño de sus funciones y tampoco me pareció correcta la intervención de Eufemiano insinuando que se le despida.
    Podemos ofrecerle la garantía de seguir ganando su sueldo a pesar de sus limitaciones. Una seguridad para que él y sus hijos sigan viviendo aquí sin la amenaza de ser despedido en cualquier momento.
    No sabe muy bien hasta dónde pretende llegar, se limita a guardar silencio escuchando sus planteamientos que al parecer tiene perfectamente controlados.
    -No sé, Concha....ya le dije al administrador que no me parecía justo el despido de Pascual pero tampoco entiendo bien lo que quieres decir, nunca aceptarían sus padres lo que tú estás proponiendo.
    Lo sorprende con una amplia sonrisa que por fin asoma a su cara inundándola de felicidad.
    -¿Quién te ha dicho a ti que sus padres tengan que aceptar nada? Mañana Enviaré a Eufemiano a las Casillas para que meta presión a su mujer con la amenaza del despido.
    Le encargaré encarecidamente que cuente con la presencia de su hija para ver su reacción, tenemos que limitarnos a esperar, querido.
    Ahora sí comprende al fin lo que pretende su mujer y una ligera aprensión le impide articular palabra.
    Necesita de unos minutos para recomponerse y entonces sus palabras apenas audibles rompen el silencio que se ha producido entre los dos.
    -No sé....Concha, es una idea descabellada....
    -Tú déjame a mí, lo tengo todo perfectamente atado.

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  20. 21
    A pesar de estar al corriente de todos los pormenores del plan ideado por su mujer. Don Moisés Sagasta-Bris tenía muchas reservas cuando los tímidos golpes en la puerta les anunciaron la presencia de la joven.
    El administrador se había limitado a llevarla hasta allí para después abandonar la finca tal y como se lo indicó doña Concha.
    No quería testigos de su encuentro, ni oídos indiscretos que pusieran en peligro la proposición que tenía en mente ofrecer a la muchacha.
    También alejó a Casilda de la casa y la envió al pueblo con la excusa de visitar a su hija Emilia que estaba a punto de dar a luz a su primer hijo.
    Más adelante tendría que contar con su ayuda y complicidad pero sería ya demasiado tarde para que pusiera ningún tipo de objeción.
    Se adelanta para recibir a una desorientada Virginia que todavía conserva el susto en el cuerpo. Primero, por ser testigo de las duras palabras del administrador respecto a su padre y la consiguiente desesperación de su madre.
    Segundo, por el recado de doña Concha para que se personase en la casa principal.
    Le tiemblan ligeramente las piernas al adentrarse en la biblioteca aunque le sorprende la actitud amable y un tanto protectora de la señora.
    -Pasa....por favor.
    Obedece su indicación y avanza unos pasos titubeantes a la espera de malas noticias respecto a la situación laboral de su padre. Hace ya tiempo que viene siendo testigo del enorme sacrificio de su progenitor y su juventud no le impide ser plenamente consciente de las dificultades a las que se enfrenta toda la familia.
    La acompaña hasta uno de los sofás y duda de tomar asiento aunque la señora la invita a ello. Lo hace finalmente sobre uno de los bordes con el riesgo de caer al suelo en cualquier momento.
    -Te preguntarás el motivo por el que te hemos llamado ¿verdad?
    Asiente afirmativamente con la cabeza y comprueba alarmada que don Moisés ha abandonado el sillón que ocupaba para sentarse frente a ellas.
    La presencia del hombre la intimida más que la de su mujer. De él espera la noticia de la obligación de marcharse del único lugar que ha conocido desde su nacimiento.
    Pero no la tortura eso, piensa en su padre sobre todo y en los demás miembros de su familia. Difícil panorama el que se les presenta y por primera vez en su vida tiene unos enormes deseos de desaparecer de la faz de la tierra.
    -Verás.....como ya sabrás por don Eufeminiano, nos vemos en la obligación de pedir a tus padres que se marchen de Las Casillas, tú mejor que nadie conoce las limitaciones de tu padre para realizar su trabajo.
    Se lo temía, la amargura de su madre que trataba por todos los medios de ocultar a sus hijos. La tristeza e impotencia de su padre que le resultaba imposible mantener guardado en su interior.
    Suplica, suplica en busca de una clemencia que aleje de ellos los negros nubarrones que se ciernen sobre sus cabezas.
    -Por favor, señora.....mi padre es un hombre bueno y pronto mis hermanos podrán ayudarle. Yo también puedo hacerlo.
    Vuelve a sorprenderla la aparente amabilidad de doña Concha y el mutismo de don Moisés que asiste en silencio sin intervenir en ningún momento.
    -Virginia......¿qué estarías dispuesta a hacer para arreglar esta desgraciada situación?
    Un hilo de esperanza se abre paso en su confundida cabeza al escuchar la posibilidad de una solución y del fondo de su ser parecen salir las palabras que cambiarán su vida para siempre.
    -Haría lo que fuese, señora............
    -¿Seguro?
    -Sí, pídame lo que quiera pero deje que mis padres sigan en Las Casillas como siempre.

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  21. Capítulo 22
    Algo muy dentro de don Moisés quiso rebelarse en ese mismo momento. La angustiosa respuesta de la chica prestándose a cualquier cosa para ayudar a su padre le conmovió en lo más íntimo.
    A punto estuvo de zanjar de una vez por todas aquella locura que pretendía su mujer.
    Pero algo le detuvo, quizá la determinación en el rostro aparentemente inexpresivo de Concha y la posibilidad de tener un hijo, se le antojó en aquel momento al alcance de su mano.
    Decidió permanecer en un segundo plano a la espera de una más que probable espantada de la muchacha cuando se enterase de lo que se pretendía de ella.
    -Virginia, quiero que escuches con atención lo que te voy a decir, piénsalo con detenimiento, no estás obligada a responder de inmediato pero en caso de una negativa por tu parte.....espero discreción absoluta.
    Mi marido y yo no hemos conseguido tener un hijo....tras mucho pensarlo he...hemos llegado a la conclusión de necesitar la ayuda de otra persona para lograrlo.
    En un primer momento, Virginia no consigue entender la verdadera dimensión de la propuesta, mira desconcertada a la mujer distante de siempre para encontrarse con alguien cercano y cálido.
    -Pero, señora....¿cómo podría yo ayudarles en algo así?
    El silencio planea durante unos instantes en la antigua biblioteca permitiendo escuchar hasta sus respiraciones. Doña Concha sabe que ha llegado la hora de la verdad y no tiembla su voz al exponer lo que espera de ella.
    -Llegados a este punto no hay marcha atrás, niña. Quiero que seas el vientre que acoja un hijo para nosotros.
    Virginia salta como impulsada por un resorte y abandona el filo del sofá donde estaba sentada.
    Su primera intención es la de huir y se dirige hasta las puertas cerradas aferrando el pomo con todas sus fuerzas cuando la voz gélida a su espalda inmoviliza su mano.
    -No es necesario que huyas....simplemente expresas tu negativa y nosotros lo entenderemos perfectamente. Nadie tiene porqué enterarse de lo que suceda de ahora en adelante y tu familia tendrá una vida sin sobresaltos.
    Su familia, únicamente por ellos permanece aún en la casa y no se ha lanzado a correr campo a través hasta perderse en busca de la calma que sólo la naturaleza puede ofrecerle.
    Regresa lentamente sobre sus pasos hasta enfrentar a doña Concha que se ha puesto en pie y la mira con cierta condescendencia. Su marido no puede por menos que admirar su astucia y esa rara intuición que la llevó a asegurarle la colaboración de la muchacha.
    -¿Qué tengo que hacer?
    Claudica, las opciones a las que se enfrenta le ofrecen pocas garantías para ayudar a los suyos. Si los señores le han ofrecido seguridad para su familia, ella cumplirá su parte del trato.
    Nuevamente se deja llevar hasta quedar sentada al lado de doña Concha y escucha con atención las indicaciones precisas que ésta enumera con total frialdad.

    Adela escruta el camino que lleva a la casa principal ayudada por su mano derecha a modo de visera. La puesta de sol inminente le impide ver con claridad pero ella fuerza su vista hasta que la figura inconfundible de su hija aparece en la distancia.
    Consigue tranquilizarse y un suspiro hondo sacude su pecho. Dos horas de angustia desde que su hija acompañó al administrador y la falta de noticias la tenía rozando el histerismo.
    Avanza un trecho del camino con pasos apresurados y sale a su encuentro incapaz de permanecer quieta por más tiempo.
    -¿Qué querían, hija?
    Virginia intenta por todos los medios ocultar a su madre la angustia que casi le impide respirar. Su decisión se ve reforzada al verla consumida por la preocupación y logra disipar las reservas que momentos antes tenía.
    -Tranquila, madre....doña Concha me ha ofrecido trabajar en la casa.
    -Pero el administrador quería echarnos de aquí.
    -Ya no...madre, hablé con los señores y permitirán que nos quedemos.

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  22. Capítulo 23.
    Lucía sigue a su hija hasta el interior de la casa intentando entender el cambio de opinión de los señores.
    Bien clarito se lo dijo el administrador durante su visita de la tarde y ahora no entiende absolutamente nada de lo que su hija le está diciendo.
    Con algo más de sosiego, la mujer observa a su hija rebuscar algo en el baúl de su habitación ayudándose de un pequeño candil de aceite. Ya escasea la luz solar y el cuarto se encuentra casi en penumbra.
    -¿Qué buscas.....no puedes esperar a mañana?
    Encuentra al fin lo que busca y se vuelve hacía su madre con un envoltorio blanco en sus manos que deposita sobre la cama.
    Quiere hablar lo menos posible con ella para no despertar sus sospechas y también para no flaquear en su determinación.
    -Doña Concha me ha pedido que esta noche duerma allí.
    La cara de su madre es todo un poema al escucharla y agradece la falta de luz que le permite ocultarle el estado de nervios en que se encuentra.
    -¿Qué falta le haces tú? No creo que estén de pies en ningún charco ¿no?
    Arranca una sonrisa a su hija por su afición a buscarle punta a todo y su facilidad para los refranes.
    -Le ha dado permiso a Casilda para que se marche al pueblo unos días. Emilia salió ayer de cuentas.
    Con tantas preocupaciones se le había olvidado que la muchacha estaba a punto de parir aunque le extraña que permitiera a su madre acompañarla sin haberse puesto de parto.
    Depende absolutamente de Casilda hasta para respirar y esa generosidad le escama por no ser habitual.
    Intenta pensar mejor de la señora, igual ahora está perdiendo algo de su egoísmo y considera llegado el momento de agradecer los desvelos de una mujer que le ha dedicado la casi totalidad de su vida.
    También la habilidad de Casilda como partera habrá tenido mucho que ver para permitirle acompañar a su hija ante la inminencia del alumbramiento.
    -No sé, hija.....todo esto me ha cogido con el pie cambiado, toda la tarde he estado con el corazón en un puño por las amenazas del maldito Eufemiano.
    Virginia continúa buscando alguna muda que coloca en el centro de un pañuelo grande extendido en la cama junto al camisón, añade un vestido de algodón y una chaqueta de lana porque aún refresca a primera hora de la mañana y al anochecer.
    Anuda el pañuelo formando un pequeño fardo y sale del cuarto seguida por su madre. Coloca el envoltorio en una silla y el olor que desprenden las migas estimula su apetito.
    Busca un plato de porcelana en la alacena y se sirve una generosa ración de migas dulces. Blancas y densas, salpicadas con los chicharrones de pan frito que tanto le gustan.
    Cena en silencio y sin levantar la vista en ningún momento, intentando por todos los medios no dejar traslucir el torbellino de sensaciones que la atenazan.
    Pero no se arrepiente del paso que está a punto de dar. Mucho menos cuando las voces de sus hermanos les anuncian la llegada de su padre.
    Todos los días se acercan hasta las cuadras para ayudarle a quitar los aperos a los animales. Se encargan a pesar de su corta edad de mantener limpios los establos y sacar a diario el estiércol, mantener los pesebres llenos de forraje y los pilones rebosantes de agua.
    Pasan los pequeños en primer lugar con la algarabía propia de su edad y reclamando la cena a su madre. Después lo hace su padre que previamente se ha lavado en el pilón de piedra del pozo aprovechando la llegada del buen tiempo.
    Es un hombre de mediana estatura, magro en carnes y prematuramente envejecido. Su pelo negro está salpicado de canas y su rostro afilado mantiene un rictus de dolorosa resignación.
    Deja las alforjas en la percha de la entrada y su mirada repara en el fardo de la silla provocando una mirada de interrogación que dirige a su mujer.

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  23. Capítulo 24
    -Pascual....Virginia ha sido requerida por doña Concha para para trabajar en la casa principal. Casilda estará unos días en Viñuelas hasta que Emilia de a luz.
    Parece recordar en ese momento que la chica está al final de su embarazo y asiente lentamente con la cabeza al tiempo que se sienta frente a la mesa con gesto cansado.
    Sujeta cuidadosamente el brazo derecho que apenas le responde y se ayuda del otro para colocarlo encima de la madera.
    Con el tiempo ha llegado a manejar con destreza el brazo izquierdo aunque la merma en sus facultades físicas es más que notable.
    Cena en silencio acompañado del resto de la familia a excepción de su hija que lo hizo con anterioridad y a la que escucha en el cuarto contiguo trasteando en busca de unas alpargatas que parecen haber desaparecido.
    Finalmente las encuentra y deshace el nudo del hatillo para incorporarlas al resto de pertenencias.
    -Madre, voy a despedirme de Gloria, no tardo.
    La ven salir por la puerta y algo en su comportamiento despierta la alarma en su padre que dirige una mirada de soslayo a su mujer.
    -¿Es cosa mía o la chica está rara, Lucía?
    También a ella le ha dado esa impresión al verla regresar por el camino al final de la tarde. Parecía haber perdido la alegría desbordante propia de la juventud.
    -Al medio día se presentó Eufemiano con la misma cantinela de siempre y ella estaba aquí. Ya es una mujer, Pascual y entiende las cosas.
    La palidez se extiende por el rostro curtido del hombre que deja de lado la cuchara y retira el plato de las migas como si el apetito lo hubiese abandonado de repente.
    Lucía le insiste para que las termine todas y vuelve a poner el plato en el mismo lugar.
    -No te hagas mala sangre, me ha contado Virginia que les contó a los señores las amenazas del administrador y le garantizaron que nosotros seguiremos aquí.
    No parece confiar del todo, son ya casi dos años los que tiene que cargar con las amenazas veladas en unas ocasiones y abiertamente explícitas en otras.
    -Yo no sé qué pensar, Lucía.......ojalá y nos dejen tranquilos aunque la idea de mandar a la chica a trabajar a la casa principal me produce tristeza.
    Lo entiende perfectamente, también a ella le ha sucedido lo mismo pero ha tenido que disimular ante su hija y ahora lo hace frente a su marido.
    -Ya es grandecita, Pascual.....en la casa estará bien y Casilda le puede enseñar muchas cosas.
    Les interrumpe la llegada de Virginia acompañada de Gloria que la sigue sin dejar de hacerle preguntas. La muchacha no ha querido darle muchas explicaciones y se ha limitado a comunicarle su nueva situación.
    Ya no podrán estar juntas como lo han hecho hasta ahora, de la mañana a la noche inseparables desde que apenas podían caminar.
    No le ha sentado nada bien la noticia y Virginia ha cortado por lo sano ante sus innumerables quejas y lamentos.
    Mete prisa a su madre para que la acompañe hasta la casa principal y trata de eludir a una histérica Gloria que no se resigna a perder a su amiga más querida, a su compañera de juegos y confidencias.
    Pero las cosas han cambiado y Virginia ya no puede confiarle todas sus cuitas. Hoy se ha encontrado con la dura realidad que la rodea y ha tomado consciencia de su situación.
    Una situación que la obliga a tomar una decisión de la que posiblemente se arrepienta en un futuro pero que a día de hoy es la única salida que encuentra.
    -¡Déjame en paz, Gloria! No me voy al fin del mundo, mujer.
    La chica enmudece y parece calmarse cuando Lucía se echa el hatillo de su hija al hombro y da por zanjada la discusión.
    -Ya está, Gloria, tenemos que irnos.

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  24. Capítulo 25.
    Ya es noche cerrada cuando llegan a la cancela de hierro del jardín. Tan solo la claridad que proporciona una luna completamente llena les ha servido para guiarse en la oscuridad reinante.
    Tampoco está muy iluminado el interior de la casa, apenas un suave resplandor proveniente del espacioso salón les indica la presencia de los dueños.
    Le sorprende a Lucía que sea la propia doña Concha la encargada de abrir la puerta principal y entonces recuerda la ausencia de Casilda.
    -Buenas noches, señora.
    -Buenas noches....me imagino que tu hija te habrá puesto al corriente de la situación, Casilda ha tenido que ausentarse y no podemos contar con ella ni con Emilia.
    -Ya....ya lo sé...
    Se desprende del hatillo que todavía mantiene sobre su hombro y se lo entrega a su hija que se adentra en el interior de la casa a indicación de doña Concha. No vuelve la cabeza ni una sola vez y
    provoca la aprensión de nuevo en su madre.
    La señora parecer percibir sus miedos y una sonrisa condescendiente asoma a sus labios por primera vez.
    -Puedes estar tranquila, aquí estará perfectamente.
    No lo duda, es otra cosa la que parece preocuparle al ver desaparecer a su hija. Será la primera vez que no duerma en el cuarto de al lado, la primera vez que no pueda despertarla por la mañana.
    -Estoy tranquila, doña Concha...pero como hoy nos visitó don Eufemiano y luego pidió que mi hija subiese para hablar con usted.....
    La sonrisa parece ensancharse en su cara oronda y sus manos regordetas parecen espantar imaginarios mosquitos.
    -Tranquila, ya he llamado la atención a Eufemiano respecto a eso, nadie os va a echar de aquí y si acaso vuelve a molestaros, lo pones en mi conocimiento de inmediato.
    La sangre parece volver a circular por sus venas al escuchar sus palabras y cree llegado el momento de retirarse.
    -Se lo agradezco, señora, hasta mañana.
    -Qué descansen, Lucía, buenas noches.
    No cierra la puerta de inmediato, permanece unos minutos siguiendo el caminar rápido y nervioso de la mujer bajo el resplandor de la luna.
    Ha elegido bien. Sabe perfectamente que su presa estaba al alcance de la mano y la jugada le ha salido redonda.
    Pensó en Virginia desechando otras posibilidades. También la hija de Adela tiene una edad similar pero no se encuentra en la misma situación. Su padre es un hombre fuerte y sano y su hermano también.
    Pueden buscarse la vida en otro lugar y a ella ni se le ocurriría plantearle algo así. También le gusta más Virginia para madre de su hijo, tiene todo lo que a ella le hubiese gustado tener y que la naturaleza le negó.
    Cierra por fin la puerta al ver desaparecer a lo lejos la negra silueta y recuerda la discusión mantenida con Casilda una hora antes.
    Se presentó alegando el retraso del parto de Emilia y con intención de proseguir con sus obligaciones. Le costó convencerla pero lo consiguió.
    -Casilda, no te lo voy a decir dos veces, tienes que estar al lado de Emilia, no quisiera cargar sobre mi conciencia cualquier imprevisto que pudiera suceder.
    -Ya te he dicho que vendrá la hija de Pascual para echar una mano, dedícate a atender a tu hija.
    Logró vencer sus reticencias a pesar de su pertinaz insistencia. Era toda una vida la que estaba a su lado y eso le permitía tomarse ciertas licencias impensables en cualquier otra persona.
    Ahora ya había llegado la hora de la verdad y por un momento elevó al cielo sus plegarias. Rogó porque la muchacha no se arrepintiese en el último momento y todo su plan se viniese abajo.

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  25. Capítulo 26
    Todavía mantenía en su mano el hatillo cuando doña Concha despidió a su madre y regresó al interior de la casa. El golpe de la puerta al cerrarse le sonó a sentencia y un ligero temblor recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies.
    La encontró de pie en el amplio hall y se le antojó más joven y vulnerable que nunca, más no era tiempo de debilidades y la sensación de estar haciendo lo correcto dejó de lado cualquier otra consideración.
    Olió su miedo y desplegó toda su astucia para emular a una araña que tejía su telaraña de manera lenta pero continúa.
    -No te preocupes, Virginia, estás haciendo lo correcto.
    No estaba ella tan segura, ahora tenía dudas respecto a haberle ocultado la verdad a sus padres. Con total seguridad no hubieran permitido tal locura pero entonces el futuro se presentaría incierto y ante esa eventualidad prefería ofrecerles la tranquilidad que tanta falta les hacía.
    Sobre todo a su padre, verle con la incertidumbre de no poder alimentar a su familia y el temor a ser apartado como un trasto inservible fue el empujón definitivo para aceptar el trato que doña Concha le ofreció.
    -Señora...yo quisiera tener la seguridad de que ustedes cumplirán su palabra respecto a mi padre.
    Sus dudas le parecen razonables, retira de sus manos el hatillo para dejarlo sobre uno de los elegantes sillones de la entrada y la sujeta del brazo para obligarla a entrar en la biblioteca.
    Ha querido tenerlo todo perfectamente resuelto para asegurarse de la colaboración de la joven sin ningún tipo de reticencias por su parte.
    Saca una pequeña carpeta azul de uno de los cajones del escritorio y la tiende frente a ella al tiempo que la invita a sentarse al lado de una de las escasas lámparas que proporcionan luz.
    Hace escasos meses que cuentan con electricidad y sufren apagones continuos que les obligan a dosificar el consumo para no sobrecargar la endeble línea.
    Virginia abre la carpeta con manos temblorosas y acerca el documento a la luz para poder leer con detenimiento su contenido.
    Gracias al empeño de Adela, tanto ella como Gloria han podido asistir durante algunas temporadas a la escuela del pueblo y saben leer y escribir con fluidez.
    Lee una y otra vez el documento en el que tanto doña Concha como don Moisés, en calidad de dueños de La Encomienda se comprometen a preservar el trabajo y el derecho a ocupar la vivienda por parte de la familia Román.
    Alegan que el accidente sufrido por su padre en el desempeño de su trabajo les obliga a ello y así lo quieren dejar por escrito mediante documento público.
    No sabe bien lo que hacer con el documento pero doña Concha lo retira de su mano y lo introduce de nuevo en la carpeta.
    -Como ves....somos gente de palabra, en cuanto concibas a mi hijo, este documento será debidamente presentado ante notario y te será entregado cuando des a luz, nadie podrá echar de aquí a tus padres, pierde cuidado.
    Respira aliviada, al menos tendrá la seguridad de que cumplirán su palabra y los nervios parecen abandonarla cuando momentos antes la mantenían agarrotada.
    -Ven conmigo, vamos arriba.
    La sigue hasta el piso superior preguntándose por el paradero de don Moisés, no ha dado señales de vida y eso consigue alterarla de nuevo.
    Suben las grandes escaleras de mármol hasta acceder al primer piso, allí se encuentran las habitaciones de invitados y doña Concha la hace pasar a una de ellas.
    -Ésta será la habitación que ocupes tú.
    Virginia recorre lentamente la lujosa estancia, la cama de madera oscura con una mesilla a cada lado, una sólida cómoda y un espacioso armario.
    Sobre la cama se encuentra con un camisón blanco perfectamente extendido sobre la colcha.
    -Aséate en el baño, lo tienes todo preparado, cuando termines te pones este camisón y esperas mi regreso ¿de acuerdo?

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  26. Capítulo 27.
    Se queda sola en la habitación y entra al baño que se encuentra al fondo. Nunca soñó con poder utilizar la bañera de porcelana blanca que se alza sobre unas elaboradas patas de latón dorado, pero allí está, rebosante de agua y coronada de espuma.
    Se desprende lentamente de su ropa e introduce una de sus piernas para comprobar la temperatura del agua. Está tibia y finalmente sumerge el resto de su cuerpo hasta cubrirlo por completo.
    Una extraña relajación se apodera de ella y cierra los ojos en un intento por evadirse. El aroma que desprende el agua le recuerda a la fragancia de las rosas, suave y delicado.
    Se olvida por un momento del motivo real por el que se encuentra allí, disfruta de la sensación de flotar en una nube hasta que los golpes nerviosos en la puerta la devuelven a la realidad.
    Doña Concha accede alarmada al baño pero respira aliviada al encontrarla en la bañera en perfecto estado, por un momento se temió que hubiese cometido una locura.
    -¿No has terminado el baño?
    La muchacha intenta disculparse por su tardanza pero se encuentra con la mirada comprensiva de la señora que despliega una gran toalla de suave rizo y la invita a salir del agua.
    -No te preocupes, no hay prisa.
    Pero miente, la consume la impaciencia aunque se guarda muy bien de demostrarlo. Alza la toalla para que ella salga con una cierta intimidad de la bañera y envidia su cuerpo perfecto que hace muy poco dejó atrás la niñez.
    La ayuda a secarse vigorosamente para evitar el frío y abandonan juntas el baño. Virginia se pone en primer lugar el sujetador de muselina que su madre con la ayuda de Adela confeccionó para Gloria y para ella.
    Luego alcanza el camisón de la cama y lo introduce por su cabeza dejando que resbale hasta los pies. Le entrega la toalla mojada a la señora y mira alrededor buscando su hatillo de ropa.
    -¿Qué buscas?
    -Mi ropa, necesito mi ropa interior, señora.
    Consigue despertar la ternura en doña Concha con sus inocentes palabras. Comprende la ignorancia absoluta de la muchacha e intenta por todos los medios a su alcance evitarle el mal trago antes de que tenga lugar.
    -No la necesitas, niña, quiero que confíes en mí, yo te ayudaré en todo momento, estaré a tu lado.
    Y confía, encuentra en doña Concha un refugio que consigue tranquilizarla y la sigue de nuevo hasta la primera planta.
    La conduce hasta el dormitorio principal que ella visitó en alguna ocasión aprovechando la ausencia de los señores. Junto a Gloria y bajo la atenta mirada de Emilia para que no tocasen nada, las dos muchachas admiraban los delicados muebles de pan de oro y los llamativos espejos dorados.
    Ahora se encuentra en ese mismo lugar y no entiende muy bien el motivo.
    -Acuéstate y espera hasta que yo regrese de nuevo.
    Obedece, retira la gruesa colcha adamascada y se desliza entre las delicadas sábanas con un tenue olor a lavanda, cierra los ojos e intenta dejar en blanco su mente.

    Doña Cocha echa un chal sobre sus hombros y abre con sigilo la puerta principal. El fresco de la noche la obliga a tratar de abrigarse su delicada garganta y busca en la oscuridad hasta que el aromático humo la conduce hasta su marido.
    Don Moisés permanece de pie en medio del jardín con un puro fino y largo entre sus dedos. Escucha los pasos de su esposa y se vuelve en su dirección cuando llega a su lado.
    -Moisés, la chica está preparada, ya es la hora de cumplir nuestro sueño.
    El hombre no pronuncia palabra, arroja el puro a medio consumir y lo pisa con la punta del zapato hasta apagarlo por completo.
    -¿Estás segura de lo que vamos a hacer, Concha?
    La hiere con sus dudas, mil veces le ha expuesto los pasos a seguir, la perfección de su plan y su confianza en un resultado satisfactorio.

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  27. Capítulo 28
    La hiere y la ofende. Ella está dispuesta a aceptar el hijo de otra mujer por amor a él y a pasar por una humillación que la degrada como mujer.
    Pero quiere hacerlo, no entiende sus escrúpulos ni sus reservas a la hora de luchar por la felicidad de ambos.
    -Moisés.....no podemos dejar pasar esta oportunidad, nuestra única oportunidad.
    El hombre mantiene la mirada fija en el suelo, claro que tiene dudas. A lo largo de su vida ha tenido que hacer cosas de las que no se siente orgulloso pero nunca le han provocado conflictos con su conciencia.
    Ahora es distinto, una especie de pudor que consigue avergonzarlo en su fuero interno. La posibilidad de tener un hijo es el sueño de su vida y daría gran parte de lo que tiene por conseguirlo, pero el método consigue plantearle dilemas morales que no parecen afectar a su mujer.
    -Perdóname, Concha......estoy nervioso.
    Al fin lo confiesa, ellos han disfrutado desde que se casaron de una intimidad y una complicidad poco habitual para la época, lo de ahora es distinto y comprende su nerviosismo aunque lo entiende necesario para lograr sus fines.
    -No te preocupes, será algo aséptico, no tendrá nada que ver con los sentimientos.
    Se decide a seguirla e intenta atemperar sus nervios, espera en la puerta del dormitorio principal hasta que ella le indique el momento de entrar y se arrepiente de haber apagado el puro casi intacto porque ahora le ayudaría a tranquilizarse.

    Virginia escucha los pasos de doña Concha entrando en la habitación y los latidos desbocados de su corazón parecen amenazar con pararlo en cualquier momento. La penumbra apenas permite distinguir los rasgos de la persona que se sienta junto a ella a la cabecera de la cama y sujeta una de sus manos en un gesto protector.
    Minutos más tarde hace su entrada don Moisés y Virginia cierra los ojos a pesar de no distinguir más que una sombra en la oscuridad reinante.
    Si escucha el sonido provocado por la ropa al despojarse de ella y su cuerpo se tensa de forma involuntaria hasta causarle dolor.
    Se desencadena una lucha en su mente que le ordena huir de allí, otra parte más racional parece obligarla a dejarse llevar y relajar sus entumecidos músculos.
    Ya es tarde para ella, lo comprende al notar el peso de otro cuerpo que ocupa la cama a su lado y a pesar del pánico que la domina por completo, la voz de doña Concha hablándole en susurros la obliga a permanecer inmóvil.
    El contacto de unas manos sobre sus piernas le arrancan un respingo y la suave tela del camisón deslizándose hasta su cintura la dejan paralizada.
    Se siente ultrajada y sucia hasta que el lacerante dolor la hace levantar la cabeza de la almohada para ser de inmediato reducida por una enérgica doña Concha que clava sus manos como garras en sus hombros y la obligan a permanecer quieta.
    -Ssssshhhhhhh....tranquila....ya pasó.
    No recuerda el momento preciso en el que don Moisés la liberó de su torturador peso. El bloqueo de su mente fue automático y entró en una especie de delirio que le impidió ser consciente de la traumática experiencia vivida.
    Tiene vagos recuerdos de subir las escaleras acompañada de doña Concha hasta llegar a la habitación que le había sido destinada y tumbarse en la cama con la ayuda de la mujer.
    Después cerró los ojos y se abandonó al sueño que la liberase de la sensación de haber sido profanada. No quería pensar, ni recordar.......

    La luz radiante de la mañana inunda de luz la habitación e impide a la muchacha que permanece acurrucada en la cama abrir los ojos en un primer intento. Lo consigue minutos después y mira desorientada a su alrededor.

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  28. Capítulo 29
    Nada de lo que ven sus ojos le resulta familiar. Acostumbrada a dormir en un espacio reducido, la amplitud de la habitación que ocupa acentúa su sensación de desamparo.
    El inconsciente la traiciona y a pesar de haber intentado con todas sus fuerzas relegar la noche anterior a un lugar recóndito de su memoria, vuelven con fuerza las imágenes taladrando su mente hasta tener la sensación de que su cabeza fuese a estallar.
    El escozor en su bajo vientre parece haberse calmado un poco. Durante gran parte de la noche le parecía que ardía algo en su interior.
    Tardó horas en conciliar el sueño y cuando al fin lo logró, las pesadillas no le concedieron tregua a su agotada cabeza.
    No hace ademán de levantarse de la mullida cama, tampoco tiene ni idea de lo que se espera de ella y prefiere esperar acontecimientos.
    La espera es breve, minutos más tarde unos golpes suaves en la puerta anuncian la irrupción de doña Concha en la habitación llevando una bandeja con un copioso desayuno.
    -¡Buenos días, niña!
    Deja la bandeja sobre una mesa pequeña escoltada por dos coquetos sillones y se dirige hasta el balcón para retirar las cortinas en su totalidad. La luz entra a raudales indicando la llegada inminente del verano.
    Las temperaturas comienzan a ser suaves y cálidas, los días son más largos y la vida parece resurgir con mayor intensidad.
    -¡Vamos! Tienes que alimentarte bien.
    La anima para que abandone la cama y pone sobre sus hombros un chal de lana blanco para evitar que se enfríe. Se sienta frente a ella en la mesa y le sirve una generosa ración de leche acompañada de tres cucharadas de azúcar.
    También pone frente a ella un plato con pastas para acompañar la leche. La mira con atención mientras se alimenta tímidamente, su evidente juventud abre una herida en su pecho y la envidia con todas sus fuerzas.
    Es hermosa, con un cutis de porcelana y unas manos elegantes, de dedos finos y largos. Un cuerpo proporcionado y esbelto, la madre ideal para su hijo.
    -Virginia.....me gustaría hablar contigo para ponernos de acuerdo sobre los pasos a seguir. Cualquier error nos puede costar caro a las dos y es necesario actuar como si fuésemos una sola.
    No entiende muy bien lo que intenta decirle, sabe de sobra que ella no cuenta absolutamente nada a la hora de tomar decisiones y es la señora quien lleva la voz cantante.
    Consigue articular algunas palabras, titubeantes al principio y con algo más de firmeza después.
    -Yo....yo haré lo que usted diga, doña Concha. Sólo espero que cumpla su palabra respecto a mi familia.
    Eso es lo que quiere, que comprenda a la perfección el compromiso adquirido y cumpla lo pactado sin ningún género de dudas.
    Sujeta una de sus manos y la mira directamente a los ojos en un intento desesperado por anular su voluntad y plegarla de forma incondicional a sus deseos.
    -Virginia.....tú dame a mi hijo y te juro por la tumba de mis padres que cumpliré mi palabra. Tus padres y hermanos jamás serán molestados y permanecerán en La Encomienda hasta el final de sus días.
    La tranquiliza, tiene la seguridad de que cumplirá su juramento pero otras cosas la preocupan. ¿Qué pasará con ella si consigue satisfacer los deseos de doña Concha?
    -Señora....¿y si no consigo darle ese hijo?
    Sonríe ampliamente ante su inocente pregunta, reconoce que está tratando con una joven que ignora la mayoría de las cosas importantes de la vida pero ella se encargará de abrirle los ojos.
    -Lo harás, criatura, eres joven y sana, no tiene porqué haber inconvenientes.
    -¿Cuándo sería eso?
    -No hay prisa, niña, esperaremos lo necesario.

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  29. Capítulo 30
    Y la espera dio sus frutos como vaticinara doña Concha con absoluta convicción. En los primeros días de septiembre comenzó el primer retraso en el periodo de la joven que era puntual como un reloj suizo.
    A finales de ese mismo mes doña Concha comunicó a su marido que su primer hijo estaba en camino. La euforia se instaló en el matrimonio que al fin verían cumplido un sueño largamente acariciado.
    Hasta ese momento, Virginia había gozado de una cierta libertad para visitar a sus padres dos veces por semana. Bajaba hasta las Casillas y permanecía una hora en su compañía al tiempo que escuchaba las recomendaciones de su madre respecto a un correcto comportamiento con los señores.
    Le aconsejaba realizar su trabajo sin protestar y no ser perezosa a la hora de levantarse de la cama que tanto le costaba abandonar.
    Mantenía silencio la muchacha ante los consejos de su madre. No le pasaba desapercibido su nuevo estado de ánimo desde que las visitas del administrador cesaron por completo y eso era algo que le daba fuerzas para hacer frente a lo que se esperaba de ella.
    En esas visitas también pudo comprobar la actitud resentida y un tanto infantil de su inseparable Gloria. La chica parecía evitarla como si la acusara de ser responsable de su separación.
    A ella la echaba especialmente de menos y le dolía que intentase darle esquinazo en las escasas ocasiones en que le era permitido regresar a su casa.
    La reconciliación se hizo realidad una tarde de agosto y bajaba ensimismada por el camino de tierra. Esa tarde podía estar más tiempo con los suyos ante la ausencia de los señores que tenían un compromiso y no regresarían hasta pasada la media noche.
    El perro negro le salió al paso moviendo alegremente su rabo al reconocerla y ella supo que su dueña no andaría muy lejos de allí.
    Acarició con ternura la cabeza del animal y desvió su camino hasta adentrarse en unos pequeños cañizares pertenecientes a una huerta abandonada y cuya casa estaba prácticamente derruida.
    Era éste su lugar secreto de reunión desde que eran niñas y aquí habían pasado innumerables momentos de confidencias y trazando vidas futuras imaginarias una al lado de la otra.
    La encuentra tumbada boca arriba bajo la sombra de una enorme higuera y con los ojos cerrados. Se acerca con sigilo hasta el cuerpo que descansa confiado y pasa con suavidad por su cara la brizna de hierba seca provocando el consiguiente sobresalto de la joven.
    Parece que le hubiese picado un escorpión y se incorpora como un rayo a pesar de la dificultad con su pierna izquierda.
    -¡Ah, vaya! Si es la señorita Virginieta......
    Sonríe ante el apelativo cariñoso y toma asiento donde segundos antes se encontraba sesteando su amiga. La mira mientras se retira los restos de polvo que ella misma ha provocado con su abrupto despertar y observa su piel sonrosada que por el susto se ha teñido de un rojo intenso.
    No quiere que la distancia se mantenga entre ellas, no ahora que su situación es tan delicada y no tiene ni idea de los acontecimientos que le tiene reservado el destino.
    -¿Qué te pasa conmigo, Gloria?
    La muchacha mantiene un pequeño gesto de enfado en sus labios carnosos y que siempre parecen pintados con carmín. El rojo violento de su cara va bajando en intensidad aunque se mantiene como dos rosas granates en sus mejillas.
    Toma asiento a su lado teniendo buen cuidado de extender la pierna antes de hacerlo y su mirada de un verde grisáceo, inquietantemente clara se queda clavada en la suya.
    -A mí no me pasa nada, no soy yo la que me he largado.
    Le cuesta ocultarle nada, nunca hubo secretos entre ellas pero el instinto de supervivencia mantiene sellados sus labios.
    -No pude elegir, Gloria, sabes de sobra que no podía negarme al requerimiento de doña Concha.

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  30. Capítulo 31
    Se arrepiente de su comportamiento. Claro que sabe tan bien como ella la imposibilidad de negarse a cualquier orden que venga de los dueños.
    Se siente avergonzada por haber contribuido al malestar de su querida amiga y una tímida sonrisa de disculpa se esboza en su boca al tiempo que le pide repetidamente que la perdone.
    -Perdóname, Virginia....realmente sé que no tienes culpa de nada y he arremetido contra ti de manera injusta.
    No tiene nada que perdonarle, son tantas las cosas que tiene que perdonarse a sí misma.....
    -Olvídalo, Gloria, nos vamos haciendo mayores y tenemos que hacernos a la idea de que las cosas no pueden ser como eran antes.
    Una gran verdad que le está costando asimilar, ya no son niñas y la marcha de Virginia ha sido una de las primeras muestras de que la vida adulta es muy diferente a la vivida hasta ahora.
    -Ya lo sé....¿pero dónde quedaron nuestros sueños, Virginia?
    Sueños.....aventuras innumerables imaginadas desde este mismo lugar mientras descifraban las caprichosas formas de las nubes en un cielo radiantemente azul.
    Fantaseaban en las calurosas tardes de verano con poder algún día abandonar el único lugar que habían conocido y reunirse en Madrid con la añorada Pepa.
    Su marcha hacía ya cuatro años había sido su primera sensación de pérdida y todavía les dolía su ausencia.
    -Nuestros sueños todavía pueden cumplirse, Gloria.
    No lo ve ella tan claro como su amiga. Juntas tienen mucha más fuerza y separadas la pierden cada una por su lado.
    Meses de ruegos a sus respectivos padres para que las dejaran partir a la capital y reunirse con Pepa no han logrado hacerles cambiar de opinión. A pesar de la promesa de Pepa de buscarles una buena casa para servir y contar con su protección y tutela.
    Pepa tuvo mucha suerte y pudo abandonar su anodina vida gracias a la intervención de doña Concha que la recomendó a una íntima amiga suya que había quedado viuda y necesitaba una persona de confianza a su lado durante las veinticuatro horas del día.
    No se lo pensó ni dos minutos y emprendió su vida lejos de allí y sin arrepentirse en ningún momento. Tan solo le dolió dejar a su familia pero era consciente de la realidad que la rodeaba y actuó en consecuencia.
    Hermana pequeña de Lucía, quedó huérfana con apenas cinco años y bajo el cuidado de su hermana mayor. Con ella se marchó cuando contrajo matrimonio con Pascual y la ayudo a su vez a cuidar de sus sobrinos.
    Sobre todo de los niños puesto que con Virginia apenas se llevaba cuatro años de diferencia y prácticamente crecieron juntas.
    Era una joven lista y vivaz, trabajadora e inquieta que no podía mantener quietas las manos. Pronto comprendió que su futuro estaba en buscarse la vida por su cuenta.
    La naturaleza la dotó de una gran inteligencia pero la despojó de ser una mujer agraciada físicamente. De estatura baja, algo entrada en carnes y unos ojos muy juntos que le daban apariencia de bizca.
    Todo ello la llevó a la conclusión de no ser objeto de deseo por parte de los hombres y decidió no depender de ninguno de ellos para ganarse la vida.
    Vio abrirse los cielos con la oferta de doña Concha y abandonó el campo sin volver la vista atrás. Nunca se arrepintió de su decisión y a través de las cartas mensuales a su familia siempre les tuvo al corriente de su vida cómoda y sin apreturas.
    Doña Carolina Machado de Lis era una mujer extraordinaria y a su lado como dama de compañía había logrado entrar a un mundo que jamás imaginó siquiera.
    Mujer adinerada y perteneciente a la alta burguesía madrileña, no vivía de acuerdo a las convenciones sociales y pronto entendió que la muchacha que había llegado a su casa sería una parte muy importante de su vida.

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  31. Capítulo 32.
    Las dos jóvenes tenían la esperanza de que al final convenciera a sus padres para dejarlas marchar y buscarse un futuro en la ciudad. Le apenaba verlas marchitarse en un lugar tan remoto y decidió hablar seriamente con su hermana cuando les visitara unos días a finales de septiembre.
    Virginia confiaba en las dotes de persuasión de su tía Pepa para hacerlas entrar en razón. Ahora piensa que es demasiado tarde para ella y vuelve su mirada hacía Gloria que permanece tumbada con los ojos entornados a su lado.
    Ya no está enfadada, su cara relajada, feliz y algo sudorosa parece indicar escepticismo pero no muestra el gesto de mal humor de los dos últimos meses.
    Se incorpora sobre uno de sus codos y busca animar a la vitalista muchacha, se han invertido los papeles y es ella la que tiene ahora la función de arrancarle una sonrisa.
    -La tía Pepa vendrá el mes que viene, lo mismo logra hacer cambiar a tu madre de opinión.
    El entrecejo de la joven se frunce y niega vigorosamente con la cabeza. Ahora menos que nunca piensa en hacer realidad esa posibilidad.
    Se vuelve también para poder quedar frente a frente y juguetea con las piedras hasta formar un pequeño montón que corona con una margarita silvestre.
    Necesitaba este momento de confidencias con su amiga, poder exteriorizar su aburrimiento y el daño que le hace no poder contar con ella como antes.
    -Olvídate de eso....Pepa no podrá conseguir nada y menos ahora.
    -¿Por qué ahora menos?
    -Quizá si nos fuésemos las dos juntas sería posible, yo sola es imposible.
    Lleva razón, en estos momentos ella es rehén de un acuerdo que ni puede romper ni se le permitiría.
    Tiene que mantener silencio y ni siquiera puede permitir que su sagaz tía sospeche la aventura en la que se ha embarcado.
    -Bueno, esperemos su llegada, ya sabes la labia que tiene la condenada y es posible que logre convencer a tu madre.
    -¿Y tú....qué pasará contigo?
    Ella no es dueña ahora de su destino, menos que nunca y debe actuar en consecuencia. Durante noches interminables ha pedido vehementemente no darle el gusto a doña Concha y no poder concebir el hijo que ella sí confía en tener entre sus brazos.
    -No lo sé, Gloria, no puedo rechazar el trabajo en la casa, ya sabes lo delicado de la situación de mis padres.
    Lo entiende a pesar de su juventud, su padre y su hermano son dos hombres sanos y fuertes mientras el suyo tiene muy limitada su fuerza física, sus hermanos son pequeños y la situación de las dos familias es muy diferente.
    -Perdóname, Virginia. A veces olvido la realidad por mi necedad y mi egoísmo.
    Decide dar por terminada la charla con su amiga, arde en deseos de ver a su familia y no quiere regresar tarde a la casa para evitar problemas con doña Concha.
    Se pone en pie y alisa la falda de su vestido de algodón floreado sin pasarle por alto la interrogación de Gloria al mirarla.
    -¿De dónde has sacado ese vestido?
    Le averguenza confesarle la verdad, doña Concha la trata con mimo y se ha encargado de procurarle ropa ligera para combatir las altas temperaturas veraniegas.
    No se atreve a decirle directamente el cuidado con el que es atendida y la vida regalada que lleva en la casa principal.
    Le produce remordimientos a pesar de no ser una consecuencia buscada por ella. Pero es así y no quiere dar pistas a la despierta muchacha y levantar sus sospechas.
    -Lo encontré en el desván de la casa, es ropa vieja que ya no usa la señora y le pedí permiso para poder utilizarla.
    Parece convencerla la explicación y la acompaña hasta retomar el camino que conduce a las Casillas.

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  32. Capítulo 33.
    No volverá a bajar para visitar a sus padres desde esa última visita de agosto. Con la confirmación del embarazo, también su vida sufre una trasformación absoluta.
    Las atenciones de doña Concha se convierten en una posesión enfermiza y no consiente su contacto con nadie que no sea ella.
    Adelantan su viaje a Madrid que todos los años se realiza en el mes de noviembre cuando el invierno se recrudece y ordena a Casilda permanecer en La Encomienda con la excusa de tener suficiente con la ayuda de la joven y el servicio de la casa de la capital.
    Sí permitió a Lucía despedirse de su hija en su presencia y le garantizó cuidar de ella como si de su propia hija se tratara.
    Revisa los últimos detalles y da órdenes precisas a una Casilda que la sigue desconcertada por toda la casa sin entender muy bien su conducta. La conoce a la perfección e intuye un nerviosismo poco habitual en mujer tan tranquila.
    -¿Qué te pasa? llevas todo el día enfurruñada, Casilda.
    Le hace la pregunta sin dejar de repasar mentalmente la lista de enseres que debe llevarse con ella.
    -No me pasa nada, doña Concha....simplemente estoy extrañada por no viajar con usted.
    No puede culparla por sentirse así. Siempre la acompañó desde que murió su marido hace ya siete años y permaneció con ella hasta el regreso en primavera.
    -Ven....siéntate.
    La obliga a tomar asiento a su lado y trata de explicarle la situación sin entrar en profundidades.
    -Mira, ahora tienes un nieto pequeño y Emilia no puede sustituirte aquí. Necesito alguien de mi completa confianza al frente de todo esto.
    No es sincera y teme que la mujer lo vea reflejado en su cara. Nunca se preocupó de nada que no fuera su propia satisfacción y conveniencia.
    No entiende su interlocutora el motivo por el que ahora se muestra tan respetuosa con su situación familiar.
    -Yo le agradezco su confianza, doña Concha. Me limitaba a expresar mi sorpresa.
    -Pues no lo hagas....quiero comunicarte algo que ni siquiera sospechas.
    Sabía que algo ocurría pero algo en la conducta de la señora le indica que no le dirá toda la verdad. Trama algo y no está dispuesta a compartirlo con ella.
    -Estoy de nuevo embarazada.
    La noticia la mantiene clavada al asiento y la mira incrédula y preocupada.
    -Pero, señora.....el médico fue muy claro la última vez ¿por qué arriesga su vida de esta manera?
    El rictus no es de amargura como en otras ocasiones, su rostro refleja algo muy distinto que se puede calificar de seguridad.
    -Esta vez es distinto, tendré un hijo ¿te imaginas después de tantas decepciones?
    La sombra de una terrible sospecha se abre paso a través de su embotada cabeza y comprende que la señora ha llegado esta vez demasiado lejos.
    Lo sabe, por la forma en la que le hurta la mirada y la palidez de su cara, nunca pudo ocultarle nada y ahora entiende lo inútil de sus intentos por mantenerla al margen.
    Un incómodo silencio sobrevuela por el salón alumbrado tan solo por una mortecina luz otoñal.
    -¿Cómo ha podido caer tan bajo?
    Por primera vez en su vida se atreve a recriminarle una conducta que considera que ha traspasado todos los límites posibles.
    Pero la violenta reacción de doña Concha le resulta esclarecedora y le indica hasta dónde está dispuesta a llegar.
    -¡Vaya! Y lo dices tú....tú que a pesar de tu edad conseguiste tener una preciosa hija. No os importa nada lo que podemos sentir las mujeres a las que nos es negada la maternidad ¿verdad?
    Piensas que lo tengo todo....pues déjame decirte algo ¡No tengo nada, absolutamente nada!
    La explosión de furia la ha hecho levantarse como impelida por un resorte y se acerca hasta el ventanal con la respiración acelerada como buscando el aire que parece faltarle.

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  33. Capítulo 34.
    La mujer la sigue hasta el ventanal y se coloca a su lado obligándola a mostrarle su rostro demudado. Su mano se posa sobre su hombre en un gesto protector y reconoce que el tener a su hija significó su máxima felicidad.
    Lágrimas amargas caen por la mejillas ahora ruborizadas de doña Concha y se abraza a la mujer que la ha acompañado durante toda su vida.
    -Ella es joven y puede tener más hijos, Casilda, nosotros le hemos ofrecido la seguridad para su familia y la tranquilidad que tanto necesitan.
    Un trueque cruel piensa horrorizada la mujer que tiene divididos sus sentimientos. La quiere porque la vio nacer pero la conoce mejor que nadie y no se llama a engaño.
    Es egoísta y déspota, no tiene mal fondo aunque eso es algo que no tapa todo lo demás. Piensa en la muchacha casi adolescente y en el daño que le será infringido en aras de cumplir un sueño por parte de la mujer que ahora mantiene abrazada y presa de una histeria difícil de controlar.
    La acompaña de nuevo al sofá y deja que poco a poco consiga serenarse antes de intentar hacerla entrar en razón.
    Ella es ya una mujer mayor que no debería estar trabajando a pesar de gozar de buena salud. Ha vivido una vida larga y llena de felicidad a pesar de estar trabajando desde que tiene recuerdos.
    La llegada de su primer nieto le ha permitido experimentar un nuevo sentimiento y desea dejar de trabajar y ayudar a su hija a criar el niño.
    Pero intuye problemas con el descubrimiento de los planes de doña Concha y que posiblemente retrasarán los suyos.
    -Doña Concha......yo pensaba dejar de estar a su servicio, ocuparme de mi nieto y que Emilia ocupase mi lugar.
    Sus palabras consiguen hacerla reaccionar. Se aferra desesperada a su brazo y sus ojos desorbitados la llenan de temor.
    -¡No! No puedes hacerme eso...no ahora que tanto te necesito. Eres la única en quien puedo confiar.
    Lo sabe, jamás confiaría algo así a nadie que no fuese ella pero tampoco piensa plegarse a todos y cada uno de sus deseos.
    -No puedo ser cómplice de algo tan grave, doña Concha......
    No puede y no quiere, algo en su interior se rebela y su parte humilde se pone del lado de los perdedores.
    -¿Se imagina la reacción de Pascual y Lucía cuando se enteren de lo que han hecho a su hija?
    La tensa conservación es interrumpida por la llegada de Virginia que escucha sus últimas palabras y palidece víctima de la vergüenza y la impotencia.
    Doña Concha la ve en el umbral de la puerta y acorta la distancia que las separa con pasos largos y rápidos.
    Enlaza su brazo con el suyo y la conduce hasta dejarla sentada a su lado. Puede Casilda observar una admiración casi reverencial en la señora cuando su mirada se posa en la joven y un escalofrío recorre su cuerpo al comprobar que antes se dejará matar que permitir que alguien le impida ser madre al fin.
    Le apena verla tan sumisa, resignada ante lo inevitable y tan desvalida. Aducida por una personalidad más fuerte y más madura.
    Víctima de un chantaje perfectamente organizado y que no le deja margen de maniobra. Comprende que ha asimilado su suerte y la ha acomodado a la de los suyos.
    Regresa la doña Concha de siempre tras el momento de debilidad anterior y expone ante las dos los pasos a seguir a partir de ese mismo momento.
    -Casilda....Virginia está dispuesta a cumplir su parte del trato ¿qué problema ves?
    Carraspea nerviosa ante el estado de sumisión de la muchacha, totalmente anulada como persona y sometida completamente.
    -Virginia es una niña todavía.....no sabe el alcance de todo esto.

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  34. Capítulo 35.
    Virginia mantiene su silencio, ningún músculo de su cara parece tener expresión y la manera en que se aferra a doña Concha termina de convencerla de lo inútil de sus argumentos.
    Completamente sometida y sin voluntad propia, la muchacha está muerta de miedo y nada de lo que ella pueda decir cambiará el rumbo del acuerdo.
    Así lo mantiene doña Concha que con un cariñoso golpe en el brazo de la muchacha la conmina a abandonar el salón y dejarlas solas de nuevo.
    -Repasa de nuevo tu maleta, niña.
    Obedece sin poner objeción alguna, tan solo protestó cuando no le fue permitido encontrarse con su tía Pepa la semana anterior con motivo de su visita anual.
    Doña Concha se las ingenió para realizar un viaje de una semana a Salamanca con la excusa de visitar a una de sus hermanas y la llevó con ella.
    Temía a Pepa, mujer inteligente y sagaz sobre la que que ya no tenía poder alguno. Mucho se ha arrepentido de recomendarla en su día a su amiga Carolina con la que ahora forma un excelente equipo.
    Mira de nuevo a Casilda que permanece imperturbable ante lo que parecen hechos consumados y le habla con la determinación de la que siempre ha hecho gala.
    -Te pido respeto, Casilda.....nos marcharemos hoy y espero de ti la máxima fidelidad. Dejo mi casa en tus manos y pronto tu yerno será el encargado de La Encomienda ¿necesitas más pruebas de mi reconocimiento a tu persona y a tu familia?
    La sorpresa no le permite articular palabra ¿desde cuándo había pensado en su yerno para ser el encargado de la finca ? Lo tenía todo perfectamente medido para conformarlos a todos y asegurarse su adhesión. Es consciente de que la parte más débil será la que más pague en este proceso y eso le provoca una amargura especial.
    -Doña Concha....¿cómo hará para pasar por suyo el hijo que está por nacer? ¿Cree sinceramente que sus padres no se enterarán nunca?
    Medita unos segundos su respuesta y decide ponerla al corriente antes de lo programado en un principio.
    -Casilda, pasaremos el invierno en Madrid y volveremos a finales de abril como todos los años.....para entonces faltará apenas mes y medio para el nacimiento de mi hijo.
    Tú la ayudarás en el parto, de lo demás me ocupo yo y en cuanto a Lucía........no creo que ponga objeciones ante algo que no tiene remedio.
    Es un buen acuerdo para ambas partes y todos saldremos beneficiados, no tengas tantos remilgos, mujer.
    Vuelve a la carga, quiere saber muchas cosas que quedan en el tintero y a las que parece resistirse a contestar.
    -¿Cuándo se lo comunicará a sus padres? ¿Quién más estará al corriente?
    Asiente ante sus preguntas y decide encargarle la parte más complicada para ella, la de comunicar a Lucía en un principio la situación de su hija.
    -Verás....dentro de un mes aproximadamente...pondrás al corriente a su madre, que ella se encargue de decírselo a Pascual. Cuéntale el acuerdo que ha aceptado su hija y espero que no nos causen problemas ninguno de los dos.
    Así, dando por hecho que mantendrán silencio y se plegarán a todas y cada una de sus órdenes.
    -¿Y sí no están de acuerdo y denuncian los hechos?
    La carcajada le da una idea aproximada del poco temor que tienen a que tal cosa se produzca.
    -¿De verdad piensas que moverán un dedo contra nosotros? No me hagas reír, Casilda, no se encuentran en situación de poder hacer nada.
    También ella termina por aceptar la realidad y decide esperar acontecimientos. Abandona el asiento y se pone en pie con su cuerpo ligeramente arqueado.
    -Dígame en qué puedo ayudarla antes de que se marchen, tengo muchas cosas que hacer hoy.

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  35. Capítulo 36.
    Las largas agujas se mueven a un ritmo monótono pero incesante. De ellas cuelga una pequeña prenda blanca de lana y la mujer que la está tejiendo ve llegado el momento de ir poniéndole fin.
    La evaluá con la mirada y considera que ya ha tejido suficiente.
    Pide opinión a las dos señoras que la acompañan y que también tienen una labor en sus manos. Las dos consideran también suficientemente grande la prenda y dan por concluida la labor por esa tarde.
    Retira el pequeño jersey y lo deposita en un pequeño cesto de mimbre forrado de raso que tiene en una pequeña mesa a su lado.
    Hace sonar una campanilla de plata al tiempo que se mueve inquieta en su asiento y acaricia repetidamente su abultado vientre.
    -¿Para cuándo se espera el nacimiento, Concha?
    La sonrisa ocupa por completo su sonrosada cara y muestra toda la felicidad y satisfacción que su nueva situación le produce.
    No le contesta de inmediato por la llegada de una criada que acude diligente al sonido de la campanilla y le da órdenes precisas para que sirvan la merienda.
    -Usted dirá, señora.
    -Tomaremos la merienda en el invernadero, Tomasa.
    La muchacha da media vuelta y las deja solas de nuevo para dirigirse a la cocina donde ya tenía dispuesto el refrigerio esperando el momento de servirlo.
    Una mujer de mediana edad se afana por sacar brillo a unas bandejas de plata sentada frente a una mesa y levanta la cabeza al escuchar los pasos acelerados de la chica.
    -¿Dónde merendarán sus altezas, hija?
    Pasa por alto el sarcástico comentario de su madre y sujeta con fuerza la bandeja en la que ha depositado previamente un delicado servicio de té inglés.
    Desaparece por las puertas inmaculadamente blancas de la cocina para regresar instantes después y recoger otra bandeja con un amplio surtido de pastas.
    Quince minutos más tarde vuelve a aparecer de nuevo y se deja caer en la silla contigua a la que ocupa su madre.
    -Ya se han quedado merendando, un día de estos van a reventar ¡Cómo comen estas mujeres!
    -No tienen otra cosa que hacer, Tomasa.
    Sabe bien de lo que habla la mujer mayor. Toda su vida ha estado al servicio de mujeres ociosas y pudientes aunque nunca ha envidiado su vacía existencia que en muchos casos y a pesar de gozar de un estatus privilegiado, es de una total infelicidad.
    Tampoco ella puede lanzar las campanas al vuelo, un error de juventud ha condicionado su vida y la ha relegado desde entonces al descrédito social.
    Confinada en diversas casas como criada, su vida se ha desarrollado arrodillada frente a los suelos de mármol a los que sacaba brillo hasta desollarse las rodillas “ Te van a quedar más peladas que el culo de un mono, le decía su difunta madre”
    Su madre, ella mejor que nadie supo de su sacrificio y lucha para sacar a una hija como madre soltera.
    Contó con su ayuda hasta que Tomasa fue grandecita y gracias a esa ayuda pudieron permanecer juntas.
    La buena estrella le llegó en forma de empleo en la casa de los Sagasta-Bris hacía ya quince años. A partir de ese momento su vida cambió de manera significativa. Sus tareas fueron menos pesadas y pasó a encargarse de la organización de la casa durante los meses en los que los señores permanecían en la ciudad.
    El resto del año se ocupaba de mantener todo en perfecto orden y diariamente echaba una ojeada a la casa desocupada.
    Les fue cedida la buhardilla del último piso a cambio de mantener la limpieza y el cuidado de todo el edificio. Ese era su hogar y en él disfrutaban madre e hija de sus escasos momentos de descanso.

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  36. Capítulo 37
    Viven con estrecheces pero con sus necesidades básicas cubiertas. Algo que ya le parece un sueño hecho realidad después de tantas penalidades sufridas en los años anteriores.
    Le hubiese gustado poder ofrecer a su hija una vida distinta a la suya pero no ha sido posible aunque mantiene la esperanza de que todavía esté a tiempo de conseguirlo.
    Propina una palmada cariñosa en la rodilla de Tomasa para que cambie el gesto de desagrado por el exceso de trabajo. Este año se les ha duplicado la faena por la llegada precipitada de los señores y la desaforada actividad de doña Concha cuyo embarazo parece haberle imprimido nuevos bríos y no para de dar órdenes en todo el día.
    Han retirado todas las cortinas de la casa para lavarlas y colocarlas de nuevo, todos los muebles han pasado por los trapos impregnados de aceite que Arcadia maneja con maestría hasta dejarlos relucientes.
    Ya han llegado los muebles infantiles para el dormitorio del hijo que está por llegar y la plata luce en las vitrinas lanzando destellos cegadores.
    Desde que quedó viuda, Casilda había acompañado a los señores durante su estancia invernal en la capital pero este año se quedó ayudando a su hija con su nieto recién nacido.
    Años compartiendo espacio con ella habían conseguido un acercamiento entre las dos mujeres. Tienen caracteres completamente distintos que las han llevado a mantener encendidas discusiones cuando no, abiertos enfrentamientos por la forma de llevar la casa.
    Este año ha sido distinto y no siente su aliento en la nunca supervisando todas sus actividades. Es responsabilidad solo suya el mantener el orden y buen funcionamiento del hogar sin presiones de nadie.
    A excepción de doña Concha que parece estar poseída por una actividad frenética “ Es el embarazo” Le dijo ufana acariciando despacio un vientre prominente, producto de la llegada de una criatura según la señora.
    Consecuencia de un exceso de peso según la sufrida Arcadia. Y lo sabe porque ella misma la ayuda cada mañana desde hace tres meses a ponerse el artilugio que entre las dos idearon para simular una barriga de embarazada.
    Se oye nuevamente el suave sonido de la campanilla y Tomasa abandona la silla para acudir a la llamada que no admite demora. Su madre la sigue con la mirada y un velo de tristeza nubla sus ojos al pensar en la dulce jovencita que espera arriba la señal para poder regresar cuando la visita se haya marchado.
    Una especie de premonición la hizo sospechar cuando doña Concha le presentó a la muchacha allá por el mes de octubre.
    La presentó como hija de una amiga y la instaló en una de las habitaciones más alejadas de la calle. Algo en el rostro angelical y adolescente de la chica hizo activarse una alarma en su cabeza y se identificó con algo que no sabía explicar muy bien pero que le recordaba a sí misma muchos atrás.
    Sus sospechas se materializaron una fría noche de diciembre cuando Tomasa ya dormía y ella apuraba los últimos rescoldos de un viejo brasero de carbón.
    Los golpes en la puerta de la buhardilla que ocupaban consiguieron alarmarla y acudió presurosa a observar por la mirilla a la persona que golpeaba a una hora tan intempestiva.
    Doña Concha esperaba nerviosa al otro lado de la puerta y la apremió a franquearle la entrada con aspavientos ostensibles.
    -¡Maldita sea, Arcadia! Hace un frío terrible.
    Es la primera vez que la señora se digna poner un pie en la humilde vivienda que ocupan. Apenas cuarenta metros cuadrados en los que el frío se nota con especial intensidad y el calor amenaza en verano con derretir a quien ose intentar dormir en semejante horno.
    Su extrañeza se convierte en alarma cuando doña Concha deposita un papel oficial en la pequeña mesa camilla de la habitación que hace las veces de cocina-comedor y sala de estar.
    -¿Qué es ésto, doña Concha?
    No sabe leer y las letras en el papel se le antojan un jeroglífico imposible de descifrar para ella.

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  37. Capítulo 38.
    Sujeta el papel con manos temblorosas sin entender absolutamente nada hasta que la voz algo chillona de su jefa la invita a sentarse.
    Lo hace ella también en la destartalada silla, acusando el frío que no puede combatir el precario brasero.
    -¿Cómo podéis soportar el invierno, Arcadia? Necesitáis una estufa.
    Claro que la necesitan, eso y tantas otras cosas que ni se molesta en enumerarlas.
    -No sé leer, doña Concha....¿ pone en este papel?
    Le divierte la alarma que aprecia en su expresión, todo lo que se salga de lo cotidiano le provoca una gran preocupación aunque no tenga la menor importancia.
    -Vamos a dejarnos de rodeos, Arcadia.....aquí está escrito tu nombre como nueva propietaria de esta vivienda. Sé que no es nada del otro mundo pero para ti es algo que nunca te habrás atrevido ni a soñar.
    Dice bien, jamás se ha permitido ni fantasear con tener una vivienda propia, como mucho ha soñado con tener algún día una casa modesta con un alquiler asequible a sus escasos ingresos.
    -Sigo sin entenderla.....
    -Es muy fácil de entender, firma esté papel en el que figuras como dueña de la buhardilla y pasará a ser de tu propiedad, únicamente tuya y de tu hija.
    No es una noticia que provoque su entusiasmo, no se hace ilusiones a estas alturas de su vida y algo muy gordo buscan de ella para ofrecerle semejante oferta.
    -No es tan fácil, señora ¿qué quiere a cambio?
    La contrariedad frunce su ceño porque no consigue entender ciertos arranques de dignidad en gente tan humilde. Muchos escrúpulos cuando lo único que debe hacer es tomar lo que tan generosamente se le ofrece.
    -Necesito tu ayuda para conseguir un sueño largamente acariciado y ahora puedo alcanzarlo. A cambio de esa ayuda te ofrezco esta casa en propiedad.
    Inmediatamente relaciona la oferta con la muchacha que habita con ella desde hace ya casi cuatro meses. Un sexto sentido le advierte de la conexión entre las dos cosas.
    -Tiene que explicarse mejor, señora. Es usted muy generosa pero no estoy dispuesta a cualquier cosa por conseguir una casa.
    Llegados a este punto sabe que tiene que poner las cartas boca arriba y no demora más ese momento. Está cansada de simular y los plazos se van agotando con el paso de los días.
    -Bien......mi hijo no crece en mi vientre, Casilda. Virginia lo está gestando para mí. Necesito tu ayuda para ocultar ese detalle frente a los demás y tu silencio en el futuro.
    Viejos fantasmas sobrevuelan a su alrededor devolviéndola a una época oscura de su pasado y esos mismos fantasmas la ayudan a tomar su decisión. Ni por todo el oro del mundo se prestará para arrebatar un hijo a su madre.
    Retira el papel que está situado frente a ella y lo devuelve al otro lado de la mesa. No le tiembla el pulso al hacerlo.
    -Gracias, señora pero no puedo aceptar semejante trato, no si ese trato ayuda a quitarle el niño a la muchacha.
    Sabía que podía encontrarse con reservas de la mujer a la que considera seria y leal. Una lealtad que ha mantenido desde el principio y a lo largo de los años que permanece a su servicio.
    -Nadie le quitará nada, mujer.....el niño es de don Moisés y ella se prestó a tenerlo para nosotros.
    No termina de creerla, no hasta haber hablado con ella y tener la seguridad de que las cosas son tal y como las dice doña Concha.
    -Entenderá entonces que hable con la muchacha antes de prestarle mi ayuda ¿verdad?
    Ya la tiene donde quería, Virginia corroborará todo lo que le ha explicado y el proceso se llevará a cabo sin impedimentos.
    Las dudas la han asaltado durante estos meses, temía el cambio de opinión de la chica y su huida precipitada sin avisarles. La suerte se ha puesto de su parte nuevamente al sufrir el padre una apoplejía que la ha puesto definitivamente a su merced.

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  38. Capítulo 39.
    Tuvo noticias del revés sufrido en la salud de Pascual por una de las visitas mensuales que su marido realizaba a la finca. De eso ya hacía más de tres meses y en esa circunstancia vio la oportunidad de maniatar a la joven de forma definitiva.
    Permitió que viajase a La Encomienda en su compañía para que comprobase en primera persona el estado de su padre. Todavía no se le notaba un embarazo del que sólo tenían conocimiento los directamente implicados junto a Casilda y Lucía que había sido informada unos días antes de que su marido cayese enfermo.
    No le resultó fácil poner al corriente de lo que estaba sucediendo a una sufrida Lucía que todavía lamentaba la ausencia de su hija y no podía quitarse de la cabeza que le habían arrancado una parte de su cuerpo.
    Comprendió de inmediato el cambio experimentado en sus vidas y no quiso escuchar nada más. Despidió a Casilda con un lacónico “ Gracias” y salió a campo abierto. Caminó sin rumbo fijo durante varios kilómetros sin dejar de preguntarse el porqué de tanta desventura.
    Volvió sobre sus pasos sin encontrar respuesta a ninguna de sus preguntas y llegó de nuevo hasta la casa que ocupaba desde que contrajese matrimonio hacía ya dieciocho años.
    La boca del pozo se le presenta tentadora y asomada en el brocal piensa en lo sencillo que sería sumergirse en su inquietante oscuridad y olvidar....olvidar la desdicha que la persigue como un pertinaz mal de ojo que parece no querer darle tregua a pesar de sus súplicas.
    Su hija, su hermosa y tierna niña. La amó sin medida desde el mismo día de su nacimiento y ahora se la han arrebatado aprovechándose de la precaria situación familiar.
    Aleja de su cabeza la tentación que el oscuro fondo del pozo le ofrece y piensa en su hermana Pepa.
    Ya puso el grito en el cielo cuando les visitó a finales de verano y no encontró allí a su sobrina. Le recriminó que no la hubiese puesto al corriente mediante una carta de las intenciones de doña Concha de ponerla a su servicio.
    Ahora no quiere ni imaginarse el escándalo que montará cuando se entere de los verdaderos motivos que están detrás de las al parecer buenas intenciones de la señora.
    Golpea con fuerza una de sus piernas maldiciéndose por haber sido tan estúpida. Por no haber sabido proteger a su hija de las garras de esa hiena carroñera.
    Limpia con furia sus ojos llorosos y se recompone al ver la figura renqueante de Pascual caminando a lo lejos. Acorta la distancia que los separa y sale a su encuentro con las palabras quemándole los labios por poder expresar toda la indignación que amenaza con hacer estallar su pecho.
    -¿Pasa algo?
    La voz pausada de su marido al llegar a su lado denota preocupación. Se acentúa la sensación que la persigue últimamente por la salud de Pascual y le ofrece una sonrisa tranquilizadora al tiempo que se apoya en su brazo sano y comienzan a caminar uno al lado del otro.
    -No....te vi y pensé en acompañarte ¿no te apetece?
    Claro que le apetece, gracias a ella encuentra cada día un motivo para seguir luchando contra sus limitaciones físicas.
    -No digas tonterías, mujer, claro que me gusta que salgas a recibirme.
    Acomoda su paso al suyo que encuentra algo cansino y calla la noticia que unas horas antes trastocó su ya de por sí precaria tranquilidad.
    -Habéis terminado temprano ¿no?
    Lo escucha tragar saliva y detiene sus pasos para escrutar con atención la cara cansada de su marido. No le gusta lo que ve, una tensión poco habitual en él la pone sobre aviso.
    -No me encuentro bien, Lucía, no sé qué demonios me pasa pero me faltan las fuerzas desde hace unos días.
    Un sudor frío recorre su cuerpo porque si pensó que no podían pasarles más desgracias, la cruda realidad se impone sin previo aviso.
    Dos días más tarde supo que algo iba definitivamente mal. Pascual no pudo levantarse de la cama esa mañana y amaneció en un estado de semi inconsciencia, su boca se había torcido hacía el lado izquierdo.

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  39. Capítulo 40
    Se alegró de no haberlo puesto al corriente de lo que sucedía con su hija. Supo que algo le ocurría al acudir a su encuentro dos días atrás y mantuvo su boca sellada a la espera de acontecimientos.
    También desechó la idea inicial de mandar una carta a su hermana Pepa para ponerla en antecedentes.
    Lo más importante era la salud de Pascual y no le causó extrañeza alguna la visita de don Moisés al visitar la finca y enterarse del estado de su marido.
    Acudió en medio de una pertinaz lluvia y fue esa la primera vez que ponía un pie en la humilde vivienda. Ella tenía la seguridad de que su visita era interesada y de no darse las circunstancias tan especiales en las que se encontraba su hija. El dueño de esas tierras no se hubiese tomado ni la molestia de preguntar por su estado.
    Pero allí estaba, impecablemente vestido en el quicio de la puerta y pidiendo permiso para entrar.
    Permiso que le concede y lo invita a pasar al interior y le indica una silla al lado de la lumbre que crepita con fuerza en la chimenea.
    Puede observar su traje mojado y le pide la chaqueta que él se quita para que la ponga sobre el respaldo de otra silla que acerca al fuego para que se seque.
    Su sangre parece hervir a borbotones al comprobar la seguridad que demuestra, le gustaría gritarle su desesperación y sin embargo se limita a preguntar con temor algo que necesita saber.
    -¿Cómo está mi hija, don Moisés?
    Únicamente lo verá titubear en ese momento, carraspea por lo inesperado de la pregunta y aclara nervioso la voz antes de contestar.
    -Está bien, Lucía.....no tienes nada por lo que preocuparte.
    No quiere insistir, atiza el fuego sentada frente a él y espera a que comience a hablar.
    -Me enteré de lo de Pascual y quise venir para ponerme a vuestra disposición. Cualquier cosa que necesitéis, he dado instrucciones a Santiago para que traiga a un médico que pueda arrojar luz sobre su enfermedad.
    Sonríe amargamente y prefiere mantener la cabeza agachada, no quiere enfrentar su mirada pero algo en su interior le impide darle las gracias efusivamente. Demasiado bien se cobrarán el favor y no puede pasarlo por alto.
    -Se lo agradezco, don Moisés, el de Pascual es delicadao y como puede comprender no contamos con los medios necesarios para procurarle un médico.
    También quisiera saber cual será nuestra situación a partir de ahora.
    Lo ve mover las manos pidiéndole calma y agradece que sus hijos no estén en la casa porque se los llevó Adela para evitar el bullicio que podía molestar a su padre.
    -Por eso no tienes que preocuparte, yo me encargaré de todo lo que podáis necesitar. En cuanto a vuestra situación.....seguirá como hasta ahora, Pascual recibirá su jornal aunque no pueda volver a trabajar.
    La amenaza velada espolea la indignación que hasta ese momento había mantenido prudentemente reprimida y su lengua parece un afilado estilete cuando regresa de cerrar la puerta del cuarto donde permanece su marido postrado en la cama.
    No quiere que nada llegue a sus oídos aunque duda que esté en condiciones de comprender nada de lo que ocurre a su alrededor.
    Ocupa de nuevo su lugar frente al hombre que permanece al calor de la lumbre y ahora sí enfrenta su mirada para que la escuche con atención.
    -No nos vamos a andar con rodeos, don Moisés.......Casilda me ha puesto al corriente de lo que ha sucedido con mi hija y quiero poner las cosas en su lugar.
    Una lividez cadavérica cubre la cara masculina al escuchar el tono de voz de la mujer que tiene frente a él e intenta hacer valer su superioridad con una categórica respuesta.
    -No creo que en vuestra actual situación podáis poner muchos reparos.
    No le deja continuar, intenta no alzar la voz pero su mensaje es claro cuando su boca comienza a escupir todo el veneno acumulado durante estos días.

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  40. Capítulo 41.
    -¿Cómo consiguieron que mi hija permitiese que usted pusiera sus sucias manos sobre ella? ¿La amenazaron con echarnos de aquí?
    No le responde, permanece con la cabeza agachada y las reservas que el plan de su mujer despertó en su interior parecen asaltarlo de nuevo.
    Pero no duran mucho, debe reconocer que al tener la confirmación de que un hijo suyo vivía en el seno de una mujer y tenía posibilidades de hacerse realidad, los remordimientos fueron dando paso a una ilusión que se acrecenta con cada día que pasa.
    Está dispuesto a escuchar a la mujer que le recrimina con furia desatada y piensa en los beneficios que también ellos conseguirán.
    -Lucía.....posiblemente no fuese la manera más correcta de actuar pero debes entendernos también a nosotros.
    -¿Entender? No me haga reír, don Moisés, se han aprovechado de nuestra desdicha y han abusado de una pobre criatura que es un trozo de pan.
    Lo sabe, posiblemente sea ese el episodio que más remordimientos le ha provocado. La inocencia de la madre de su futuro hijo y su callada respuesta al abuso sufrido despertaron un malestar que lo persigue en forma de pesadillas nocturnas y a las que no pueden sustraerse.
    Tiene la necesidad de justificarse ante su madre, intentar que el dolor sea más llevadero.
    -Puede ser que no actuásemos de manera correcta y lo lamento, ahora es tarde para lamentarse y quiero compensaros. Podréis vivir con tranquilidad.
    Tranquilidad, no cree que vuelva a experimentar nada que se parezca ni de lejos a una vida tranquila. Han sido tratados como ganado que se puede exprimir y después vender, precisamente ahora están en una situación límite y ella lo sabe, sólo le queda el derecho a la pataleta.
    -Bien, quiero que sepa el asco que me producen usted y su mujer, de no haber sido por la enfermedad de Pascual le puedo asegurar que no se saldrían con la suya.
    Nos hubiésemos marchado de aquí y ustedes habrían tenido que buscar a su hijo en otra parte.
    Duras sus palabras pero no tiene dudas de que las hubiera hecho realidad. No esperaba una reacción tan virulenta por su parte y comprende la suerte que han tenido con la enfermedad de su marido.
    -Piénsalo bien...creo que Pascual necesitará de atenciones médicas y unos cuidados específicos ¿de qué viviríais?
    Y por eso mismo no lo echa con cajas destempladas y recogen sus escasas pertenencias y se marchan de allí sin volver la cabeza atrás. Considera que no hay nada más que decir y se levanta de la silla al tiempo que le alarga su chaqueta que ya ha perdido la humedad.
    La recoge de sus manos y ni siquiera le pide ver a su marido, se dirige a la puerta y de nuevo intenta hacer hincapié en su disposición para todo lo que sea necesario.
    -Mañana vendrá un médico para visitar a Pascual.....
    -Quiero ver a mi hija.
    -¿Qué?
    -Me ha oído perfectamente, quiero que me traiga a mi hija y que pueda ver a su padre.
    No puesde creerse lo que está escuchando, creyó que estaba todo claro y se encuentra con una exigencia de difícil cumplimiento por su parte.
    -Lucía...no tenses mucho la cuerda, estás agotando mi paciencia, sabes que eso no es posible.
    Ella entiende lo contrario, necesita desesperadamente volver a ver a su hija y hablar con ella. Llegados a ese punto cree imprescindible suavizar su tono y hacerle entender que la visita al padre les resultará beneficioso a ellos.
    -No quiero causarle ningún trastorno, don Moisés....Virginia debe ver a su padre y así estará más tranquila sabiendo que está perfectamente atendido. Es lo mejor para todos, piénselo.
    Recapacita, todavía no se le nota el embarazo y nadie tiene porqué enterarse de nada. También resultará bueno para su estado saber que su padre está en buenas manos y que su sacrificio está justificado.
    -Tienes razón... puede que sea lo mejor pero te rogaría que también tú pusieras de tu parte para tranquilizar a tu hija.

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  41. Capítulo 42.
    Y cumplió su promesa. Su hija llegó a la semana siguiente acompañada por el matrimonio, escoltada por los dos, uno a cada lado y su madre tuvo la visión de dos buitres carroñeros que se turnaban para cuidar su nido.
    Don Moisés preguntó por el enfermo y las dejó solas pero doña Concha permaneció tenazmente al lado de la muchacha sin permitir que la distancia que las separaba aumentase más de un metro.
    Lucía abrazó a su hija y le impidió que sus sollozos subiesen en intensidad, sujetó su cara entre sus manos y sostuvo su mirada limpia con la determinación que da la experiencia.
    -No quiero que llores, tu padre está mejorando y el médico nos ha dicho que ha sido un ataque leve, saldremos adelante.
    Llora por su padre, sí, pero también llora al saber que su madre ya está al corriente de lo que ha hecho. Siente vergüenza por tener que enfrentar las consecuencias de sus actos y cree haber mancillado el honor de la familia.
    La conduce cogida del brazo hasta el cuarto e ignora deliberadamente a la mujer observa la escena sin pestañear.
    Su padre se encuentra recostado en la cama de matrimonio y sus ojos experimentan una gran alegría al ver entrar a su hija. Tiene dificultades para articular las palabras a pesar de la recuperación visible de su boca que poco a poco va regresando a la normalidad.
    No fue un ataque muy fuerte según el médico que le atendió pero le dejará secuelas de por vida. A su maltrecho brazo se unirá a partir de ahora la parálisis de la pierna y él ya tiene la seguridad de tener una calidad de vida precaria y unos movimientos muy limitados.
    Se acerca al pie de la cama y da gracias a dios por encontrarlo más recuperado, tuvo la angustiosa sensación de no volver a verlo y puede comprobar que sus ruegos han sido escuchados.
    -¿Cómo estás, padre?
    Pascual sujeta las manos de su hija y la mira con emoción, siempre fue su debilidad y su marcha le llenó de amargura e impotencia.
    Ahora la tiene a su lado y la esperanza se abre paso al mismo paso que su mejoría es más palpable.
    -Estoy mejor.....no...no te preocupes...
    Experimenta la joven una extraña fuerza. Se avergüenza de los pensamientos que han atosigado su mente desde que llegara a Madrid y sabe que no puede permitírselo, no, viendo la situación de su familia.
    Se fue fraguando en su cabeza la idea de huir de la cárcel sin barrotes en la que estaba presa y no entregar al hijo que crecía en sus entrañas.
    Sabía lo que de traición había en esa decisión, traición a los suyos porque a los señores no creía deberles lealtad alguna.
    Ahora sabe que es una quimera y su lealtad está al pie de esa cama sobre la que está arrodillada. No quiere cansar a su padre y se despide de él para regresar a la pequeña cocina seguida de su madre unos pasos atrás.
    -¿Ya podemos irnos, Virginia?
    La voz seca y apremiante de doña Concha resuena a su espalda y es en ese momento cuando su madre se dirige a ella por primera vez.
    -Mi hija se queda aquí hasta su regreso a Madrid, señora.
    La sorpresa se dibuja en su cara y la incredulidad cede paso a un enrojecimiento de sus mejillas. La determinación en la voz de la mujer ha activado una alarma en su cabeza que le exige precaución y mesura.
    No contaba con su rebelión y comprueba que pisa una fina línea que no debe traspasar. Evalúa la situación y decide no presionar más.
    -Está bien, Lucia pero te recuerdo que pasado mañana nos vamos.
    -No se preocupe, regresará con ustedes....no por mi voluntad, que quede claro pero no tenemos otro remedio.
    Ahí la quería ver, reconociendo la realidad, lanza un suspiro involuntario de alivio y abandona la casa.

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  42. Capítulo 43.
    Lucía cierra la puerta a su espalda sin molestarse en esperar a perder de vista a la señora como la cortesía obliga.
    Agarra a su hija de la mano y la conduce hasta la chimenea. El mes de diciembre está resultando menos frío que otros años como resultado de unas lluvias poco habituales pero aún así es necesario permanecer cerca del fuego.
    Se asegura de haber cerrado la puerta del cuarto y comienza a hablar en voz apenas audible y que obliga a Virginia a permanecer muy cerca de su madre para entender sus palabras.
    -¡Gracias a dios, hija! No las tenía yo todas conmigo de que cumpliera su palabra don Moisés y te permitiese venir a ver a tu padre.
    Por el sigilo de su madre y sus nerviosas miradas al cuarto de matrimonio. Virginia sospecha de la ignorancia de su padre en el asunto.
    -¿No sabe nada mi padre?
    La mujer se lleva la punta de los dedos a la frente y se santigua con celeridad antes de contestar a su pregunta.
    -¡No! Bastante tiene el pobre encima como para añadirle más penitencia. Además.....me enteré hace apenas veinte días de lo ocurrido y ya tu padre no estaba muy católico, menos mal que mantuve la boca cerrada porque de haberle contado algo, segura estoy de que lo habría rematado.
    Puede observar la joven más sosiego en la actitud de su madre y agradece su intento por contarle las cosas con algo de humor para quitarle hierro al asunto.
    Siempre fue una mujer con un gran sentido del humor que las últimas circunstancias se habían encargado de hacer desaparecer.
    Pero la recuerda con esa chispa que la convertía en una mujer positiva, una mujer que encaraba la vida viendo siempre el lado positivo de las cosas. Rasgo compartido por su tía Pepa y que tan buenos momentos le hizo pasar en otro tiempo.
    El accidente de su padre y la marcha de la hermana sacaron a la superficie a una mujer amargada y melancólica encerrando a la otra Lucía en un lugar al que ya nadie tenía acceso.
    Ahora ha podido ver un fogonazo fugaz de su antigua personalidad y su corazón brinca gozoso en su pecho porque todavía les queda algo de esperanza.
    -Es mejor que no se entere, madre, sólo servirá para hacerle sufrir más......
    La tiene delante y apenas reconoce a la niña que se marchó tres meses atrás. La mujer que tiene frente a sí ha perdido buena parte de su inocencia y ha madurado de una forma palpable.
    -¿Cómo te tratan este par de Sarracenos, hija?
    Formula la pregunta al mismo tiempo que su mano se posa con suavidad en la incipiente barriga de su hija bajo la gruesa chaqueta de lana. Simplemente ha perdido la forma de su cintura a punto de cumplir su cuarto mes de embarazo.
    -Me tratan bien,madre, como a una reina se puede decir.....
    Consigue con gran esfuerzo por su parte no exteriorizar la furia que la consume. No será ella la que añada sufrimiento a su hija, al contrario, prefiere tranquilizarla ante los hechos consumados y que no tienen vuelta atrás.
    -Lo siento mucho, hija....cuando Casilda me puso al corriente pensé en hablar con tu padre y marcharnos de aquí, buscarnos la vida en otra parte y criar al niño nosotros.....
    Virginia sujeta la mano de su madre que solloza en silencio y toma una decisión inapelable y que formará parte del camino que decidirá su futuro.
    -No llores, no podemos permitirnos el lujo de estar lamentándonos, madre. Este niño nacerá y nosotros seguiremos con nuestras vidas, ellos cumplirán su palabra y al menos no nos faltará un techo y el pan.
    Prefiere no preguntarle sobre el precio que ella deberá pagar, no decirle en este momento lo que significará desprenderse de un hijo que será una herida abierta en su corazón hasta el final de sus días.
    -No te preocupes.....ahora estoy más tranquila.

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  43. Capítulo 44.
    Al día siguiente se despidió de sus padres y hermanos y regresó a Madrid. Con Gloria apenas pudo tener un breve encuentro que la prudencia aconsejó corto.
    Pero sabían la una de la otra por medio de las cartas que doña Cocha supervisaba personalmente antes de entregárselas a la muchacha.
    También leía las que ella le enviaba a la amiga antes de dar su conformidad a Tomasa para llevarlas al correo.
    La rutina regresó a su vida y el invierno fue pasando ante sus ojos al tiempo que su vientre aumentaba el volumen de manera visible.
    A partir del cuarto mes tuvo consciencia de la vida que se desarrollaba en su interior y por las noches fantaseaba con el milagro que hiciese posible frustrar la entrega de la criatura.
    Pero el milagro no llegó y un mes antes de la fecha estimada para dar a luz comenzaron los preparativos para regresar a La Encomienda con la primavera en puertas.
    Arcadia habló con ella tal y como había prometido a doña Concha que haría. Se aseguró de que la pantomima que tenía que poner en escena para ayudar a la señora a simular un embarazo contaba con la aprobación de la muchacha.
    Comprobó con tristeza la determinación de la joven a entregar a su hijo y no hizo más preguntas. Ideó gracias a sus conocimientos de costura una especie de barriga artificial a la que iba añadiendo volumen conforme avanzaban los meses y todas las mañanas ayudaba a doña Concha a sujetarla a su cuerpo mediante unas correas de tela.
    Fue una de esas mañanas, cuando ataba y sujetaba la falsa barriga cuando pudo comprobar hasta donde estaba dispuesta a llegar la mujer que permanecía quieta mientras ella daba los últimos toques y aseguraba un vientre equivalente a siete meses y medio de embarazo.
    De uno de los voluminosos pechos surgía una mancha blanquecina que empapaba la ropa de la señora. La extrañeza de la criada no le pasó desapercibida y lejos de expresar contrariedad, su cara se llenó con una sonrisa teñida de orgullo.
    El último embarazo malogrado había llegado casi a los seis meses de gestación, fue el más prolongado y el que más esperanza les hizo abrigar.
    El parto prematuro tuvo como resultado un niño muerto pero esa misma noche la leche comenzó a manar de su pecho hundiéndola en la más absoluta de las miserias.
    Compulsivamente empezó a extraer la leche con un aparato destinado a tal fin y así continuaba hasta el día de hoy a la espera de la criatura para la que estaba destinada la leche que con mimo extraía hasta tres veces y luego derramaba pero ya sin tristeza, esperando, siempre esperando.
    -No pasa nada, Arcadia......he mantenido la leche desde el último parto para poder alimentar a mi hijo.
    La mujer se limita a desatar nuevamente la barriga postiza y esperar a que la señora se quite la ropa manchada de leche. Así llevan actuando desde hacía ya tres meses y la farsa tan bien ideada está dando unos resultados extraordinarios.
    Las amistades esperaban con ansia este nuevo embarazo que ya había traspasado el fatídico umbral de los seis meses y ahora sí tenían la seguridad de asistir al nacimiento de un niño sano.
    Abandonaron Madrid el día dos de mayo al amparo de la noche y llegaron a la finca cuando todavía no había amanecido.
    Nadie fue testigo de su llegada y Virginia volvió a ocupar la habitación del piso superior en la que permanecería confinada hasta el momento mismo del parto.
    Doña Concha paseó por el campo su voluminosa barriga con la excusa del consejo médico para facilitar la circulación de sus piernas. Orgullosa se pavoneaba ante las numerosas visitas que se acercaban para expresarles sus parabienes.
    Casilda regresó a la casa para ya no abandonarla y estar disponible las veinticuatro horas en previsión de un adelanto en el alumbramiento.
    Pero ese adelanto no se produjo y la madrugada del ocho de junio nació el pequeño Moisés con la ayuda de Casilda y una histérica doña Concha.

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  44. Capítulo 45.
    Fue un parto largo que comenzó alrededor de las once de la noche y culminó cuando las primeras luces del alba hacían retirarse las sombras de la noche.
    Virginia supo entonces el significado de parir un hijo, el dolor insoportable que amenazaba con partir su cuerpo en dos. Cayó en un estado de semi inconsciencia una vez hubo terminado todo y apenas pudo escuchar el llanto quedo de su hijo antes de caer en la inconsciencia total.
    Nada más nacer el pequeño, Casilda lo mostró por un instante a doña Concha que permanecía paralizada y procedió a su aseo antes de vestirlo y envolverlo en una suave toca de lana.
    Pidió a la señora que se sentara y lo puso sobre su regazo, ya se había desprendido de la barriga postiza y lo cogió de sus manos acercándolo con cuidado a su pecho.
    El contacto fue suficiente para que la leche comenzase a manar incontrolable y su cara se trasfiguró en algo que la humanizó por primera vez a los ojos de su fiel criada.
    Supo entonces la mujer que antes se dejaría matar que renunciar a un hijo que consideraba suyo desde antes de ser concebido. Un hijo para el que ha estado guardando el alimento durante meses y al que protegerá con su propia vida.
    Echa un vistazo a la muchacha que descansa en la cama pálida y extenuada, ha sido valiente a pesar de su juventud pero aún necesita que se la asee a ella.
    Abre la puerta que ha permanecido cerrada durante casi toda la noche y franquea el paso a don Moisés. También en su rostro se puede apreciar la huella de una noche de insomnio y la tensión es palpable al entrar al interior de la habitación.
    Apenas dedica una mirada a la joven que permanece en la cama pero sus ojos sí se empapan de la imagen del niño en los brazos de su mujer.
    Un escalofrío sacude su cuerpo cuando ella se lo muestra y agradece su tesón. Un tesón que ha permitido que puedan tener hoy la dicha de tener al fin un hijo.
    Casilda cree llegado el momento de poner orden y su voz suena despacio y baja para darles instrucciones.
    -Don Moisés, acérquese a las Casillas y pida a Lucía que suba en cuanto pueda. Y usted, señora.....acompáñeme abajo y métase en la cama.
    El señor enarca las cejas ante su petición e intercambia una mirada confundida con su mujer que a su vez se la devuelve en silencio.
    -¿Qué tiene Lucía que hacer aquí, Casilda?
    Deja las sábanas manchadas de sangre en el suelo y se vuelve para encararse por primera vez al dueño de la casa. No hay titubeos en su voz, al contrario, una determinación que nace de lo más profundo de su ser.
    -Mire....don Moisés, voy a ser clara de una vez por todas. He participado de una acción con la que no estoy de acuerdo en absoluto y ahora soy yo la que voy a poner orden en todo esto.
    Doña Concha y el niño se van a su dormitorio, pronto correrá la noticia y la gente vendrá a interesarse por la madre y el recién nacido.
    -En vez de andarse con reproches, lo que tiene que hacer usted es ocuparse de dar cuenta del nacimiento de su hijo y de inscribirlo en el registro. De los demás pormenores domésticos me ocupó yo.
    -Virginia debe tener a su madre aquí, necesita atenciones y cuidados y yo tengo que ponerme al frente de la casa y las visitas que no dude usted que llegarán más pronto que tarde.
    Parece entender al fin y ayuda a su mujer a levantarse con el niño en brazos. La acompaña hasta el piso inferior y recibe a la criatura por primera vez.
    Recorre su carita perfecta con una mirada hipnótica y comienza a llorar. Un llanto silencioso al que se une el de su mujer que se abraza a su espalda y reclina la cabeza sobre su hombro. Lloran los dos.
    La pareja permanece abrazada durante unos minutos interminables. El niño permanece tranquilo entre los dos cuando la luz del día entra radiante anunciando la llegada de la primavera.

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  45. Capítulo 46.
    Los días posteriores al parto son los que más le cuesta recordar. Una nebulosa parece decidida a no permitirle recordar con claridad.
    Virginia abandonó la casa principal tres días después del nacimiento de su hijo y se trasladó a las Casillas para ser atendida por su madre. Su debilidad era patente y ante las preguntas del padre no tuvieron más remedio que mentirle y atribuir su estado a unas fiebres contraídas de forma repentina.
    Supo Pascual de la llegada de un hijo vivo a la familia de los dueños porque esa fue la excusa que Lucía le dio para explicar la presencia de su hija en la casa.
    “ Tienen miedo por el niño, Pascual, hasta que la muchacha no esté totalmente recuperada no volverá por allí”
    No experimenta la mujer ningún tipo de remordimientos por mentir a su marido y prefiere mantenerlo en la ignorancia hasta que cuente con más fuerzas. Posiblemente nunca se atreva a confesar la verdad, una verdad que la avergüenza pero que ha tenido que tragarse dadas las especiales circunstancias.
    Especial preocupación siente por su hija a la que el parto ha dejado extremadamente débil. Pero más le preocupa la ausencia de expresión en su cara, las ojeras moradas bajo sus ojos y su negativa a comentar cualquier detalle que tenga que ver con el niño.
    La señora fue clara al respecto y la mandó llamar la misma tarde del nacimiento de su nieto y después de haber atendido a su hija.
    La encontró recostada sobre unas almohadas en la cama de la habitación de matrimonio. Vestida con un elegante camisón plagado de puntillas y una bata a juego que daban la impresión de querer sumergirla entre tanto adorno.
    Amamantaba al pequeño y al verla entrar tapó intencionadamente la cabeza al niño ocultándolo a la avidez de su mirada. No la invito a sentarse ni dejó que diera un paso más para aproximarse a la cama.
    -Te he mandado llamar para dejar las cosas claras de una vez por todas, Lucía. En cuanto tu hija se pueda incorporar quiero que te la lleves a tu casa, huelga decir que no quiero que vuelva a poner un pie aquí.
    Nosotros hemos cumplido nuestra palabra y ahora os toca a vosotros cumplir la vuestra. El jornal de tu marido os será entregado puntualmente y podréis seguir viviendo en Las Casillas. Creo que es un trato justo ¿no te parece?
    Parece haber dado por terminada la conversación y con una mano le ordena marcharse al tiempo que retira al niño de su pecho.
    Lucía permanece inmóvil todavía impresionada por la escena que acaba de presenciar. Se pregunta cómo demonios ha conseguido conservar la leche todos estos meses y ahora tiene la certeza de que comenzó a tejer su tela mucho antes de lo que imaginaba.
    -¿A qué esperas para salir de aquí? Creo que ya está todo dicho.
    La mujer no parece haber escuchado sus palabras y avanza hasta situarse a un lado de la cama, tiende sus brazos para coger al niño ante la desorbitada mirada de doña Concha.
    -¿Te has vuelto loca? Sal de aquí antes de que me ponga a gritar y acuda mi marido.
    No consigue amedrentarla con su amenaza y persiste en su intención de coger al niño al tiempo que masculla entre dientes toda la ira que la domina.
    -Adelante, pida auxilio y ya veremos quién grita más fuerte de las dos, no me obligue a salir y pregonar a los cuatro vientos quien es la verdadera madre de ese niño ¡déjeme conocer a mi nieto!
    Su tono imperativo consigue amilanarla y se encoge en la cama sujetando con fuerza el pequeño envoltorio. Algo en la mirada de Lucía parece hacerla cambiar de opinión y extiende los brazos en su dirección hasta que ella sujeta al pequeño y lo acuna con destreza en el hueco de su brazo.
    Avanza unos pasos hasta situarse al lado de la ventana y descubre la carita sonrosada y redonda de su primer nieto.
    El niño mantiene los ojos cerrados pero puede apreciar sus espesas pestañas negras como el azabache. Una amplia sonrisa se dibuja en sus labios al apreciar con claridad el pequeño lunar en la comisura de su boquita.

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  46. Capítulo 47.
    Doña Concha contiene la respiración en tanto Lucía dedica tiernos gestos de amor al recién nacido. La ve aspirar su olor con los ojos fuertemente apretados y un rictus crispado en su rostro que poco a poco se va relajando hasta llenarse de serenidad. La misma serenidad con la que le devuelve el niño con sumo cuidado.
    La señora lo recibe de nuevo entre sus brazos dormido profundamente y un suspiro de alivio escapa de su garganta.
    Lucía le lanza una última mirada y abandona el dormitorio sin volver la cabeza una sola vez. Se encuentra con don Moisés al poner el pie en el primer escalón para subir a la habitación de su hija pero la gélida voz del hombre la detiene impidiéndole continuar su camino.
    -¿Ya has hablado con mi mujer?
    Se vuelve un tanto preocupada por el tono lleno de soberbia y se enfrenta decidida a cantarle las cuarenta como ya hiciera con su mujer.
    -Ya he hablado con ella, sí, también he conocido a mi nieto.
    No esperaba la violenta reacción por su parte que la coge desprevenida por su virulencia.
    -¡Escúchame! Y quiero que lo hagas con atención porque será la única oportunidad que tendrás a partir de este momento.
    Vengo de inscribir a mi hijo en el registro civil, aquí tengo el documento que lo atestigua. También tengo el certificado del médico que ha corroborado el parto de mi mujer.
    Quiero que te lleves a tu hija de mi casa en cuanto sea posible y no pongas a prueba mi paciencia, Lucía. He oído el tono con el que has hablado a la señora y tus amenazas.
    Si vuelvo a escucharte la más mínima alusión a la filiación de mi hijo, abandonarás La Encomienda junto a tu familia y te denunciaré por difamar mi nombre, quedas advertida.
    Un sudor frío recorre su espina dorsal ante la amenaza claramente expresada y mantiene silencio , un silencio que ahora sabe que jamás debió romper.
    Hace ademán de continuar su camino dándole la espalda pero su colérica voz la hace detenerse de nuevo.
    -¡No me has dicho si te ha quedado claro lo que acabo de decirte!
    Asiente con la cabeza tragándose la bilis que sube desde su estómago a su garganta y musitando un apenas perceptible “Sí”
    Trascurren dos días hasta que la reciente madre puede abandonar la cama y caminar por su propio pie. Abandonan la casa principal con la misma sensación, la de dejar un pedazo de ellas mismas en aquel lugar y no poder hacer nada para evitarlo.
    Lucía trata por todos los medios a su alcance de alimentar a su hija en un intento desesperado por devolverle el color a su cara macilenta y sin vida.
    Una sombra de tristeza parece estar siempre presente en sus hermosos ojos y no ha vuelto a ver su sonrisa franca iluminar sus delicados rasgos.
    Consigue a duras penas hacerla ingerir nutritivos caldos de gallina cocinados a fuego lento y lentamente vuelve a ser la joven saludable que siempre fue.
    Sus mejillas adquieren un suave color rosado y las fuerzas regresan a un cuerpo que a un mes de haber dado a luz comienza a recuperar la silueta.
    Sin embargo ya no es la misma de antes, algo se ha roto en su interior y su madre tiene la dolorosa certeza de que jamás podrá recomponer los pedazos a los que ha quedado reducida su existencia.
    Huye de la compañía de Gloria y esa circunstancia abre una brecha entre las dos a pesar de las justificaciones de Lucía achacando su actitud a que está mal de los nervios.
    La visita de doña Concha dos meses más tarde cambiará su vida de forma definitiva. Viene con una propuesta que no admite discusión y no es otra cosa que su abandono definitivo de La Encomienda.
    No la quiere cerca de su hijo y le lleva una carta de recomendación junto a una cantidad de dinero para emprender viaje a Madrid.
    Don Moisés le ha buscado un trabajo como doncella en la casa de unos conocidos en la capital y su cometido consistirá en ocuparse del cuidado de una viuda impedida.

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  47. Capitulo 48
    El verano de 1955 daba sus últimos coletazos cuando Virginia abandonó La Encomienda dejando atrás todo lo que había conocido y amado hasta entonces. El estado de su padre se había estancado y pese a no experimentar una mejoría evidente, al menos no había retrocedido en sus pequeños logros del día a día.
    Ya conseguía mantenerse en pie y avanzar algunos pasos titubeantes que su familia celebraba con grandes muestras de alegría. Supo la joven entonces de la necesidad de acatar la voluntad de doña Concha y don Moisés para no interferir en la incipiente tranquilidad familiar.
    Se despidió con un “hasta pronto” y puso rumbo hacía un destino desconocido para ella. Los meses pasados en Madrid no le sirvieron para nada, permaneció oculta a la vista de todo el mundo y no pudo conocer nada de lo que una gran ciudad podía ofrecerle.
    La esperaba en la estación de tren su tía Pepa. La carta anunciándole su llegada había llegado a sus manos una semana antes y entre las líneas apenas legibles pero que ella sabía descifrar a la perfección, supo entender que algo había sucedido y su hermana le ocultó en su visita del verano anterior.
    Espera nerviosa la llegada del tren frotándose las manos de manera compulsiva. Cinco años en la ciudad le han servido como veinte y su mirada inteligente y despierta permanece atenta sin perder detalle de todo lo que sucede a su alrededor.
    Ajusta su vestido en la cintura y estrecha el bolso fuertemente contra su pecho. No quiere ser víctima de un robo por parte de los ladronzuelos que pululan por la estación y cuya destreza para sustraer lo ajeno no deja nunca de sorprenderla.
    Pero con ella han dado en hueso si piensan que pueden engatusarla. Tiene más conchas que un lagarto y su inteligencia natural se ha incrementado al lado de doña Carolina.
    Con ella ha tenido la oportunidad de asomarse a un mundo que le ha mostrado todas sus caras y cuya hipocresía y falsedad ha terminado de moldearla hasta hacerla una experta en el arte del disimulo.
    La burguesía es un universo aparte en lo que nada es lo que parece y ella ha tomado buena nota de ello. No la intimidan las señoronas recargadas de joyas que departen cada tarde con doña Carolina.
    Sus aires del grandeza hablando de sus nuevas adquisiciones mientras deben varias mensualidades a las jóvenes que tienen a su servicio.
    Ella sabe que ha tenido una suerte inmensa y nunca estará suficientemente agradecida a la mujer que le abrió los ojos al mundo apenas unos pocos meses después de entrar a trabajar para ella.
    Pero doña Carolina es una mujer singular, nada que ver con las insípidas amigas con las que se codea para luego regodearse con sus estupideces y hacerla partícipe de situaciones surrealistas que muchas veces rayan el absurdo.
    El pitido de la locomotora la saca de sus reflexiones y abandona con presteza el banco en el que ha estado sentada alrededor de una hora “tienes tiempo se sobra, Pepa ¿para qué te vas con dos horas de antelación? “
    Sensatas palabras que no la hicieron cambiar de opinión. Le aterrorizaba la idea de llegar tarde por cualquier contratiempo y que su sobrina se encontrase sola en un lugar tan grande y desconocido para ella.
    No puede esperar a tenerla frente a sí. Un sexto sentido ha estado machacando en su mente incesantemente y previniéndola para estar preparada y afrontar algo que con toda seguridad, no será de su agrado.
    Espera impaciente viendo bajar a la gente con sus hatillos de ropa y sus maletas de cartón hasta que su mirada descubre a la muchacha que mira desorientada en todas direcciones y entonces su corazón experimenta un vuelco en su pecho.
    No reconoce en la joven de mirada huidiza, encogida sobre sí misma y bastante más delgada, a la niña que con apenas seis años ya comenzó a acunar en sus brazos y a la que siempre contaba historias de vidas futuras reservadas para ella y en las que siempre era la protagonista.



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  48. Capítulo 49.
    Se sobrepone a la primera impresión y levanta enérgica el brazo agitando visiblemente su mano al tiempo que se alza sobre las puntas de los pies en un intento inútil por aumentar su escasa estatura.
    Consigue captar su atención y se abre paso a codazos entre el gentío que se arremolina sin saber muy bien qué dirección tomar.
    La agarra de un brazo y tira de ella fuertemente hasta lograr sacarla del tumulto y encontrar un espacio libre en el que poder respirar.
    Comprueba alarmada el estropicio ocasionado en la endeble maleta de su sobrina y sujeta la cuerda que la cerraba para no perder el escaso contenido que amenaza con salirse y caer al suelo.
    No es hasta pasados unos minutos que puede observar a placer la cara desencajada de la joven y una inmensa tristeza teñida de compasión parece apretar con fuerza su pecho.
    La acoge entre sus brazos sin dejarla pronunciar palabra y su contacto incrementa la sensación que desde hace una semana no la deja tranquila.
    Le parece estar abrazando a un perrillo herido y tiene que hacer verdaderos esfuerzos por desatar el nudo que se forma en su garganta.
    La separa unos treinta centímetros y su mano acaricia levemente su mejilla pudiendo ver en el fondo de sus ojos una amargura que nunca antes vio en ellos.
    -¿Estás enferma, Virginia?
    La pregunta le sale del fondo del alma, tiene la impresión de ver a alguien con la salud mermada y la alarma en su voz provoca la inmediata respuesta de su sobrina.
    -No, tía.....estoy cansada y desorientada, sólo eso......
    Quiere creerla y convencerse a sí misma de su sinceridad. Parece tranquilizarse y agarra el asa de la maleta al tiempo que la sujeta de la mano hasta abandonar el recinto de la estación y salir al exterior a paso rápido.
    Las calles concurridas la aturden de nuevo y se aferra con más fuerza a la mano de su tía teniendo serias dificultades para seguir su paso.
    Parece darse cuenta de ello y aminora el paso hasta detenerse frente a un pequeño bar cuyas mesas todavía permanecen en el exterior aprovechando los últimos días de un verano que se despide por ese año.
    -Ven, vamos a tomar algo, seguro que llevas el estómago vacío.
    No pone objeción alguna. Todo lo que ven sus ojos le parece una novedad, nunca puso los pies en un bar pero un ligero mareo la hace agradecer el momento de respiro que le ofrece su tía.
    ¡Pepa! A su lado se siente protegida y muchos de sus miedos van quedando atrás. Cree sinceramente que la mejor solución a su trágica situación pasa por abandonar su vida anterior.
    Su tía siempre le ha dado seguridad y eso es algo que necesita ahora con desesperada intensidad. Toma entre sus manos el humeante tazón de café con leche que ponen frente a ella y lo lleva a sus labios soplando suavemente a la espera de poder beberlo sin quemarse.
    Su acción provoca la sonrisa en su tía que la mira con sus diminutos ojos entornados hasta parecer dos rendijas y despierta en su sobrina recuerdos de unos años atrás.
    Cuando Adela discutía con ella y ante su sagacidad y verbo fácil, la mujer la atacaba donde más le dolía “Calla, que parece que te han hecho los ojos con un punzón”
    Momento en el que daba por terminada la discusión y la dejaba con la palabra en la boca. Nunca llegaba la sangre al río pero Pepa contraatacaba mientras ella se retiraba con la cabeza sospechosamente erguida y su tía se desgañitaba gritándole improperios dedicados a su marido y a su hijo para terminar por donde más le dolía.
    Aludiendo a la cojera de su hija Gloria y al color de su pelo. Era ese el momento en el que su madre zanjaba el altercado propinando un pescozón a su hermana pequeña que terminaba refunfuñando pero sin alzar la voz cuando la ella la mandaba callarse.
    “No quiero oírte más , Pepa que parece tu boca un escorpión”
    Se humedecen sus ojos al recordar aquellos días felices, cuando todavía el infortunio no se había cebado con ellos.

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  49. Capítulo 50.
    Aleja los recuerdos de los días felices que no volverán y apura la leche agradeciendo el alto en el camino. Estaba desfallecida por el viaje tan largo, no ha probado bocado desde la noche anterior a pesar de las recomendaciones de su madre para que se comiese un pequeño bocadillo que le había dejado envuelto en la maleta.
    No tenía hambre y ahora comprende el vacío en su estómago por la falta de alimento. Recorre la figura de su tía observando su vestido floreado que amenaza con reventar por las costuras. Ha engordado algún kilo pero se librará bien de decírselo para no provocar su enfado.
    Conoce bien su afilada lengua y prefiere tener la fiesta en paz.
    -¿Qué miras tanto, nena, acaso tengo monos en la cara?
    El sonrojo es inmediato, esta condenada mujer parece tener cien ojos a pesar de contar con unos muy pequeños.
    -No...tía cómo crees, te encuentro muy elegante.
    Coge una de sus manos encima de la mesa y exige con un gesto que la mire a los ojos. La ha dejado descansar y tomar la leche tranquilamente pero ya es hora de dejarse de tonterías.
    -¿Qué ha pasado en estos meses, Virginia? Y no me vengas con monsergas ni intentes ocultarme nada porque yo sé que algo serio ha sucedido.
    El sobresalto es visible y aunque intenta retirar la mano, su tía se lo impide acercando más su cara a la suya.
    -Cuando estuve a finales de septiembre supe que algo iba mal, se lo noté a tu madre pero no quiso decirme nada. Ahora me pide que esté al pendiente porque te vienes a trabajar aquí cuando me he hartado de decirle que te mandase conmigo.
    Virginia sabe que no puede seguir ocultando por más tiempo la tortura que significa para ella los verdaderos motivos por los que ha tenido que dejar su tierra.
    Necesita emprender una nueva vida y dejar atrás la pesada carga que lleva sobre sus espaldas. El precio es terriblemente doloroso pero así lo aceptó en su momento.
    Respira profundamente y mira a los lados temerosa de que algún extraño pueda escuchar sus palabras.
    -Ha pasado, tía..... doña Concha y su marido me han obligado a marcharme de allí. No puedo volver y es lo mejor para todos.
    Pepa la mira expectante conteniendo la respiración, se teme que lo que escuche no le va a gustar ni un pelo pero la anima con un gesto a continuar.
    -Lo hice por ellos, tía...no me quedaba otra. Sé que vas a matarme pero te juro que la que más he perdido con todo esto, he sido yo.
    -¿Te enteraste de que fueron padres? Han tenido un niño.
    Asiente con la cabeza y le confirma que ya se enteró de la noticia
    -Sí, ha sido todo un acontecimiento después de tantos años y tantos intentos al fin lo han logrado pero....¿qué tienes tú que ver con todo esto?
    La palidez de la cara de su sobrina y las lágrimas silenciosas que parecen brotar sin control de sus ojos hacen que se erice el vello de sus brazos y su nuca. Una terrible sospecha va materializándose lentamente en su cabeza hasta nublarle la vista.
    Consigue a duras penas pronunciar las palabras que escupe entre dientes apretando su mano hasta producirle dolor.
    -¿Qué te han obligado a hacer esos mal nacidos?
    La confirmación, no por esperada deja de golpearla paralizándola por completo, afloja la presión sobre su mano hasta quedar sin fuerza al lado de la suya.
    -Me obligaron a concebir a su hijo, gestarlo y parirlo. Al nacer el niño me echaron como a un perro y ahora no me quieren cerca de él. He tenido que marcharme, tía....a cambio mantendrán el sueldo de mi padre y les permitirán vivir en Las Casillas.
    Pepa se mantiene en silencio tratando de asimilar la confesión de su sobrina, ahora toman sentido las palabras de su hermana y el asco que siente crece en intensidad.

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  50. Capítulo 51.
    “Deja las cosas así, Pepa y no busques tres pies al gato. Doña Concha se ha portado muy bien con nosotros y no pude negarle la muchacha cuando me pidió llevársela con ella”
    Su hermana trataba por todos los medios a su alcance de aplacar su furia al llegar de visita y no encontrar a su sobrina. Ahora comprendé el porqué y mucho más en estos momentos en los que su cuñado está prácticamente postrado en una cama y sin esperanzas de recuperarse.
    La rabia va dirigida ahora contra sí misma, si su sobrina espera reproches por su parte está muy equivocada. También ella pudo indagar más, no conformarse con las confusas explicaciones de su hermana y exigir una verdad que ahora se le presenta insoportable.
    Temían su reacción cuando ella también es responsable de lo sucedido. Bien pudo interesarse por su precaria situación y no limitarse a entregarles un dinero que en realidad en poco podía ayudarles.
    Pudo traerlos con ella, pedir ayuda a doña Carolina y que ella a través de sus amistades les hubiese encontrado alguna finca como guardeses.
    Pero no quiere engañarse ¿quién aceptaría a una familia cuyo pilar fundamental no puede trabajar?
    Un cabeza de familia inválido, una jovencita y tres niños junto a su madre no es la mejor carta de presentación.
    Virginia no puede ni mirarla y sigue conteniendo la respiración a la espera de una explosión por su parte, nada de eso sucede y se limita a pagar el café con leche al tiempo que abandona el asiento y pasa el brazo sobre sus hombros presionando con suavidad.
    Carga de nuevo con la maleta y se dirigen hasta subir a uno de los tranvías que las lleve a su destino.
    Calle de la Princesa, la placa con el nombre de la calle hasta donde la conduce su tía será uno de los momentos que nunca olvidará en el futuro. Es uno de esos recuerdos que permanecen grabados para siempre y a pesar del incómodo silencio de su tía durante todo el recorrido, experimenta un alivio enorme al entrar en el elegante portal de acceso al antiguo edificio.
    La acompaña escaleras arriba hasta subir a la tercera planta y espera a que su tía abra la puerta y la invite a pasar al interior.
    -¡Señora! Ya hemos llegado.
    La empuja cariñosamente mientras deja la maleta en el suelo, se ha relajado su cara crispada y vuelve a ver a su tía de siempre, muy lejos ya el gesto de colérica rabia que trasformó sus rasgos en una máscara de odio tras la confesión en la que la ponía al tanto de lo acontecido.
    La sujeta del brazo y la lleva con ella hasta situarse frente a una puerta que golpea dos veces antes de empujarla.
    Doña Carolina se encuentra incorporada sobre unas almohadas en una amplia cama y ojea una revista de moda. La deja a un lado cuando ellas hacen su entrada y dedica una cálida sonrisa a las recién llegadas.
    -Buenos días, tendréis que perdonarme, Pepa, no os escuché llegar.
    Su tía la empuja un poco más hasta dejarla al lado de la cama y hace las presentaciones pertinentes.
    -Le presento a mi sobrina Virginia, doña Carolina.
    Dicho lo cual, las deja solas y se encamina a los grandes ventanales para terminar de retinar las gruesas cortinas y dejar que la luz de la mañana inunde con su radiante claridad la habitación que deja con la boca abierta a su sobrina.
    Es un cuarto enorme, sus paredes están cubiertas con un papel de fondo rosa y pintado con motivos floridos que se asemejan a un delicado jardín.
    Los muebles son blancos, lacados y redondeados en las esquinas. Virginia cree estar inmersa en un bonito cuento de princesas y sus ojos se abren por el asombro.
    -¡Dios mío, Pepa! Tu sobrina es una verdadera belleza.
    Golpea repetidamente el colchón invitándola a sentarse junto a ella y tiene que ser su tía la que venza sus reticencias y la convenza para que lo haga.
    Así lo hace sin tenerlas todas consigo cuando la mano de la mujer se posa sobre la barbilla de la joven para observar a placer su inocente juventud.

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  51. Capítulo 52.
    Una juventud a la que ella va diciendo adiós lamentándolo profundamente. No encuentra parecido alguno entre las dos, ni siquiera en su comportamiento. La joven es tímida y apocada, nada que ver con la resolución de la Pepa vivaz y nerviosa que llegó a su casa cinco años atrás.
    -Ahora tu tía te prepará un baño y te recuestas para descansar, toda la noche en ese incómodo tren debe dejar agotado a cualquiera.
    Pepa busca algo en el espacioso armario de la habitación hasta encontrar un envoltorio que entrega a su sobrina.
    -Ya debe estar caliente el agua del caldero, enseguida estará listo tu baño, Virginia. Toma, este camisón y la bata son de doña Carolina pero a partir de ahora pasa a ser de tu propiedad.
    La muchacha extrae las prendas con sumo cuidado, el tacto de la tela le hace llevarla hasta su barbilla en un gesto espontáneo para comprobar su suavidad.
    Su acción arranca la sonrisa en las dos mujeres que se miran una a la otra con un brillo especial en sus ojos.
    Apenas un cuarto de hora más tarde y ya con su sobrina cubierta de agua hasta el cuello, Pepa regresa a la habitación donde encuentra a doña Carolina terminando de vestirse aunque le pide ayuda para poder abrochar los dos últimos botones de su vestido.
    El espejo les devuelve la imagen de las dos y entonces la voz ronca de doña Carolina le formula la pregunta que tanto teme.
    -¿Qué ha pasado, Pepa....qué es eso que ha conseguido doblegarte?
    La conoce mejor que nadie en el mundo, no tiene secretos para ella y al verla llegar junto a su sobrina ha tenido la certeza de que algo ha muerto en su interior para siempre.
    Guarda silencio, retrocede unos pasos hasta sentarse en uno de los coquetos silloncitos situados frente al balcón y su mirada se pierde en un punto indeterminado de la habitación.
    Su actitud consigue alarmarla, nunca la vio tan abatida y al borde de arrojar la toalla. La luchadora Pepa, la que siempre veía la botella medio llena.
    Presiona su rodilla animándola a hablar sin sospechar la magnitud del daño que le ha sido infligido.
    Su boca escupe las palabras en una sucesión de acusaciones dirigidas casi siempre hacía sí misma.
    Los dejé tirados.....a merced de los tiranos que han terminado por engullirlos. Tan tranquila en mi mundo particular y reprochando a mi hermana su pasividad. Inmersa en un tremendo egoísmo que me impedía ver la realidad.
    Esa realidad me ha puesto en mi lugar, Carolina, me ha hecho ver mi necedad.
    Su alarma crece a medida que Pepa va desgranando en una lenta letanía el abandono en el que ha dejado a su familia ¿con qué cara puede reprocharles nada? Esa pregunta la repite una y otra vez sin cesar.
    Observa las huellas que han dejado las uñas en las palmas de sus manos, resultado de un intento por auto lesionarse.
    -¡Ya basta, Pepa! Nada puede ser tan terrible como para no encontrarle una solución.
    Llora, por primera vez asiste a su llanto sentido, mezcla de ira e impotencia.
    -¿Solución? No....ya nada tiene solución, quizá antes....cuando estaba instalada en mi limbo particular y no tenía tiempo de preocuparme de nada que no fuese mi propio bienestar.
    La hieren sus palabras, en cierta forma la incluye también a ella porque durante estos años ha formado parte de ese limbo particular del que habla.
    Escucha sin intervenir en ningún momento, la deja sacar fuera toda la desesperación que acumula y es al final de su exposición cuando se lleva las manos a la boca, totalmente horrorizada.
    ¡Santo dios! Su exclamación resuena en el denso silencio de la habitación. Conoce perfectamente al matrimonio Sagasta-Bris y a pesar de no ser íntimos, siempre sus relaciones fueron cordiales y amistosas, jamás hubiera sospechado de una acción semejante.
    Mira desolada a Pepa y entiende que su amor la llevó a no solicitarle ayuda. El testamento de su marido no fue muy generoso con ella, no la dejó en la indigencia pero benefició a los hijos de su marido dejando para ella una vida desahogada pero sin posibilidad de grandes dispendios.

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  52. Capítulo 53.
    Después de veinte años de convivencia, atrapada en un matrimonio que jamás le dio la satisfacción que esperaba y haciéndose cargo de dos niños imposibles que perdieron a su madre muy pequeños. Doña Carolina tuvo que soportar las miradas maliciosas de sus hijastros durante la lectura de las últimas voluntades del que fue su marido.
    Dejaba para su uso y disfrute la vivienda de la calle Princesa más una asignación anual suficiente para cubrir los gastos derivados de la casa y sus necesidades más básicas.
    Con esas disposiciones se vio obligada a cambiar sus hábitos y costumbres, bajar el listón de sus compras y adaptarse a una vida austera que nunca antes había conocido.
    No tardó mucho en sobreponerse a su ausencia, un inmenso alivio pareció envolverla tan solo dos semanas después de su muerte. Con menos lujos pero con la tranquilidad que supone volver a ser un alma libre.
    El testamento la libró también de la presencia continua de sus ingratos hijastros que desaparecieron como por ensalmo, como si no les hubiese dedicado los mejores años de su juventud.
    Regresó la felicidad a su existencia con la llegada de Pepa, menos medios y caprichos pero entró en un estado de frenética actividad que comenzó por salir de la cama donde tantas y tantas horas permanecía.
    Llegó Pepa y abrió puertas y ventanas, aireó una casa con olor a naftalina. Las cortinas que la mayor parte del día permanecían echadas fueron retiradas para dejar entrar la luz desde primeras horas de la mañana.
    Cambió sus hábitos alimenticios retirando de su dieta los numerosos dulces que la componían en su mayoría e introdujo una alimentación más sana y mucho más económica.
    Seis meses después de su llegada, los cambios en la casa fueron más que evidentes comenzando por su dueña.
    La obligó a salir a pasear todos los días en su compañía. Paseos que al principio suponían un suplicio para la inactiva mujer pero a los que pronto le cogió gusto.
    Los kilos de más fueron abandonando su cuerpo permitiéndole andar mucho más tiempo sin fatigarse y mostrándole a una mujer totalmente renovada en todos los sentidos.
    Su agradecimiento nunca será suficiente y ahora le duele profundamente su sufrimiento. Su sentimiento de culpabilidad se hace extensivo a ella y decide ponerle punto final.
    -¡Pepa, Pepa! Escúchame....nada podemos hacer por la leche derramada ¿de qué sirve lamentarse?
    Ahora es tiempo de remediar lo inmediato y ayudar a la muchacha.
    Comprueba que al menos ha captado su atención y la ve desplegar una carta y mostrarle su contenido. Es una misiva breve en la que doña Concha recomienda a Vriginia a una vieja conocida de las dos.
    Pepa se sorprende al ver su gesto contrariado conforme lee la carta para finalmente romperla en varios pedazos y depositarla con desgana sobre la mesa.
    -¡Dama de compañía de Apolonia Muñoz-Molina! ¿Qué pretende esta mujer...enterrarla en vida? No será así, te lo puedo asegurar.
    Recoge los pedazos de papel y la mira interrogante por su vehemente explosión. Sabe que está enfadada, enfadada y furiosa como nunca antes la había visto.
    -Doña Concha pretende tenerla controlada y a través de esta señora lo puede hacer ¿crees que permitirá que alguien desbarate sus planes?
    -No lo sé ni me importa, querida, vamos a ver a esa sobrina tuya no sea que se nos arrugue en la bañera.
    La sigue por el pasillo hasta llegar al baño donde permanece Virginia sumergida en el agua y cubierta de espuma. Despliega una gran toalla y se pone a su lado invitándola a salir del agua perfumada.
    -Sal de ahí, niña.
    Se deja envolver por el cálido rizo y el abrazo de doña Carolina la reconforta mientras su tía pone otra toalla en su cabeza y frota vigorosamente su cabello.

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  53. Capítulo 54.
    Es precisamente doña Carolina la que conseguirá entrar en el inexpugnable universo interior de la joven Virginia en el trascurso de las siguientes semanas.
    Ni siquiera ha permitido entrar en él a su tía Pepa que prefiere la delicadeza y mano izquierda de la que hace gala la mujer. Ella es más vehemente y dueña de un genio explosivo, poco recomendable para la delicada situación emocional en la que se encuentra su sobrina.
    Es por ese motivo que doña Carolina decide dar un paso adelante y con el permiso de Pepa envía una larga carta a doña Concha.
    Dejan al margen a la principal protagonista en un intento por protegerla, prefieren ayudarla a construir una vida en la que comience de cero. Sin miedos y dueña de su libertad.
    Ellas mismas son un ejemplo claro de lo que significa esa palabra, la viven de puertas para adentro pero no se arrepienten de hacerlo.
    Mide al milímetro las palabras que va dejando plasmadas sobre el papel. Persigue con su carta una ruptura con el pasado sin abrir heridas pero dejando meridianamente claras sus intenciones de esperar la misma actitud por la parte contraria.
    Le interesa sobre todo proteger a la familia de la chica, saber que cumplirán el compromiso contraído con ella, para eso estará vigilante y así se lo hace saber a su amiga.
    No hay grandes reproches en las líneas que van surgiendo una tras otra de su pluma. Tan solo la petición de cerrar una puerta con carácter definitivo.
    La pone al corriente de la decisión que ha tomado junto a la tía de la muchacha. Ellas se encargarán de organizar su futuro de ahora en adelante sin ningún tipo de injerencia por su parte.
    La respuesta de doña Concha las sorprende por su inmediatez y ambas se encierran en su habitación algo nerviosas por la reacción que su carta haya podido provocar en la mujer a la que iba dirigida.
    Pronto comprueban con alivio que la suya ha sido una buena decisión. Doña Concha les ruega discreción absoluta respecto al verdadero origen de su hijo y se compromete a ocuparse personalmente del bienestar de la familia de Virginia.
    Así será si la joven cumple su parte del trato y a cambio contará con su total lealtad.
    ¡Lealtad! La palabra provoca un gesto despectivo en Pepa que apenas puede ocultar la rabia que la invade desde que tuvo noticia de lo sucedido.
    Escucha la despedida cordial y algo zalamera de la remitente porque sabe perfectamente la amenaza velada que contiene la misiva. Revestida, eso sí, de buenas palabras.
    -Bueno...al menos no se ha ofendido con mi carta, te confieso que no las tenía todas conmigo, Pepa.....pensé que se pondría como una hidra.
    -Descuida, ella ya tiene lo que quería y lo defenderá con uñas y dientes.
    Deja la cortina que había retirado para echar una ojeada a la calle y se vuelve hasta quedar nuevamente frente a ella. Permaneció quieta mientras leía las primeras líneas de la carta pero se levantó presa de los nervios conforme ésta iba avanzando.
    Trata de analizar con frialdad la situación y quitarse de la cabeza la sensación de haber sido burlada ¡Ella! Que tan lista se creía y ha visto como la dura realidad le pasaba por encima dejando su orgullo pisoteado.
    Doña Carolina sabe cómo se siente, la conoce bien y no piensa permitir que se revuelque en su propia desesperación.
    Se acerca a su lado y acaricia lentamente su cara, ella es su mayor apoyo y el remanso de paz en el que trascurre su vida desde que quedase viuda.
    -No quiero verte tan triste, Pepa.....buscaremos la forma de ayudar a la niña. La tranquilidad de tu familia está asegurada y ahora nuestra principal preocupación debe ser tu sobrina.
    Algo en su voz la hace sospechar y la mira inquisidoramente.
    -¿Qué tramas?
    Su sonrisa le confirma sus sospechas y la agarra de un brazo arrastrándola con ella hasta sentarse las dos sobre su cama.
    -Tengo la persona ideal para tu sobrina, Doña Ofelia de Valdemoro me comentó el otro día algo que nos puede venir al pelo.

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  54. Capítulo 55.
    Conoce a la señora a la que se refiere. Alguna vez ha tenido la oportunidad de verla en esta misma casa durante una de sus frecuentes visitas.
    Es una señora ya mayor pero que conserva una distinción innata a pesar de su edad. Educada y muy correcta, doña Ofelia fue una de las mejores amigas de la madre de Carolina y cuando ésta falleció pasó a ocupar un lugar muy especial en la vida de su desolada hija.
    Ejerció como confidente y secretamente albergó la ilusión de tenerla como nuera. Pronto comprendió que la hija de una de sus amigas más queridas y su único hijo no tenían ningún interés amoroso el uno en el otro.
    Se resignó a su relación de amistad sin más pretensiones pero sospechando que abandonaría este mundo sin tener la dicha de poder tener un nieto entre sus brazos.
    -¿Qué te dijo doña Ofelia?
    Aprieta su mano porque sabe que ha despertado su curiosidad y eso la llena de felicidad. Ha sentido algo muy parecido a la desesperación al verla sin esa chispa que desde hace cinco años ha alegrado su vida.
    -Verás....la semana pasada durante la reunión en casa de Consolación Vista Hermosa tuve un aparte con ella. La señora que ha tenido a su servicio durante muchos años y persona de su total confianza está al parecer muy enferma.
    Esa circunstancia unida al hecho de ir cumpliendo años le está provocando una crisis importante. La vi muy afectada por la posible pérdida de Jacinta y me pidió ayuda para encontrar a una señora que pudiese sustituirla más pronto que tarde.
    -¿Y piensas que Virginia pueda ocuparse de ella?
    -Sí, es una mujer deliciosa que ahora necesita alguien joven a su lado, tu sobrina es muy dulce y posiblemente se hagan un favor la una a la otra.
    No le parece mala idea, doña Ofelia se mueve en un ambiente muy elitista pero es una mujer sencilla que en nada se parece a ciertas remilgadas nuevas ricas que se creen descendientes directas de la pata del Cid.
    Es una señora con clase, una clase que no se compra, se nace con ella. Una inmejorable influencia para una joven sobrepasada por las circunstancias.
    -Está bien....me parece una buena idea.
    Se pone en pie y se dirige al armario en busca de un vestido azul añil con una chaqueta ajuego. Lo saca de la percha y lo deposita cuidadosamente sobre la cama justo al lado de Pepa.
    Se desprende de la bata y le lanza una mirada maliciosa que tiene mucho de provocativa diversión. Nunca pensó encontrar una felicidad tan grande como la que vive a su lado y da gracias a dios por haberla puesto en su camino.
    -¿Vas a salir?
    -Sí, me pasaré por casa de doña Ofelia para hablar con ella, la vi francamente preocupada y me gustaría saber cómo se encuentra y de paso hablarle de Virginia.
    Tendría que haberlo imaginado, mujer de impulsos. Carolina no podía esperar mucho tiempo para llevar a cabo un plan que consideraba perfecto. Pasa el vestido por la cabeza y lo deja que caiga suavemente por su cuerpo ahora más esbelto.
    Busca unos zapatos blancos de tacón alto y se sienta en el sillón para introducir sus pies en ellos. Después se ocupa de poner algo de colorete en sus pómulos frente al tocador y pinta su boca con una discreta barra de labios.
    Echa un último vistazo al espejo y parece satisfecha con el resultado que éste le devuelve. Ya ha pasado los cuarenta pero una nueva ilusión le ha devuelto las ganas de sentirse bien consigo misma.
    -¿Irás sin avisar antes?
    Le guiña un ojo al tiempo que se pone la chaqueta y retoca un mechón de cabello que pretendía escapar de las horquillas que la sujetan.
    -Hay confianza, Pepa, no es necesario anunciarme.

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  55. Capítulo 56.
    La sorpresa de Carolina es mayúscula al comprobar que es la propia doña Ofelia la encargada de abrir la puerta que ha golpeado ella unos instantes antes.
    La misma sorpresa que ve en su cara cuando verifica la identidad de su inesperada visita.
    -¡Carolina! ¿Ocurre algo?
    -No, Ofelia, no sucede nada especial ¿Ha de ocurrir algo para venir a visitarla?
    La mujer extiende su mano y la pone sobre su brazo tratando de excusarse por su torpeza. La invita a pasar al interior al tiempo que se deshace en disculpas.
    -Perdóname, querida, en realidad me pillas en uno de esos días nefastos en los que nada sale bien.
    Enlaza su brazo con el suyo y recorren juntas el amplio hall de la casa familiar que desemboca en un espectacular salón en el que doña Ofelia pasa la mayor parte de su tiempo. Siempre que visita la casa le vienen los mismos recuerdos a la mente y regresa a su niñez sin poder evitarlo.
    Eran tiempos de felicidad en los que los problemas brillaban por su ausencia y que añora especialmente por los que ya no están a su lado.
    Toma asiento en el rincón favorito de doña Ofelia, con vistas al pequeño jardín interior y se interesa por el estado de la mujer a la que encuentra especialmente preocupada.
    -¿Qué es eso que la tiene tan alterada....le ha pasado algo a Ricardo?
    La sola mención del nombre masculino arranca una triste sonrisa en la mujer que niega repetidamente con la cabeza.
    -¡No....pobre hijo mío! Ricardo está perfectamente, es Jacinta la que me tiene sumamente preocupada y para colmo de males....la chica de servicio se despidió ayer sin atender a mis ruegos para que no me dejase tirada en una situación tan delicada.
    Carolina le devuelve una sonrisa afectuosa pensando en su fuero interno que las dificultades las magnifica dada su edad y cualquier imprevisto la supera claramente. Intenta hacerle entender lo inútil de su postura.
    -Lo de Jacinta es triste pero es ley de vida, Ofelia. Lo de la muchacha tiene fácil arreglo, con encontrar a otra se resuelve el problema.
    Sabe que no la consolarán sus palabras por muy bienintencionadas que éstas sean. Se encuentra ante una mujer que afronta la recta final de su vida y comprende su tristeza a la perfección.
    -Ya....lo de la muchacha es lo de menos, es Jacinta la que me tiene tan abatida...son muchos años juntas en los que me ha acompañado en los buenos y en los malos momentos.
    Tu eres joven y no puedes entenderlo pero llegará un día en el que recuerdes lo que hoy te digo.
    Trata de desviar su atención hablándole de lo bonito que luce el jardín, uno de sus pasatiempos favoritos consiste en cuidar de las plantas y a lo que dedica gran parte de su tiempo.
    -Está precioso el jardín, Ofelia, se nota la buena mano que tiene para la jardinería.
    Parece haber conseguido llamar su atención y por un momento parece regresar la alegría a sus ojos apagados.
    -Sí ¿verdad? Me distrae mucho ocuparme de las plantas....deberías haber visto el macizo de petunias, estaba a reventar de flores.
    La acompaña cuando ella la requiere para salir al jardín y nuevamente se agarra de su brazo para pasear entre los pasillos de piedras lisas incrustadas en el suelo bordeando los macizos de tierra perfectamente delimitados.
    El olor a las plantas recién regadas inunda el ambiente y el silencio invita a la reflexión disfrutando de la tranquilidad del lugar. Un lugar privilegiado en pleno centro de la capital y al alcance de muy pocos afortunados.
    -Me alegra mucho tu visita, Carolina, necesitaba tener un respiro entre tantas preocupaciones. Dirás que soy una vieja neurótica y posiblemente estés en lo cierto pero no puedo evitar plantearme ciertas cosas que hasta hace poco tiempo no perturbaban mi sueño.
    Esa es la cuestión, Carolina se mantiene en silencio sin encontrar las palabras que puedan ofrecerle el bálsamo que tanto necesita.
    -He venido fundamentalmente para hablarle de una joven, Ofelia. Se encuentra en una situación similar a la suya y creo que estar juntas les hará bien a las dos.

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  56. Capítulo 57.
    ¡Juventud! Ese es su principal problema, la decadencia física consecuencia de los muchos años que lleva vividos.
    Regresan de nuevo al salón abandonando el cuidado jardín y doña Ofelia le pide que la acompañe hasta la habitación de servicio donde se encuentra la enferma.
    Carolina la conoce de toda la vida y sólo puede pensar una cosa. La conoció ya mayor y no se atreve a calcular una edad determinada en la mujer que aparece ante sus ojos tumbada en la estrecha cama y con los ojos cerrados.
    Es un cuarto sencillo con un mobiliario austero y está situado al fondo del elegante palacete perteneciente a su difunto marido. Doña Ofelia también era miembro de una destacada familia de la burguesía pero ni de lejos contaban con el patrimonio atesorado durante generaciones por los Valdemoro Y Bastián.
    Le conmueve el cambio de actitud al dirigirse a la vieja sirvienta que permanece con los ojos cerrados hasta escuchar su voz y entonces los abre lentamente para fijar la mirada en la persona que le habla.
    -Jacinta...mira quién ha venido a verme, la hija de Estefanía ¿te acuerdas de ella?
    La mujer asiente con dificultad hasta enfocar la imagen vestida de azul a los pies de su cama y sonríe, sonríe con tristeza.
    -Claro...claro que me acuerdo era su mejor amiga pero se fue demasiado pronto....la pobre.....
    Carolina abandona los pies de la cama hasta situarse al lado de doña Ofelia que intenta infructuosamente hacer beber un poco de agua a la enferma sin conseguirlo.
    Tienen una relación larga, tan larga que se remonta casi cincuenta años atrás durante los cuales han compartido la vida que ahora parece legar a su final.
    Hace un esfuerzo por calcular su edad y llega a la conclusión de que sobrepasa ampliamente los ochenta años. Pero su actividad incesante hasta hace apenas unos meses parecía desmentirlo.
    No realizaba ya tareas que requiriesen esfuerzo pero se ocupaba de todo lo relativo a la organización de la casa y era ella la que daba las órdenes a la muchacha de servicio interna y la externa que ayudaba en las tareas domésticas.
    No le extraña que doña Ofelia se encuentre perdida sin su inestimable ayuda, sin su presencia burbujeante que la libró de todo tipo de responsabilidades.
    -¿Y el niño? Hoy no ha venido a verme.
    Toma asiento en el sillón al lado de la cabecera de la cama y sube cuidadosamente el embozo de la sábana hasta su cuello. A Carolina no le pasa desapercibida la ternura con que lo hace consiguiendo emocionarla vivamente.
    -Ricardo está encerrado en su despacho desde primera hora de la mañana, al parecer tenía un asunto importante que resolver ¿quieres que lo llame?
    Jacinta mueve la cabeza lentamente al tiempo que su boca pronuncia un apenas audible “Sí”
    -Vete a llamarlo, Carolina, dile que Jacinta quiere verlo.
    No se demora un segundo y sale de la habitación para volver sobre sus pasos. Recorre los amplios pasillos con suelos de mármol brillante y admira una vez más las obras de arte que cuelgan de las paredes.
    Se detiene ante una puerta de madera noble, oscura y de doble hoja, golpea con los nudillos y espera unos segundos antes de recibir autorización para entrar.
    El hombre se encuentra sentado tras un enorme escritorio rebosante de papeles por todos lados y levanta la cabeza esperando encontrar a su madre en el umbral.
    Tiene unos meses menos que ella, por tanto ya ha cumplido los cuarenta y dos años pero continúa tan guapo como siempre y su cuerpo parece conservar la figura de sus años jóvenes enfundado en un impecable pantalón azul oscuro y una inmaculada camisa blanca con corbata de listas granates y beige.
    -¡Carolina! Qué sorpresa ¿cómo tú por aquí?
    Rodea con celeridad el escritorio y sale a su encuentro con las manos extendidas. Le da dos cariñosos besos en las mejillas y le propina el abrazo acostumbrado.

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  57. Capítulo 58.
    Aspira el olor que desprende, siempre ha desprendido un olor especial y sus mejillas perfectamente rasuradas tienen una suavidad casi femenina.
    -He venido a visitar a tu madre, Ricardo. Me encontré con ella la semana pasada y la encontré algo preocupada.
    Hace un movimiento con sus elegantes manos como quitando importancia a las neuras de su madre. Cualquier imprevisto le supone un desastre y está acostumbrado a lidiar con sus manías cada vez más acusadas.
    -Mi madre está mayor, Carolina, parece mentira que no la conozcas. Es cierto que Jacinta ha sido siempre su asidero a la realidad y verla postrada en la cama ha acentuado sus miedos pero esta mañana ha venido gritando como una loca porque la chica de servicio se ha marchado y me ha costado dios y ayuda hacerla entrar en razón.
    -Te aseguro que intento tener paciencia con ella, pero a veces me supera ese sentido trágico que tiene de la vida.
    Lo comprende, es un hombre muy ocupado y con un gran sentido de la responsabilidad. Muchas veces se ha preguntado el motivo por el que no se ha casado y frente a ella tiene la respuesta.
    Ha vivido en un matriarcado muy acusado del que terminó huyendo poniendo unas barreras entre él y las mujeres.
    No habrá sido por falta de oportunidades. Durante años ha sido uno de los solteros más codiciados de Madrid y no solo por su privilegiada situación económica.
    Era guapo, rabiosamente guapo desde que eran niños y al alcanzar la adolescencia se lo rifaban las jovencitas aún a riesgo de traspasar ciertas líneas que el decoro recomendaba.
    Pero no se dejó atrapar y ahora es un maduro muy interesante que no parece tener el menor interés por cambiar su estado civil.
    -Me envía tu madre a buscarte, Jacinta ha pedido verte.
    Mueve pesaroso la cabeza como intentando ahuyentar los pensamientos negativos que lo asaltan últimamente.
    -Pobre......el médico ha sido claro y mi madre parece no querer entenderlo....pero debemos prepararnos para lo peor.
    Le cede el paso gentilmente para salir del despacho y se encaminan uno al lado del otro hasta el fondo de la casa donde permanecen las dos mujeres que más han marcado su existencia.
    La ajetreada vida social de su madre hizo que la mayor parte del tiempo dependiera afectivamente de Jacinta “No he tenido hijos, niño, pero dudo que el amor de una madre supero al que yo te tengo”
    Esas palabras le martillean una y otra vez en la cabeza al entrar en la habitación porque las ha escuchado durante todos estos años una y otra vez.
    Aprieta cariñosamente el hombro de su madre al pasar por su lado y se inclina a la cabecera de la enferma obligándola a abrir los ojos y captar su mirada.
    Unos ojos que parecen recuperar la chispa al ver al hombre por el que siente devoción desde el mismo momento de su nacimiento.
    Suyas fueron las primeras manos que lo recibieron recién salido del útero materno y suyas todas y cada una de las caricias que a lo largo de los años le han acompañado.
    -Me han dicho que querías verme, Jacinta.....
    La mujer se esfuerza por levantar la mano pero él la sujeta a medio camino llevándosela a los labios
    Para después pasarla por su mejilla. Un gesto que ella siempre ha repetido con él y que ahora le devuelve.
    -No....no has venido a verme ..esta mañana...niño.
    Nota la sonrisa en el dorso de su mano y una lágrima solitaria se desprende rodando mejilla abajo hasta caer sobre la almohada.
    -Lo siento, me asomé esta mañana temprano y estabas dormida, no quise molestarte y me encerré en el despacho hasta que Carolina me avisó, sabes que pierdo la noción del tiempo entre tanto papeleo.

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  58. Capítulo 59.
    No tiene fuerzas la anciana para mantener una conversación larga, el agotamiento se refleja en su rostro enjuto pero la presencia del hombre ha conseguido lo que parecía imposible. Despertar su atención que permanecía dormida.
    -No trabajes tanto, niño....vas a perder la vista con tanto leer.
    Siempre niño para ella a pesar de haber superado los cuarenta años. Ricardo coloca la ropa de cama como anteriormente hizo su madre e introduce su brazo bajo la sábana en previsión de un enfriamiento.
    La mujer cierra los ojos, el esfuerzo ha sido excesivo para ella y doña Ofelia les indica con la mano que salgan de la habitación. Se inclina sobre su oído y le susurra unas palabras.
    -Te dejamos descansar, Jacinta, en un ratito regresaré de nuevo.
    Salen los tres en silencio y regresan al salón donde suenan en ese momento las campanadas del reloj de pie anunciando las doce del medio día.
    -¡Las doce! Y esa desagradecida de Elvira se ha marchado sabiendo lo mucho que se le necesita ahora.
    Ricardo enarca las cejas en dirección al techo como pidiendo paciencia a un ser superior. Esta última semana tiene a su madre tras él a todas horas con lamentos y supuestos agravios que hacen muy difícil que conserve la calma.
    -¡Mamá! Cuentas con Luisa para ocuparse de la casa, ya encontraremos a alguien que te ayude con Jacinta, tranquilízate.
    Es precisamente en ese momento cuando Carolina interviene intentando aportar algo de sosiego en la antaño resuelta mujer que en estos momentos se encuentra totalmente perdida.
    -Ofelia....creo que tengo a la persona adecuada para ayudarle. Ese ha sido el motivo principal de mi visita tras la conversación de la semana pasada.
    Deja de lado doña Ofelia el pañuelo con el que se sonaba delicadamente la nariz y pone toda su atención en las palabras de Carolina.
    -Se trata de la sobrina de Pepa, mi doncella.....vino hace unos días buscando trabajo, creo que se entenderán a la perfección ¿tú qué opinas, Ricardo?
    Su gesto es elocuente, le indica con un movimiento de cabeza que continué tratando el asunto con su madre.
    -¿Cómo es la chica, Carolina?
    Temía esa pregunta, la juventud de Virgina quizá le parezca excesiva y esperaba alguien de mayor edad.
    -Es una chica joven pero muy responsable, ya sabe cómo es la gente criada en el medio rural.
    Parece no poner objeción a ese detalle y suspira aliviada viendo algo de luz al final de su particular túnel.
    -No sabes lo mucho que agradezco tu ayuda, Carolina ¿Cuándo podría comenzar a trabajar?
    El alivio es mutuo en ambas mujeres, pensó Carolina en una mayor resistencia a la hora de aceptar a una chica tan joven para una responsabilidad tan grande. No sospecha doña Ofelia el calvario por el que se ha visto obligada a pasar la muchacha y que la ha curtido de cara a su vida futura.
    -No hay problema,a primera hora de la tarde estará a su disposición.
    -Bien....vuelvo al lado de Jacinta, Ricardo te acompañará a la puerta, querida.
    La ven levantarse del asiento trabajosamente bajo la atenta mirada de los dos y desaparecer al fondo del pasillo.
    -¿Piensas que es buena idea una? No me malinterpretes, Carolina pero mi madre puede resultar algo impertinente y cansar pronto a una chica joven. No me gustaría que al poco tiempo desapareciese como ha sucedido con la última interna, me confesó entre lágrimas que no podía soportar más la situación y se marchaba sintiéndolo mucho.
    -No te preocupes, Ricardo, no es el mismo caso....Virginia te gustará, es un auténtico ángel.
    El gesto escéptico de su cara se ve refrendado con sus palabras.
    -¡Ay, Carolina! Los ángeles no existen.

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  59. Capítulo 59.
    Carolina regresó a su casa sin perder tiempo, casi sin respiración agarró del brazo a Pepa y la llevó hasta su habitación para comunicarle la buena nueva.
    -Ya tenemos a la niña colocada, Pepa, esta misma tarde entra al servicio de doña Ofelia de Valdemoro.
    La ve rebuscar en el altillo del armario aupándose sobre una banqueta de madera hasta dar con una pequeña maleta de piel que coloca sobre su cama.
    -¡Muévete! Cuanto antes se instale, más seguro tendrá el trabajo.
    Pepa intenta sin éxito que le preste atención y le explique los pormenores de lo hablado con la amiga de su madre. Tiene que alzar la voz de manera enérgica para que Carolina deje de remover los cajones de la cómoda descolocando todo su contenido.
    -¡Quieres estarte quieta, demonios!
    Su grito consigue el efecto deseado, cesa en su nervioso deambular por la habitación y toma asiento al lado de la maleta.
    -Tienes razón, Pepa, no pienso las cosas y me olvido de dar explicaciones. Hablé con doña Ofelia y estaba histérica, a la enfermedad de Jacinta se ha unido la marcha de la chica de servicio que tenía interna.
    Imagina el panorama que se respiraba a mi llegada. En resumen, le hablé de Virginia y a pesar de mis miedos porque la considerase demasiado joven, la verdad es que ha terminado aceptando que entre a trabajar en la casa y a la mayor brevedad posible.
    -¿Y para qué quieres esa maleta?
    Mira sin entender muy bien el significado de su pregunta hasta que mira la maleta abierta y sonríe divertida.
    -¡Ah, sí! Es para tu sobrina, si la ve llegar doña Ofelia con el desastre que trajo a su llegada aquí, no la deja entrar en casa.
    Pepa se hace la ofendida pues en todo lo relativo a su sobrina o a cualquier comentario sobre sus orígenes modestos, lo más normal es que salte de inmediato con su habitual sarcasmo.
    -¡Cierto! Me olvidaba que tratamos con gente fina y distinguida ¿pues sabes una cosa?
    -Dime....
    -La gente de alta alcurnia también se ha de morir, en eso por lo menos nos igualamos todos.
    Intenta arreglarlo dándole un abrazo al que ella no corresponde. Sabe que no le durará mucho el enfado y decide cambiar de tercio.
    -Vamos a buscar a Virginia, ayúdame a preparar su maleta y permíteme que le eche algo de ropa interior y algún camisón....no te ofendas pero es una casa muy refinada y la verdad es que la pobre trajo muy pocas pertenencias.
    La comprende, ahora no está utilizando un tono pretencioso ni hiriente, se preocupa por su sobrina y no quiere que pase un mal rato.
    A las cuatro de la tarde ya han llegado a la calle Villa Nueva en pleno corazón del barrio de Salamanca. La acompañan las dos para hacerle más llevadera la despedida y Pepa algo más rezagada no puede por menos que agradecer lo que ha hecho por su sobrina.
    Ella carga con la maleta en tanto Virginia camina del brazo de Carolina luciendo uno de los vestidos de los que se ha deshecho por quedarle muy estrecho.
    Aún así, a su sobrina le queda ancho y lo ha tenido que sujetar con un imperdible. Le habla mientras camina dándole las últimas instrucciones y tratando de ahuyentar los nervios que la joven tiene agarrados a su estómago desde que recibiese la inesperada noticia.
    Todo es nuevo para ella, lejos de los suyos. En compañía de su tía y doña Carolina ha podido suplir el enorme vacío que tiene en su vida y ahora también a ellas ha de dejarlas atrás.
    Se mantiene en un segundo plano cuando les franquean la entrada a la lujosa casa que será de ahora en adelante lo más parecido que tenga a un hogar.
    Una mujer de unos treinta años sujeta la puerta de entrada para que accedan al interior, después las conduce a través de lo que a ella se le antoja un palacio hasta llegar al lujoso salón.

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  60. Capítulo 61.
    Allí les espera doña Ofelia con el mismo gesto crispado de los últimos días aunque lo suaviza al verlas pasar a las tres y se pone en pie para las presentaciones.
    -Ofelia, a Pepa ya la conoce y esta joven que nos acompaña será de ahora en adelante una gran ayuda para usted, ya lo verá.
    Evalúa disimuladamente a la tímida jovencita y la impresión primera es positiva. Mujer intuitiva, siempre ve más allá del aspecto exterior.
    Carolina empuja con suavidad a Virginia para que salude a la señora y ésta extiende su mano lentamente en dirección a la mujer que la coge con las suyas estrechándolas afectuosamente.
    -Bienvenida a mi casa, Virginia, espero y deseo que logremos entendernos.
    -Sí, señora...espero que no tenga queja de mí.
    Carolina piensa en su fuero interno que las posibles desavenencias vendrán solo de una parte pero se guarda muy bien de expresar su opinión.
    -No la tendrá, Virginia y ahora si no tienen inconveniente, nosotras nos retiramos para que ustedes se pongan de acuerdo en todo lo referente a las condiciones de trabajo.
    Pepa se adelanta y sujeta por los hombros a su sobrina al tiempo que le dedica una sonrisa intentando trasmitirle tranquilidad. Sabe que se queda en un lugar seguro y su tranquilidad es la suya propia.
    -Gracias de nuevo, Carolina, Luisa os acompañará a la salida.
    Se despiden con la promesa de seguir en contacto y Pepa lanza una última mirada a su sobrina que permanece de pie como perdida en el enorme salón.
    -Ven...siéntate aquí, a mi lado.
    Duda antes de tomar asiento en el borde mismo del elegante sillón de terciopelo y espera a que se pronuncie de nuevo la mujer para indicarle lo que espera de ella.
    -No sé si te ha puesto Carolina en antecedentes de lo que necesito de ti. Eres demasiado joven pero creo que con un poco de voluntad por parte de las dos conseguiremos llevarnos a la perfección.
    -Pierda cuidado, señora, mi madre me ha enseñado todo lo necesario para llevar a cabo cualquier tarea doméstica y no tengo miedo al trabajo duro.
    Le gusta la buena disposición de la muchacha y sus ademanes suaves y respetuosos. La pone al tanto de sus obligaciones que consistirán principalmente en acompañar a su vieja sirvienta que se encuentra muy enferma.
    Más adelante le encomendará otras tareas pero ahora su prioridad será la de acompañar las veinticuatro horas a Jacinta.
    El hombre aparece en el salón sin que ninguna de las dos se aperciba de su presencia. Un leve carraspeo por su parte consigue interrumpir su conversación al tiempo que pide disculpas.
    -Perdón....pensé que estabas sola, mamá.
    -¡Ah, hijo! Ven por favor, quiero que conozcas a Virginia, ella es la sobrina de la doncella de Carolina y me la ha recomendado personalmente, me ayudará con Jacinta.
    Avanza unos pasos hasta situarse al lado de su madre a la que besa brevemente en la mejilla y extiende la mano frente a la chica que parece encogerse sobre sí misma ante el inesperado gesto masculino.
    Intenta controlar el temblor que se ha adueñado de ella y estrecha la mano para retirarla con celeridad. El contacto es apenas un roce y consigue sonrojarla hasta la raíz del pelo.
    Se maldice interiormente por su estupidez y desea que se la trague la tierra en ese mismo momento.
    -Bienvenida, Virginia, espero que se encuentre a gusto entre nosotros.
    Tiene una voz grave, perfectamente modulada y cálida, muy cálida. Le sorprende su exquisita educación evitando tutearla y hace un esfuerzo para vencer su timidez y mirarlo a los ojos por unos instantes.
    -Gracias, señor......
    Una extraña sensación lo invade al analizar su mirada huidiza y le enternece su aparente fragilidad. La delgadez que el holgado vestido no puede disimular y la apariencia de animalillo apaleado que lleva consigo.

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  61. Capítulo 62.
    La enfermedad de Jacinta se prolonga a lo largo de cuatro meses en los que Virginia desempeña un importante papel atendiendo todas sus necesidades.
    Permanece en un estado semi-comatoso con escasos momentos lucidez y es imposible hacerla ingerir alimentos sólidos.
    Pero doña Ofelia se empeña en que su recuperación es posible e insiste una y otra vez en obligarla a tragar una especie de suero que el médico le prescribió y que obtienen en una botica situada en la misma calle donde está situada la vivienda de los Valdemoro.
    Su función principal es el aseo personal de la enferma porque doña Ofelia pasa mucho tiempo junto a ella leyéndole hermosos poemas que sospecha que ni llega a escuchar.
    Pero sigue ahí, devolviéndole tercamente toda la dedicación de estos años y negándose a aceptar la realidad.
    La apariencia física de la joven ha experimentado un cambio notable durante estos meses. Ha recuperado algo de peso y el uniforme gris acero con delantal blanco que doña Ofelia mando hacer a med